Sudán del Sur, la futilidad de una conflagración

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Por Moisés Saab
La concesión por el presidente sursudanés, Salva Kiir, de la amnistía general a sus rivales en la guerra civil es el indicio más palpable de que la paz estalló en ese país del África oriental.

Esto después de más de un lustro de una conflagración con cientos de miles de muertos y heridos, además de un éxodo poblacional bíblico por su magnitud.

En modo alguno la descripción es exagerada si se considera que ha lanzado a los caminos a entre dos millones 500 mil y cuatro millones de seres humanos que han buscado santuario en países vecinos donde malviven en condición de refugiados y constituyen una carga insoportable para las economías de esos estados.

A todas luces se trata de una guerra por el poder, la cual detonó en 2013 cuando el presidente sursudanés destituyó a su vicepresidente primero, Riek Machar, acusándolo de urdir un complot palaciego para asesinarlo y usurpar el poder.

Ambos hombres fueron los líderes del Movimiento Popular de Liberación de Sudán, el contrincante del gobierno central sudanés en la guerra que desembocaría en 2011 en un referendo en el cual casi el 99 por ciento de los sursudaneses se pronunciaron por la secesión.

En el trasfondo de ese conflicto estaban las quejas de los habitantes del sur del país, de mayoría africana y confesiones religiosas cristiana y animista, respecto al gobierno de Sudán, integrado por árabes étnicos de religión musulmana, además de la intervención de factores externos.

La aplastante victoria de los separatistas en el referendo conducía a pensar que el nuevo país, en el cual están localizados los pozos de petróleo que alimentan la economía sudanesa, emprendía el camino de la independencia con excelentes perspectivas económicas y las consiguientes posibilidades de mejora de una población y un territorio subdesarrollados en todos los órdenes hasta el punto que ni siquiera tienen una infraestructura vial que pueda considerarse tal.

Pero el tribalismo, esa lacra que África arrastra a lo largo de su historia, desvaneció las esperanzas y poco tiempo transcurrió, apenas dos años, hasta que el presidente Kiir, de la etnia minoritaria nuer, chocara con Machar, del grupo mayoritario dinka.

Este aserto fue corroborado en 2016 cuando, después de firmar un acuerdo de paz, el conflicto estalló de nuevo por acusaciones de Machar en el sentido de que el presidente Kiir realizó en Juba, la capital del país, una campaña de asesinatos selectivos de personalidades de la etnia dinka.

La reedición de los combates fue más cruenta aún que el primer estallido, según datos aportados por entidades de la ONU y organizaciones no gubernamentales que trataron de auxiliar a la víctima principal, la población inerme no combatiente.

Una arista común en las guerras intestinas en África, el reclutamiento forzado de menores de ambos sexos para utilizar a los varones como combatientes y a las hembras como esclavas sexuales, fue otra de las características más siniestras de esa guerra civil que careció de sentido.

Fue necesaria, aunque insuficiente, la mediación de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo de África Oriental y de varios países de la zona para que los contrincantes volvieran a la mesa de negociaciones, lo que abrió un episodio de conversaciones intermitentes varias veces a punto de naufragar en el proceloso mar de las contradicciones y exigencias que oponen a los rivales aun después de la rúbrica de un acuerdo de paz entre Kiir y Machar semanas atrás.

La perpetuación y posterior solución del caso sursudanés es un ejemplo clásico de la vacuidad de la mayoría de los conflictos en África, en particular los causados por las ambiciones de poder de una etnia sobre las demás.

Aunque no es el único: en Ruanda aún está fresco en la memoria colectiva el conflicto entre hutus y tutsis, generador de una matanza del 75 por ciento de los miembros de la segunda etnia en una orgía de asesinatos a sangre fría documentada en estudios, testimonios y películas, pálidos recuentos de la muerte de entre 500 mil y un millón de personas, según estadísticas divergentes.

Lo más cruel de este caso es que tanto hutus como tutsis son miembros de una misma raíz, separados solo por el papel que le asignó el colonialismo a una de ellas en detrimento de la otra.

Siglos atrás, en Sudáfrica, los colonizadores holandeses se valieron de las divergencias tribales entre zulúes, xhosas y ndebeles para controlar grandes extensiones de territorio y fundar la que con el tiempo sería la República de Sudáfrica, en la cual se generó aquella vergüenza de la humanidad que se llamó sistema de desarrollo separado de las razas, conocido por el vocablo afrikaans apartheid.

Por si fuera poco ya que de tragedias se trata, el conflicto civil sursudanés, sumado a una sequía devastadora de varios años, cíclica por cierto en el oriente africano, creó el caldo de cultivo propicio para que prosperaran enfermedades transmisibles que causaron un número de muertes nunca cuantificadas.

Por paradójico que parezca, la futilidad del conflicto sursudanés quedó demostrada con la firma del acuerdo de paz, cuyas provisiones sustantivas incluyen el retorno al gobierno del exvicepresidente Machar, la incorporación al Ejército y Policía de los elementos armados de todas las partes y una redistribución del poder que decreta la creación de otras cuatro vicepresidencias representativas de todos los beligerantes y de los antiguos presos políticos.

Pero más significativo aún: el reinicio de la extracción de petróleo será custodiado por el Ejército de Sudán, el gran enemigo de la víspera, lo que lleva a hacerse una pregunta retórica: ¿de qué valieron tantas muertes y tantos años y recursos perdidos en una conflagración cuya principal víctima fue la población civil no beligerante, que solo generó sangre y lágrimas, si todo volvió al punto de partida?

Una interrogante válida para otros muchos conflictos que azotan al mal llamado continente negro.