Trasplante de órganos, un ejemplo de solidaridad más allá de las fronteras

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Rèda AmaniRèda Amani es un chico de 20 años que tiene una familia marroquí, otra cordobesa y tres órganos donados por otras dos familias que perdieron a sus seres queridos: un hígado y dos pulmones que le permiten jugar al fútbol de delantero como cualquier joven de su edad.

La historia de Rèda, como el significado de su nombre en árabe, está llena de satisfacción, de plenitud. Es una historia llena de «ángeles» que a un lado y a otro de la valla fronteriza de Melilla han hecho posible ganar la batalla al síndrome Wilson, la enfermedad degenerativa hepática con altos índices de mortandad que padece.

«Cuando Rèda tenía 7 años, me quedé embarazada porque pensaba que su enfermedad, que en Rabat me decían que no tenía cura, acabaría pronto con su vida», relata su madre, Salima El-Kaddour.

Su familia se había gastado «el equivalente a tres casas en Marruecos» en tratamientos para rebajar el líquido que hinchaba la barriga del pequeño Rèda pero, tras años de idas y venidas a hospitales, tiraron la toalla.

Sin embargo, el día que fueron a vacunar a su hermana recién nacida, un primer «ángel» recomendó a Salima El-Kaddour cruzar la frontera y probar suerte en algún hospital español.

Así, recién dada a luz, Salima El-Kaddour cargó con Rèda a la espalda y se presentó a las seis de la mañana en la frontera para entrar a Melilla.

Allí, un segundo «ángel», una señora marroquí que cruzaba a España todos los días a trabajar, logró sensibilizar a un trabajador del paso fronterizo «que tiró su chaqueta al suelo, envolvió a mi hijo que tenía 40 de fiebre -recuerda Salima El-Kaddour- y llamó a una ambulancia».

«Dejé a mi hija con 40 días y un helicóptero nos trajo a Córdoba porque el hospital Reina Sofía era el único lugar donde podían salvar a mi hijo», continúa explicando.

A partir de ese momento, con apenas 8 años, Rèda comenzó un duro proceso en el que se temió por su vida en muchas ocasiones.

«Estuvo en la UCI infantil antes de recibir el trasplante hepático, luego, debido a las complicaciones respiratorias, tuvo múltiples ingresos hasta que recibió el trasplante de los pulmones, algo que fue muy duro pero que superó por su valentía y su capacidad de colaboración», relata la doctora intensivista pediátrica del centro cordobés Susana Jaraba.

El caso de Rèda, uno de los 435 trasplantados en el Reina Sofía desde 1979, es «paradigmático» por «lo exitoso» de sus dos intervenciones, a pesar de las complicaciones, explica el doctor Francisco Santos, responsable del servicio de Neumología y Coordinador del Servicio de Trasplantes en dicho centro.

Santos indica que el Reina Sofía es el hospital con mayor índice de supervivencia en trasplantes de pulmón, hasta el 85 por ciento de éxitoen los injertos de estos órganos respiratorios.

«Recuerdo que era mi octavo cumpleaños cuando llegué a casa de mis padres de acogida», dice Rèda con una sonrisa.

Toñi Vidal y Luis Jesús Chamorro, una familia cordobesa con tres hijos, decidieron en mitad de un almuerzo y sin pensárselo dos veces, convertirse en familia de acogida de Rèda mientras recibía el tratamiento para poder ser trasplantado.

«Hemos visto cómo Rèda casi se nos iba», recuerda el padre de acogida, quien también cuenta con satisfacción que lo han visto «aprender a montar en bicicleta con una mochila de oxígeno colgada de su espalda».

La familia Chamorro Vidal ha sido otro de esos «ángeles» de los que habla la madre biológica, porque además de cuidarlo como a sus propios hijos, han ayudado a Salima El-Kaddour a regularizar su situación administrativa; le han buscado trabajo como asistenta doméstica y cuidadora en casa de familiares para que pudiese estar junto a su hijo.

Salima El-Kaddour cruzó la frontera con lo puesto en 2003 pero tuvo que volver a Marruecos hasta conseguir un empleo y poder hacerse cargo en España de su hijo, conforme a la legislación española.

Sin embargo, de toda esta historia, lo que mejor recuerda Rèda es cómo Dani, uno de los tres hijos de la familia cordobesa de acogida, permanecía sin moverse la semana que él estuvo recuperándose del primer trasplante: «No sé si fue por la anestesia o fue un sueño, pero detrás del cristal de la UCI siempre estaba».

Independientemente de culturas, todos los implicados en la vida de este aspirante a chef o a historiador -no lo tiene claro todavía- reconocen la necesidad de la donación.

A pesar de los 800 donantes que el Reina Sofía ha tenido en su 35 años de trasplantes, se necesitan más «ángeles» que, a pesar de las tragedias que rodean a las familias de los donantes, sigan dejando que un «pedacito» de ellos siga vivo en personas que como Rèda que solo tienen un presente y un futuro gracias a la generosidad.