Ruanda, a 25 años de la primavera maldita

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Por Julio Morejón

El presidente de Kenya, Uhuru Kenyatta, advirtió en 2018 a los rivales en el conflicto sursudanés que la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) no permitiría repetir otro genocidio como el ocurrido en Ruanda.

El mandatario alertaba ante la escalada de la contienda armada en Sudán del Sur, la cual ya tomaba lo que la opinión pública internacional llamaba tintes étnicos por enfrentar a miembros de la comunidad dinka, del gobernante Salva Kiir Mayardit, con integrantes de la nuer, del líder rebelde Reik Machar.

Retomado del recuerdo, 25 años después, el genocidio perpetrado en Ruanda ilustra hasta dónde puede desnaturalizarse el ser humano y actuar con excesiva criminalidad, cumpliendo un guión político extremista.

Por eso, la alerta era justificada ante las características de la contienda armada en el país más joven de África y el temor de la intensificación de la disputa con la ejecución de actos salvajes por ambos bandos.

Acciones estas que trasponían la dinámica de la guerra convencional y afectaban gravemente a la población civil, como por ejemplo fue la ejecutoria del llamado Ejército Blanco, que se caracterizaba por su violencia desmedida.

La advertencia era no repetir el genocidio ocurrido en Ruanda a partir del 6 de abril de 1994, tras el asesinato del presidente Juvénal Habyarimana, y que se extendió por más de tres meses con saldo de entre 800 mil y un millón de ciudadanos de conducta política moderada muertos, mayormente de la comunidad tutsi. Tales masacres constituyeron una ‘solución final’ desenfrenada, planificada con mucha anterioridad, con la cual los organizadores pretendían demorar -no detener- el avance hacia la capital, Kigali, de la guerrilla del Frente Patriótico Ruandés (FPR) en su ofensiva contra los restos del Ejército Nacional y las facciones Interhamwe.

RAÍCES Y VIOLENCIA 

Las hostilidades entre hutus y tutsis en Ruanda se desataron a partir del siglo XVI, y hasta entonces esas dos comunidades y los twas (pigmeos) convivían en ese territorio de la región de los Grandes Lagos africanos.

Una división del trabajo clasifica a los twas como cazadores y recolectores con una relación socio-productiva más atrasada que los otros dos: los tutsis -descendientes nilóticos- dedicados a la ganadería y los hutus -bantúes- orientados en gran medida a las labores agrícolas y que forman la mayor comunidad con el 84 por ciento.

Fueron los tutsis los últimos en llegar a la zona, donde desde el siglo XI estaban los hutus, pero las contradicciones por las tierras y su empleo les enfrentó con quienes le antecedieron; precisamente en el siglo XVI desataron campañas militares contra el grupo mayoritario, al cual le disputaban la autoridad dentro de la estructura pre-colonial.

Desde la décimo sexta centuria, los tutsis se colocaron en la cabeza del poder en Ruanda, un país sin litoral y que limita con Uganda, Burundi, la República Democrática del Congo y Tanzania, y cuya composición étnica en términos porcentuales es similar a la burundesa.

Ruanda es un pequeño territorio de la región de los Grandes Lagos africanos, el cual posee la peculiaridad demográfica de ser -junto con su vecino burundés- el de mayor densidad de población en el continente; su economía es agrícola, practicada en unas tres mil hectáreas y por su relieve topográfico le llaman el País de las Mil Colinas.

En la Conferencia de Berlín (1884-1885), en la cual las potencias europeas se repartieron las colonias en África, el territorio ruandés fue adjudicado a Alemania, tras la Primera Guerra Mundial, el reino de Ruanda-Urundi resultó dominio de Bélgica (1917) y a partir de 1946 pasó a la ONU.

Durante la colonización belga, las autoridades agudizaron las diferencias entre las dos comunidades mayoritarias. Las incompatibilidades se expresaban en los roles sociales: los tutsis ocupaban estratos superiores a los hutus, e incluso, hasta 1950, la mejor educación estaba disponible sólo para los primeros.

La discriminación por razones de etnias envenenaron la construcción nacional, tras la muerte del mwami (rey) Mutara III Rudahigwa estalló una revuelta que desembocó en una guerra civil, en 1960-1961 el partido hutu ganó las elecciones con el 70 por ciento del respaldo electoral y desmontó la monarquía tutsi.

Entre 1959 y 1964 más de la mitad de los tutsi ruandeses huyeron del país y se refugiaron en otros Estados de los Grandes Lagos, una diáspora que fomentaría en el exterior los grupos armados que enfrentarían al gobierno asentado en Kigali, el cual a partir de 1973 encabezó con un golpe de Estado el general hutu Juvenal Habyarimana.

Habyarimana venció en la guerra civil y en 1978 promulgó una nueva Constitución, que le permitió gobernar con control absoluto el país, como presidente, primera figura del principal partido político y jefe supremo de las fuerzas armadas, con lo cual logró ser reelecto en 1983 y 1988.

Los ruandeses exiliados, opositores a Kigali, organizados en el FPR, en octubre de 1990 y apoyados por Uganda, invadieron el país, con lo cual iniciaron una nueva guerra civil y en el recuento de esa etapa sobresale que aunque el general reformó la Constitución, paralelamente incrementó la represión.

A partir de 1991 el régimen intensificó el uso del racismo como eje de mando, instigaba los asesinatos selectivos y encubría las masacres masivas perpetradas contra la comunidad tutsi por grupos paramilitares Interahamwe e Impuzamugambi, organizados en el sector juvenil de los partidos políticos hutu.

Esas milicias extremistas estaban integradas por más de 30 mil efectivos, que recibían entrenamiento militar del ejército ruandés, así como el apoyo y encubrimiento político del gobierno de Habyarimana, cuyos dirigentes emitían declaraciones que fomentaban el empleo de los medios terroristas contra la población tutsi.

LA RADIO ASESINA 

Un uso distorsionado de los medios de difusión -al estilo goebbeliano- fue el de la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (Radio Télévision Libre des Mille Collines) o RTLM, cuyo papel en la incitación al crimen fue fundamental en la preparación de las condiciones ideológicas y psicológicas para la ejecución del genocidio de 1994.

La RTLM fundada en 1993 era contraria a las conversaciones de paz entre el Gobierno y el Frente Patriótico Ruandés y tras el magnicidio del 6 de abril de 1994, la emisora comenzó a transmitir prácticamente órdenes criminales, al llamar a una guerra final para exterminar a los tutsis.

El 6 de abril de 1994, el avión Falcon 50 del presidente de la República de Ruanda, con identificador ‘9XR-NN’, regresaba de una cumbre en Dar es Salaam, Tanzania, en la cual negociaban los rivales de la guerra, cuando fue derribado al aproximarse al aeropuerto de Kanombe, en Kigali.

Todos los viajeros perecieron; junto con Juvenal Habyarimana estaba el presidente Cyprien Ntaryamira, de Burundi, así como sus respectivas delegaciones y la tripulación de la nave.

Ese asesinato dio la arrancada para que la crisis política escalara al máximo y se desatara el genocidio perpetrado hace 25 años en el país de los Grandes Lagos.