Boko Haram, otro año consumando terror

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Por Julio Morejón

Una invención folclórica se refiere a una monstruosa bestia, que cada noche retornaba a su guarida para saciar su sed de sangre con seres humanos cautivos allí, quienes perecían entre dentelladas y alaridos.

Esa fantasía es superada hoy por una realidad tangible que aterroriza a la cuenca del lago Chad: los ataques de la secta integrista de confesión islámica Jama’atAhl as-Sunnah lid-Da’wahwa’l-Jihad (Boko Haram), operativa en Nigeria desde 2002 y que en 2009 optó por la violencia armada para crear un neocalifato en el norte del país.

Durante 10 años en ese grupo armado persistió la idea de desconocer a la autoridad del Estado federal, extendió sus operaciones a países vecinos, reconfiguró su forma de actuar con el uso de niños en sus ataques y realizó secuestros masivos para convertir a poblados en rehenes.

Su trayectoria fue zigzagueante, hasta el punto de dar la imagen de que estaba extremadamente debilitada por sus divisiones internas y las operaciones antiterroristas ejecutadas en esa subregión de África occidental; se opinó que estaba en fase terminal de la cual no se recuperaría, sin embargo se recompuso.

Este año que concluye esa organización ?que cambió de tácticas con el empleo de niñas y adolescentes suicidas y se considera el grupo terrorista más sangriento del continente africano-, persistió en su objetivo de eliminar a las tropas de los Estados de la cuenca: Nigeria, Níger, Camerún y Chad afectados por el asalto terrorista.

Las agresiones de Boko Haram en el norte de Nigeria causaron más de 100 mil muertos, la mayoría de las víctimas fueron civiles y sus operaciones también se dirigieron contra los campamentos de desplazados que se ubican en la frontera con Camerún.

Entre tanto las ofensivas del ejército nigeriano, incluyendo sus bombardeos a los bosques de Sambisa, limitaron en gran medida los actos terroristas en los estados norteños de Adamawa, Borno y Yobe, sin embargo, los efectivos de la a secta en 2019 maniobraron más hacia el exterior, por ejemplo en Diffa, territorio de Níger.

A principios de este año se evaluó que los persistentes ataques de BokoHaram, crearían desanimo en el electorado nigeriano que en febrero debía acudir a las urnas para elegir presidente. Como resultado de esa consulta Muhammadu Buhari resultó electo, pese a estar pendiente su promesa de 2015 de acabar con el grupo terrorista.

La victoria electoral del gobernante nigeriano, sin dudas, repercutió en la cohesión de la alianza antiterrorista de la cuenca del lago Chad, una zona donde más de 1,2 millones de personas necesitan ayuda para salvar sus vidas, según el coordinador humanitario de las Naciones Unidas, Edward Kallon.

Así, una década después de escoger la violencia armada como voluntariosa expresión de su rechazo al modelo de organización del Estado y de concordar con planes subversivos antinigerianos, en el año que concluye Boko Haram sólo generó más odio entre la ciudadanía perjudicada.

Existe un contexto socioeconómico que estimula la delincuencia y su versión terrorista: según ONU, más de 4,7 millones de ciudadanos sufren inseguridad alimentaria en el norte nigeriano; el 49 por ciento de los jóvenes son subempleados en labores insuficientes, el 75 por ciento de las mujeres no asisten a la escuela.

En 2019 se reforzó el estado de opinión negativo dentro y fuera del país, que se internacionalizó rápidamente cuando en 2014 la facción secuestró a unas 200 escolares en la norteña localidad de Chibok, cinco años después del rapto continuó pendiente la liberación de esas jóvenes y adolescentes.

CONTRAGOLPES

Las acciones de la secta afectan a varios Estados de la cuenca del lago Chad, pero sobre Nigeria recae el mayor peso de las misiones antiterroristas y se identifica como el núcleo duro de la Fuerza Multinacional Conjunta de Seguridad (Mnjtf), y sus tropas son responsables directas de operaciones en el norte del país como la Lafiya Dole.

‘A pesar de los problemas de financiación, está claro que la Mnjtf se ha vuelto cada vez más relevante en la región y ha cosechado muchos triunfos, arrebatando territorios a Boko Haram, liberando a miles de prisioneros y eliminando a decenas de integrantes de la organización’, señala el historiador Alberto Guerrero del Grupo de Estudios de Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada, España.

Una década de conflicto en Nigeria contra esos integristas destruyó millares de viviendas y otros tipos de instalaciones ciudadanas, así como dependencias civiles y oficiales, pero fuentes oficiales afirmaron que más de mil 370 combatientes de Boko Haram se rindieron a las tropas de la Operación Lafiya Dole.

‘La crisis de Boko Haram ha devastado la economía regional, el crecimiento económico ha disminuido drásticamente e incluso ha puesto en riesgo la capacidad de los países para pagar su sueldo a los miembros de las fuerzas de seguridad y a los funcionarios’, precisó en un análisis de coyuntura Alberto Morales González, otro experto del GESI.

Alrededor de 22 mil nigerianos se reportaron como desaparecidos en el curso de esos enfrentamientos con el grupo radical en el noreste de Nigeria, y del cual se conoce que se le separó una facción, el Estado Islámico en África Occidental (ISWA), ahora muy activa.

En 2019 el Ejército nigeriano y sus aliados avanzaron en la neutralización de actos vandálicos, incrementaron sus ataques en la sierra de Sambisa, el principal bastión de los fundamentalistas, y redujeron las posibilidades de estos de retomar zonas como Gwoza y Bama, que antes la secta terrorista nombró sucursales del neocalifato.

Respecto a la Mnjtf, el doctor Guerrero entiende que: ‘Si bien ha cosechado importantes éxitos en su lucha contra BokoHaram, es difícil hablar todavía de una victoria total, aunque sí ha logrado arrinconar al movimiento’.

El presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, compartió el criterio del avance, al referir que las fuerzas de Nigeria infligieron una derrota sustancial a la secta extremista, pero subrayó que la paz y la estabilidad del país no se negocian, por lo cual las agencias de seguridad deben seguir ejecutando su labor antiterrorista en forma diligente.

No obstante esas consideraciones, se destaca que desde el primer cuatrimestre del año el grupo armado incrementó sus ataques en Diffa, en el sudeste de Níger, una región donde tanto soldados como la población civil fueron objeto de agresiones en una extensión del escenario del radicalismo.

Esa expansión genera un problema, si no irreversible, muy difícil de resolver: el drama de los desplazados por la violencia terrorista y que este año incidió gravemente en los países de la cuenca del lago Chad (Nigeria, Níger, Camerún y Chad), asociados militarmente en la Fuerza Multinacional Conjunta de Seguridad.