La prueba del lápiz, los blancos honoríficos y otros absurdos del “apartheid”

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sudafricaFundado sobre los cimientos de un delirante racismo, el segregacionista régimen del “apartheid” trajo consigo numerosos conceptos y situaciones absurdas, como la “prueba del lápiz” para determinar la raza de los ciudadanos o la condición de “blancos honoríficos” de que gozaban los asiáticos orientales.

La implantación del régimen en 1948 tipificó y recrudeció la discriminación de los no blancos que ya existía en Sudáfrica desde la llegada de los colonos europeos en el siglo XVI, y dio lugar a infinidad de disposiciones basadas en la raza de las personas con el objetivo de cumplir el ideal purista de los arquitectos del sistema.

El primer problema para aplicar la separación física por motivo de raza que proponía el proyecto de los nacionalistas afrikáners -descendientes de los colonos holandeses- era la clasificación racial de la población.

“El Gobierno creó cuatro categorías: blanco, africano, indio y ‘coloured’ (mestizo)”, cuenta  Noor Nieftagodien, profesor de historia de la Universidad Witwatersrand de Johannesburgo.

“Distinguir entre blancos, africanos e indios era relativamente fácil; el problema venía con los ‘coloureds'”, indica Nieftagodien al señalar la diversidad de los mestizos, gente de raza mixta que puede tener la tez más clara que muchos blancos.

La palidez de la piel era una gran ventaja en aquella Sudáfrica -donde era mejor ser blanco que indio o mulato, e indio o mulato, mejor que negro-, y muchos aspirantes a una vida mejor aprovechaban la indefinición de la categoría “mestizo” para buscar un “ascenso” en su condición racial.

Una de las tareas de la Oficina de Clasificación Racial era resolver las solicitudes de cambios de raza, de mulatos que decían ser blancos o de negros que decían ser mulatos.

“La piel clara, la nariz afilada y, sobre todo, el pelo liso eran requisitos para poder ser considerado blanco”, cuenta el profesor, quien recuerda que los funcionarios de la oficina se dedicaban a medir las narices de los solicitantes.

“Pero la más importante era la ‘prueba del lápiz’, que consistía en poner un lapicero entre los cabellos. Si caía, la persona podía ser considerada blanca o mestiza, pero si permanecía, sólo podía ser mestiza o negra”, explica Nieftagodien.

Para tomar la decisión, las autoridades sudafricanas podían recurrir a una pregunta aparentemente inocente: “¿Cuánto miden sus hijos?”

Los negros suelen indicar la altura de las personas con los dedos juntos y las yemas hacia arriba, mientras que los blancos lo hacen con los dedos extendidos y la palma de la mano hacia abajo.

Un colectivo especialmente conflictivo para el “apartheid” fueron las comunidades de origen asiático: las minorías chinas fueron asignadas al grupo mestizo, al que pertenecía la historiadora sudafricana de origen chino Melanie Yap.

Debido a las privilegiadas relaciones económicas que el régimen de Pretoria mantenía con Japón, los japoneses obtuvieron la dudosa consideración de “blancos honoríficos”, que les permitía vivir y abrir negocios en zonas de blancos aunque no tenían derechos políticos.

“Aprovechando sus similitudes físicas, algunos chinos consiguieron este estatus para disfrutar de sus beneficios”, relata Yap a Efe.

Muchos quebraderos de cabeza trajo también el entrenador peruano negro Augusto Palacios, que en 1985 se hizo cargo de la dirección Witbank Aces de la liga sudafricano de fútbol, un deporte practicado y seguido sobre todo por negros.

El club ofreció a Palacios la casa en el centro de Witbank -noreste del país- que ocupaba antes su predecesor en el club, el argentino blanco Óscar Casares.

Pese a tener vivienda en Witbank, Casares fue alojado en un hotel de Hillbrow, uno de los pocos barrios mixtos de Johannesburgo y una de las zonas más liberales del país en aquella época.

“Todos los días me llevaban a entrenar a Witbank, a 142 kilómetros”, rememora divertido Palacios.

“Pasó un mes, un mes y medio, me decían que estaban arreglando la casa, pero tenían miedo de llevarme porque sabían que yo no podía vivir allí”, señala el entrenador, en referencia a la entonces zona para blancos de la conservadora ciudad de Witbank.

Cansado de esperar, Palacios tomó el coche y se plantó con su familia en su casa de Witbank, de la que ya tenía la llave.

Al poco tiempo de instalarse, la Policía llamó a la puerta para decirle que un negro no podía vivir en ese lugar.

Palacios enseñó su contrató y se quedó allí, pese a la presión de algunos vecinos que le apuntaban con escopetas desde sus balcones y las propuestas del régimen para que se mudara a un sitio menos problemático.

El técnico peruano acabó marchándose asqueado por el racismo imperante en Sudáfrica, pero en 1989 volvió para quedarse.

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