Somalia, las próximas elecciones y una guerra sin fin

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Somalia eleccionesPor Julio Morejón 

La incertidumbre es un rasgo de la guerra en Somalia, la cual se conoce cómo comenzó, pero nadie puede prever cómo concluirá, pese a que todos los votos parecen favorecer al gobierno y sus aliados.

Esas dudas están en los análisis que tratan de evaluar integralmente la contienda bélica desatada en 1991, tras el derrocamiento del presidente Mohamed Siad Barre, quien en un tiempo empleó consignas populistas junto con el clientelismo y el sectarismo encubierto para la personalización del poder.

La deposición de Siad Barre por una alianza guerrillera tripartita, comandada por el general Mohamed Farah Aidid, luego disuelta por contradicciones en el mando y las aspiraciones de cada una de las tres cabezas, ofrece una idea de la inconsistencia institucional presente en los últimos 25 años de gestión somalí.

Tras la etapa de Aidid, el país siguió dividido en pequeños feudos encabezados por señores de la guerra, jefes de clanes y grupos con influencia en términos de posesión de bienes, principalmente las tierras y el ganado, y en otros casos siendo los principales intermediarios en la manipulación de la ayuda llegada desde el exterior.

Así entró Somalia en el siglo XXI: sin una autoridad central fuerte, pese a toda pugna para establecerla en Mogadiscio, un fútil liderazgo compartido entre el presidente y el primer ministro, un legislativo basado en compromisos con los clanes hegemónicos, lo que le sitúa lejos de los esquemas de la llamada democracia liberal.

Pero la invalidez de Somalia es más notoria cuando se contrasta con otros Estados africanos que sufrieron guerras, pero dieron o intentaron darle una vuelta a la hoja. En este caso no hay importantes signos de cambios desde hace mucho tiempo y el proceso de transformación que debe funcionar permanece esencialmente estancado.

«El monopolio del uso de la fuerza suele ser una de las características de la estructura de Estado, pero en Somalia ni el Gobierno Nacional de Transición ni el Gobierno Federal de Transición controlaron la violencia», indicó en un artículo el analista Alejandro Pozo Marín sobre esas entidades que funcionaron de 2000 a 2012.

Asimismo, Pozo Marín subrayó que: «Ni se tuvo la capacidad ni se contó con el compromiso o la voluntad de los actores, internos y externos, implicados», pese a eso la articulación de los intentos de asumir el poder y así dar valor a una autoridad central proseguían, aunque un tanto embargados por el caos imperante.

Medios de prensa reportan acciones tanto de los antigubernamentales de la organización Al Shabab como de su contrincante, el Ejército Nacional y sus aliados, la Misión de la Unión Africana (Amisom).

Precisamente, esos destacados de prensa se toman para referirse a logros en cuanto a una precaria estabilidad y, como una cadena, tras eso viene el otro eslabón: recordar que el presidente, Hassán Sheikh Mohamud se comprometió en 2016 a celebrar elecciones, finalizar la Constitución, y definir la cifra y localización de los estados federados.

Disputas políticas feroces acompañaron cada uno de esos aspectos en la supuesta reconstrucción de un modelo político, económico y social destrozado por la guerra. Los comicios que Sheikh Mohamud pretende deberán decidirlos los ancianos de los clanes y representantes regionales, en vez de realizar una consulta popular abierta.

No obstante, entre ese anhelo para dar un giro en los actos de gobernanza y la realidad somalí existe una brecha demasiado amplia; en primer lugar está el conflicto armado y en segundo las fuentes de legitimidad de tal votación.

Esos dos factores se confabulan para fortalecer la incertidumbre, porque hay más de un interesado en obstaculizar que se realice una amplia transición política en Somalia, toda vez que esto afectaría intereses estratégicos, ahora bien camuflados por el caos.

EL TAMBOR DE LA GUERRA

La Amisom sacó a Al Shabab de las grandes zonas bajo su control en 2011, pero eso no significó que funcionara un plan de estabilización real, así que la organización ya bastante sólida se recuperó y comenzó a operar contra sus objetivos tradicionales, la tropas de la Unión y el gobierno que identifica como espurio.

En los últimos 12 meses hubo una serie de ataques contra las bases de la Amisom, y cada uno se intensificó en términos de ambición y daños causados contra la reputación de la Misión de la Unión Africana», reconoció el analista estadounidense Cedric Barnes, respecto a las declaraciones de medios de difusión sobre el presunto repunte somalí. Existen varios análisis sobre la viabilidad del empleo o no de la fuerza para restablecer la tranquilidad somalí, también hay planteamientos de cómo aplicarla y criterios dispares acerca de si ese conflicto es un problema solamente africano o si en ese proceso debe participar Occidente, como lo hace Estados Unidos con sus drones.

Tales aspectos que se vinculan con el tema de la seguridad, devienen cada vez en más importantes, si se les coloca en el ruedo de asuntos pendientes como el de las anunciadas elecciones generales y presidenciales, cuyos resultados podrían neutralizar al menos un poco la actual descomposición de la estructura institucional.

Algunos estudiosos consideran que esa criatura no existe, ya que Somalia es identificada como Estado colapsado, Estado fallido, No Estado, Estado inhabilitado, e incluso ponen en dudas -otra vez aquello de la incertidumbre- su existencia como entidad política única en el contexto internacional.

Pese a todo, se prevé la realización de los comicios a finales de 2016 y para los que el gobierno aprobó el marco político tras dos jornadas de reuniones en Mogadiscio, según informó la emisora local Radio Shabelle.

«El acuerdo contempla la creación de una Cámara Alta del Parlamento, con 54 escaños distribuidos entre los estados del país, mientras que los 275 escaños de la Cámara Baja serán repartidos basados en la fórmula ‘4,5’, un reparto de poder entre los cuatro mayores clanes y sus aliados menores», citó Europa Press.org

SOBRE LAS ELECCIONES

La consulta somalí es muy compleja por sus diferencias conceptuales, que parten de la adecuación de una realidad política también complicada. Las elecciones que se prevén para finales de año serán indirectas y posibilitarán la construcción de un Parlamento bicameral, el cual tendrá la facultad de elegir al presidente.

Llegar hasta ese punto es lo difícil, porque para eso, a los miembros de la Cámara Baja les elegirán los jefes de clanes, y los de la Cámara Alta se seleccionarán mediante gestiones de caucus en asambleas regionales y el 30 por ciento de los escaños será para las mujeres.

De construirse adecuadamente, eso reflejaría variedad en la posesión del poder, pero no unidad, pues hasta ahora las instituciones de transición no lograron integrar un modelo político único, sin discrepancias de fondo y con un sentido propiamente nacional, por encima del carácter federal del país.

El criterio de que puede lograrse la paz sin acudir a los rebeldes de Al Shabab, un arreglo para unos cuantos y no para todos, se presenta como opción poco probable para una recomposición de la autoridad legítima y si se parte de que las elecciones previstas sean justas y transparentes, siempre incidirá el obstáculo de la guerra y sus motivos.

Ante la vista de todos estará esa dicotomía -o maridaje contradictorio- de legalidad y conflicto bélico, las dos mitades de un círculo vicioso que se reproduce, en espera de definir quién o que vencerá, lo cual incluso podría ser un elemento poco recurrido hasta ahora allí: la cordura.