Terrorismo amenaza la estabilidad en países del Sahel

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Por Julio Morejón

El terrorismo se engasta en la actualidad sobre una expresión confesional deformada del Islam para sembrar el odio y tratar de destruir los Estados de la región del Sahel, estiman analistas.

El radicalismo expresado en una novedosa Yihad -guerra santa musulmana- víctimiza hasta los propios fieles en una ciega carrera dirigida a eliminar instituciones postcoloniales, que no siempre resultaron óptimas pero funcionaron en los últimos 60 años.

De esa forma la contienda religiosa deja ver su esencia bien terrenal, que es la lucha por el poder, como lo ilustran las agresiones en Mali del Grupo de Apoyo del Islam y los Musulmanes (JNIM).

Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (según transliteración del árabe) de Iyad Ag Ghaly, también conocida como Abu al-Fadl, es considerada una coalición que integra a las principales organizaciones extremistas en el área del Sahel, la cual es afín a la organización terrorista Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Recientemente el JNIM asumió la autoría del ataque a una base del ejército maliense en la ciudad norteña de Tarkint, región de Gao, que conforme declararon a los medios de prensa funcionarios del gobierno, causó 29 soldados muertos y cinco heridos.

Expertos en temas de defensa indicaron que el Grupo empleó tácticas que definen su modo de actuar, la planificación detallada de la acción, para establecer las posibilidades de victoria frente a un rival que le aventaja en cuanto a medios técnicos y personal, lo cual le impone emplear métodos flexibles, pero efectivos, de guerra de guerrillas.

Se incluye el uso de vehículos cargados con explosivos, el desempeño de fuerzas ligeras combinadas como es la actuación simultánea de asaltantes a pie y otros empleando motos.

Asimismo en los ataques utilizan armamento diverso, sin excluir que en un momento dado opten por algún tipo de artillería pesada.

Un aspecto explotado por la agrupación extremista es que, en tanto coalición, sus destacamentos aunque proceden de diferentes grupos insurgentes atacan en conjunto y en forma escalonada, algo conocido por los comunicados emitidos tras ejecutar sus acciones.

El ataque de los integristas a la base castrense en la ciudad de Tarkint se interpretó como un contragolpe, pues sucedió al anuncio de que el ejército de Mali había aniquilado a 20 terroristas y perdido a seis soldados en un combate cerca de la frontera del país con Burkina Faso.

LA ESCALADA

Medios de la prensa europea, más que la africana, describen que los ejecutores de actos terroristas contra Mali están en AQMI y su filial, el JNIM, el Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS) y grupos autóctonos como Ansarul Islam, los que constituyen amenazas para Mali, Burkina Faso y el oeste de Níger.

En el cierre de 2019 se reportaron 58 ataques terroristas en la región del Sahel occidental (Mauritania, Senegal, Mali, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Camerún y Chad), los cuales causaron 316 muertos entre civiles, soldados y otros efectivos de las fuerzas de seguridad.

Esa estadística confirmó la tendencia alcista del último trimestre del año pasado; en los primeros tres meses de este año continuaron los ataques y si hasta ahora la mayor parte de la cooperación en temas de defensa se dirigía a Mali, ahora la Unión Europea entrena unidades de alto nivel para su posible despliegue en Burkina Faso.

En Burkina Faso, Mali y Níger las víctimas de los ataques terroristas se han quintuplicado desde 2016, con más de cuatro mil muertes sólo en 2019, en comparación con las 770 estimadas en 2016. (…), declaró ante el Consejo de Seguridad Mohamed Ibn Chambas, de la Oficina de ONU para África Occidental y el Sahel.

‘El foco geográfico de los ataques se desplazó hacia el este, de Mali a Burkina Faso, y amenaza cada vez más a los Estados costeros de África occidental’, explicó sobre la grave situación subregional.

Ante las débiles condiciones de seguridad, que amenazan la estabilidad de los Estados de la subregión, la Unión Europea, valorando lo que identifica como parte de su frontera sur y cómo las alteraciones de la paz en el Sahel le afectan geoestratégicamente, resolvió reforzar su asistencia a la subregión.

La decisión del Viejo Continente de ampliar el mandato de su misión en Mali, por ejemplo, impactará a toda el área, donde persiste la intransigencia extremista y los problemas en esa compleja zona africana se combinan con terrorismo y crisis humanitaria.

El Consejo Europeo (CE) informó en la tercera semana de marzo que su misión en el área auxiliará a los integrantes de la Fuerza Conjunta G5 Sahel, que comprende tropas de Burkina Faso, Chad, Mali, Mauritania y Níger, enfrentadas a una evidente escalada de radicalismo armado de base confesional islámica.

La Fuerza Conjunta del G-5 Sahel constituye un esquema de cooperación castrense africana instituida por iniciativa de Mali, Níger, Chad, Burkina Faso y Mauritania en 2017 para frenar al terrorismo y en plena capacidad operativa deberá movilizar a cinco mil efectivos agrupados en siete batallones.

Sin embargo, se repite una y otra vez que la solución militar no puede ser la única para la subregión, donde convergen extrema pobreza, declive humanitario y deterioro climático -marcado por el empobrecimiento del suelo- e incluso graves plagas de la langosta del desierto, por eso se requieren más opciones para ese paraje apocalíptico.