Haile Selassie, el hombre detrás del dios

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Por Richard Ruíz Julién
Cuando alguien menciona »rastafarismo» una serie de códigos vienen a la mente: los colores verde, amarillo o rojo, Jamaica, el reggae…Bob Marley; pero pocos tal vez sepan que en el corazón de ese movimiento hay otro hombre.
Se trata de Ras Tafari, el nombre con el que nació el 23 de julio de 1892 el último emperador de Etiopía, quien al ser coronado adoptó el nombre real de Haile Selassie.

Para los rastas, él es Dios (o Jah) encarnado, el mesías redentor.

Pero, ¿cómo fue que el monarca, cuya capital está situada a casi ocho mil millas de Kingston, terminó siendo adorado en el país caribeño?

El vínculo entre ambos, de hecho, lo forjó un grupo de jamaicanos pobres que creyeron que la coronación de Ras Tafari era el cumplimiento de una profecía plasmada en la Biblia.

Vivían seguros de que él los liberaría, sacándolos de su vida de pobreza en el Caribe y llevándolos a África, la tierra de sus antepasados y su centro espiritual.

Tafari era el hijo de un colaborador del emperador Menelik III, uno de los gobernantes más importantes de la historia de esta nación del cuerno africano.

Desde la infancia, su inteligencia impresionó al regente, quien facilitó que tuviera una carrera política.

Así, cuando en 1930 murió la hija de Menelik II, la emperatriz Zuditu, Tafari fue coronado emperador.

Según los relatos y la literatura, la coronación de Haile Selassie fue un evento espléndido al que acudieron reyes y representantes de todo el mundo.

Tanta pompa hubo que el diario The New York Times especuló entonces con que las celebraciones habían costado más de tres millones de dólares; la revista Time le dedicó su portada al nuevo emperador, convertido en un fenómeno global.

Poco después de aquello, encargó la primera constitución escrita de Etiopía, que restringía en gran medida los poderes del parlamento: en la práctica, él era el gobierno.

La sucesión al trono se limitó solo a sus descendientes y, según la carta magna, la persona del emperador era ‘sagrada, su dignidad inviolable, y su poder indiscutible’.

Pero en Jamaica, Selassie se estaba convirtiendo en algo más que un poderoso gobernante.

‘Miren a África, donde se coronará un rey negro, porque el día de la liberación se acerca’.

Esta es la profecía que lo empezó todo y la hizo Marcus Garvey, un activista que luchó por el cambio político y social en una isla que había sido un centro importante del sistema de la esclavitud.

En 1975, Ryszard KapuÅ›ciÅ„ski viajó a Etiopía y presenció de primera mano la caída de Haile Selassie tras 44 años de mandato. Para entonces, KapuÅ›ciÅ„ski era uno de los corresponsales y periodistas más respetados del mundo.

Sus reportajes sobre las guerras en Angola y Honduras habían dado mucho que hablar. Su estilo depurado de escritura era único, su agudo sentido de la investigación, privilegiado.

Cuando, en 1978 publicó El Emperador, mostró, en pleno auge del rastafarismo, otra cara del hombre que se había convertido, tan rápido, en un mesías para una parte del lejano pueblo.

Porque el increíble relato no nace solamente de su pluma, sino que recopila las voces de muchos allegados al Emperador, aquellos que le sirvieron fielmente, que veían sus desplazamientos diarios, atendían a las intrigas del palacio y las locuras del mandatario.

En esta figura contradictoria, de luces y sombras según los historiadores, los rastafaris siguen adorando al Dios encarnado. Muchos creen, incluso ahora, que su muerte, en 1975, fue una falsedad y que vive, eterno, en un monasterio.

La fe de estos hombres no les dejó ver en Haile Selassie a un hombre político, un regente en un país en crisis, al líder que no sabía escribir y se guiaba por delaciones dichas a su oído.

Tampoco lo presenciaron como al monarca que necesitaba cojines bajo sus pies, que mató a sus mimados leones de un tiro en la frente porque no impidieron el golpe de Estado; y que, finalmente, terminó entregando un país en ruinas.

Y la figura de este emperador sigue siendo interesante en el nacimiento de una religión joven y en la historia que la sigue de cerca.

Mientras tanto, la realidad de su reinado, de las delaciones, el hambre y los despilfarros seguirán mostrando también, en la pluma inmortal de KapuÅ›ciÅ„ski, que detrás de la deidad, no había, finalmente, más que un hombre.