De la esclava Carlota a las libres mujeres cubanas

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Por Mariela Pérez

Cuando Cuba aún no había disparado su primera bala por independizarse de la metrópoli española, una joven negra y esclava, llamada Carlota, tuvo la osadía de alzarse por su libertad y la de miles de otros que, como ella, fueron traídos por la fuerza al Caribe desde África.

Carlota, quien transmitió a posteriores generaciones de cubanas la convicción de lucha, fue la primera organizadora de una insurrección contra la opresión colonial, y lo hizo en el ingenio matancero de Triunvirato.

Reconoce la historia que la heroína —aun cuando poco se conoce de su vida— aglutinó a un grupo de cautivos para pelear por su liberación, lo que constituye el primer ejemplo de rebeldía de la mujer en estas tierras caribeñas.

Cuando se sublevó era el 5 de noviembre de 1843, cinco lustros antes de que el hacendado Carlos Manuel de Céspedes liberara a sus esclavos y desde su ingenio La Demajagua iniciara la guerra de independencia en la isla.

A Carlota se unieron otras, quienes llevaron la fuerza de la contienda a otros sitios de la occidental Matanzas. Carmita y Juliana, criollas; Filomena, ganga, del ingenio Acana, y Lucía, lucumí, de la fábrica Concepción, fueron algunas de las sacrificadas por las autoridades españolas para que su ejemplo no se repitiera.

Sus victimarios creyeron que se apagarían las ansias de libertad nacidas en los quilombos. No se dieron cuenta de que aquel episodio del Triunvirato era apenas una pequeña muestra del espíritu de rebelión y resistencia de las féminas de estos parajes.

Pasaron años y siglos. Las dos guerras (1868 y 1895) por la emancipación de Cuba dan fe de la valentía de las mujeres de esta isla, que dejaron sus hogares, combatieron junto a sus familiares, olvidaron sus fortunas, perdieron esposos, hijos, hermanos, pero con dignidad se entregaron a las armas, organizaron grupos revolucionarios en el exterior. Eran las dignas seguidoras del pensamiento libertario de la negra Carlota.

Luego estuvieron presentes en la guerra definitiva, iniciada el 26 de julio de 1953 bajo el liderazgo de Fidel Castro. El 1 de enero de 1959 terminó la pesadilla de la colonización extranjera.

Ahora, en el siglo XXI, la nación antillana, codiciada siempre por las potencias imperiales, enfrenta las ambiciones de Estados Unidos, que hace casi seis décadas impuso, por diferencias ideológicas, la extraordinaria medida de un bloqueo económico, financiero y comercial con el propósito de matar de hambre a su pueblo.

Con la convicción y la resistencia de las cubanas, continuadoras de aquellas que sin zapatos, sin armas idóneas, pero con el poderío de sus ideas, se han aniquilado también los planes subversivos contra la Revolución.

Bajo el asedio de Washington han vivido en esta isla tres generaciones de mujeres que integran una sociedad que las protege en las leyes y les ofrece oportunidades para estudiar, trabajar, prepararse y ocupar un espacio en los más altos estratos políticos y sociales.

La aparición de la pandemia de la Covid-19 demostró, una vez más (como antes hicieron en otros históricos momentos), la heroicidad de las cubanas en su enfrentamiento a la letal enfermedad, como científicas, enfermeras, técnicas, voluntarias; que desde sus potencialidades trabajan en los candidatos vacunales contra el SARS-CoV-2, pero también en los barrios ayudando a los vulnerables.

Imprescindible presencia también en sus hogares, como madres, abuelas y hermanas, cuidando siempre las conquistas alcanzadas, con el mismo ímpetu y amor a la libertad ganada por Carlota, la esclava ejemplo para el resto de las nacidas en la bella isla del Caribe, que no por gusto posee nombre de mujer.