Érase la convivencia en Chad

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Por Julio Morejón

Las disputas entre comunidades en el nordeste chadiano, forzaron al gobierno del presidente Idriss Deby Itno a imponer el estado de emergencia en tres regiones fronterizas con Sudán, Libia y República Centroafricana.

En agosto el mandatario declaró un estado de excepción que se aplicaría por cuatro meses en las provincias de Sila, Ouaddai y Tibesti, donde escalaron enfrentamientos entre comunidades que causaron decenas de muertos, lo cual Deby consideró un preocupante problema nacional.

Esa zona es de trashumancia y resulta estratégica por estar cerca de la frontera sudanesa, por donde se opina continúa activo el contrabando de armas, y habitualmente es escenario de choques entre ganaderos árabes y campesinos autóctonos por la posesión de las tierras, un tipo de conflicto frecuente en África central.

Aunque no se emiten cifras totales de víctimas de esos eventos, se estima que sobrepasa el centenar en el oriente chadiano, donde hasta las fuerzas de seguridad desplegadas fueron tiroteadas en más de una ocasión, como precisaron fuentes castrenses.

Chad es el quinto país más extenso del continente y donde conviven más de 200 comunidades (grupos étnicos), así como se habla un centenar de lenguas.

Existe una división más o menos clara respecto a las ocupaciones y los territorios; hay una zona dedicada al pastoreo, con población musulmana y árabe en el norte y el oriente, así como otra en el sur mayormente agrícola, habitada por cristianos y fieles de religiones tradicionales africanas.

Para muchos estudiosos, Chad es el puente entre el norte y oeste africano en la faja central del continente, pero su ubicación no la libró de estar inmersa en conflictos desde su independencia en 1960: entre otras contiendas sobresalió la guerra contra el ejército libio en los años 80 por la Franja de Aouzou y sus posibles yacimientos de uranio.

Se trata de un país subsahariano sin salida al mar y rodeado de otros envueltos en tensiones: Libia, donde la guerra persiste pese al ajetreo diplomático convocando la paz; Sudán, que intenta ajustarse al nuevo esquema institucional post-Al Bashir; y República Centroafricana, donde hambre y violencia se dan las manos.

Además tiene lindes con Nigeria, Níger y Camerún, Estados que sufren las agresiones de la secta terrorista Boko Haram, la cual desde 2009 mantiene en alerta a las fuerzas armadas de esos países al ser un factor de desestabilización subregional que promueve, en nombre de un distorsionado credo islámico, la creación de un neo-califato.

En ese ambiente mantener alto el nivel de seguridad es difícil, a menos que se tomen medidas que pueden parecer drásticas, demasiado severas o cuando menos exageradas, como se entiende la decisión de N’Djamena, la cual también se relaciona con las armas que traspasan las permeables fronteras de África central.

Se destaca que los enfrentamientos entre comunidades generalmente tienen un sustrato económico y ocurren entre colectividades casi siempre divididas en el contexto producción-apropiación como es entre pastores y agricultores, y trascurren a menudo en áreas marcadas por el subdesarrollo.

Sin embargo, se vislumbran otros fenómenos con connotaciones sociales y políticas, que se concretan en actos de represalia contra quienes consideran el enemigo. Se pasa del acto inmediato al asunto ideológico y psicológico sobre los conceptos de lealtades y rivalidades.

Las luchas entre comunidades trascienden el momento del ataque y la respuesta para incorporarse a un contexto mucho más complejo, pues tales duelos llegan a identificar la fase en que se halla la construcción del Estado-nación y muestran las características reales de este, ahora cuando las brechas socioeconómicas sugieren nuevos partidismos.

DECISIÓN DE DEBY

Cuando la agencia noticiosa chadiana Alwihda Info difundió que al menos 109 personas perecieron en semanas recientes, en enfrentamientos entre comunidades en el este del país, confirmó el riesgo que corre ese Estado de que los problemas internos no resueltos puedan aprovecharlos los rivales para empujarlo hacia la crisis.

Con anterioridad, en el mes de mayo, decenas de personas murieron o sufrieron heridas en los enfrentamientos en la provincia de Sila, entre pastores árabes y granjeros. Durante una visita a ese territorio Deby hizo el anuncio sobre la aplicación de las medidas de excepción para detener lo que la prensa calificó de ‘desastrosa situación’.

A principios de agosto el propio presidente declaró que se comprometía a acabar con ese tipo de conflicto, pero la situación sigue siendo convulsa.

El gobernante expresó: ‘Los hombres armados no dudan en disparar a la policía. Es una guerra total que debemos emprender contra aquellos que llevan armas y originan la muerte de personas’. El gobierno reiteró el criterio de que gran cantidad de armas fluyen desde Libia, la República Centroafricana y Sudán.

Para el presidente, la causa principal de todos esos actos de violencia es el ingreso de arsenales ilegales en esa parte del territorio chadiano, lo cual crea una situación de riesgosa inestabilidad, aunque durante el estado de emergencia las fuerzas de seguridad incautaron muchas de esas piezas y realizaron decenas de arrestos.

No obstante, sabotear la estabilidad en Chad estimulando los enfrentamientos entre comunidades, puede ser una forma de inducir a un cambio de preferencia en la cúpula del poder, aún afín a París y consciente de su papel en el ámbito de la francofonía y la lucha contra el terrorismo.