Sastres refugiados cosen mascarillas antivirus

0
88

En lugares tan diversos como Alemania, Malasia o Kenia, sastres que huyeron de sus países asolados por conflictos armados encontraron una opción de trabajo en la confección de mascarillas para la protección sanitaria anticoronavirus.

Es el caso de Maombi Samil, un refugiado de 24 años de la República Democrática del Congo que huyó al noroeste de Kenia donde se hizo cargo de un negocio de sastrería y diseño de modas en el campamento de Kakuma.

Kenia registró su primer caso de covid-19 el 13 de marzo, y tres semanas después el gobierno ordenó el uso generalizado de mascarillas en los lugares públicos de este país de 48 millones de habitantes. Las máscaras de tela reutilizables se convirtieron en el accesorio más codiciado en el país.

“Quise usar mi talento y las telas disponible localmente para demostrar que nosotros, también podemos contribuir durante la pandemia y no solo depender de la asistencia”, contó Samil a responsables de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Samil, “el diseñador Samil” como se le conoce, buscó un algodón con cera fácilmente disponible, apeló a modelos de mascarillas chinas que conoció por internet, y con su equipo de tres auxiliares puso manos a la obra.

En una semana entregó 300 máscaras faciales a la oficina de Acnur en Kakuma para el personal que trabaja en el campo y regaló máscaras a refugiados y otros habitantes de la localidad carentes de recursos para adquirirlas.

En los campamentos de refugiados diseminados por África “el distanciamiento social simplemente no es posible, vivimos en una comunidad con muchas personas y será difícil saber quién tiene el virus y quién no. Debemos protegernos tanto como podamos”, opinó Samil.

En África al sur del Sahara hay unos 18 millones de personas refugiadas, que han huido sobre todo de los conflictos armados, y suman 26 por ciento de los 70,8 millones de refugiados que hay en el mundo, según Acnur.

Rashid Ibrahim, refugiado sirio con una familia de cuatro personas que vive en Seddiner See, cerca de Potsdam, en Alemania, también está entregado al trabajo de coser mascarillas para las enfermeras del hospital local, donde han escaseado.

Su esposa Fátima y sus dos hijas jóvenes cortan y clasifican las máscaras que Ibrahim cose. Cuando se quedó sin bandas elásticas para el accesorio, pidió ayuda por las redes sociales “y la mitad del pueblo (4500 habitantes) participó. En pocas horas el buzón estaba lleno” de oferentes de las bandas.

Cuando se le ofreció un pago por sus trabajos, Ibrahim lo rechazó. “Fuimos muy bien recibidos en Seddiner See. Encontramos vivienda, trabajo, escuela para nuestros hijos. Si podemos devolver algo a Alemania, estamos contentos”, dijo.

Además de las máscaras faciales, el equipo de protección personal necesario para proteger a los trabajadores de salud y atención médica de primera línea del coronavirus es muy escaso en todo el mundo.

Se trata de las batas, cubiertas para la cabeza y para los zapatos que necesita el personal médico y paramédico que enfrenta la pandemia.

En Malasia, Sasibai Kimis, fundadora de la empresa de joyas y artesanías Earth Heir, que trabaja con refugiados de Afganistán, Myanmar y Siria, habilitó un taller cuidadosamente desinfectado para fabricar equipo de protección personal.

El refugiado afgano Sajad Moradi se confesó “orgulloso de contribuir con Malasia” a la vez que contento de ganar el sustento con la elaboración diaria de 15 a 20 equipos de protección.

Los refugiados “son uno grupo vulnerable durante la pandemia, afectados por la desaceleración de la economía, y por eso los empleamos en el objetivo de apoyar a los héroes de primera línea contra la covid-19”, dijo el responsable de la firma, Xiao Cheng Wong.