Ruanda 1994, el exterminio de la primavera

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Por Julio Morejón

El presidente de Ruanda, Paul Kagame, expresó que sus conciudadanos acostumbran a unirse con solidaridad y fuerza colectiva en momentos difíciles, con motivo del aniversario 26 del genocidio de 1994, recordado en actos limitados por la pandemia del nuevo coronavirus.

Eso es tal vez lo que les ayuda hoy a sobrepasar dificultades para enfrentar la Covid-19 y resistir los 100 días más trágicos sufridos por el país durante la primavera de 1994, cuando se perpetró uno de los mayores crímenes ejecutados contra una población en África.

El genocidio ruandés de hace 26 años, no deja de sorprender e indignar a estudiosos e investigadores al descubrir cómo se planificó física y psicológicamente la gran masacre de entre 800 mil y un millón de ciudadanos mayormente de la comunidad tutsi, pero también hutus con conducta política moderada.

Cuando el 7 de abril de 1994 estallaron las persecuciones de ciudadanos por las bandas de extremistas Interhamwe y los remanentes del Ejército Nacional, que perdía la guerra ante el Frente Patriótico Ruandés (FPR), se activó la última etapa de un proyecto asesino meticulosamente preparado como reacción al avance guerrillero hacia la capital, Kigali.

La confección de largas listas de ‘cucarachas’, como el terror hutu llamaba despectivamente al 15 por ciento de la población, los tutsis, a quienes mataban como ‘insectos dañinos’ y el racismo desenfrenado promovido por la radiodifusión oficial entre otras partes de la componenda, derivaron hacia un mortal asalto final.

El genocidio constituyó el intento de exterminar a la población tutsi y fue perpetrado entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994; durante ese período los victimarios asesinaron casi al 70 por ciento de la citada comunidad e incluyeron también como objetivo aniquilar a opositores políticos, fueran o no de ese grupo étnico.

La maquinaria letal estaba dispuesta desde mucho antes del magnicidio que sirvió de pivote para que estallara la barbarie, y también con antelación a que concluyeran las conversaciones en Arusha (Tanzania) entre el Gobierno de Juvenal Habyarimana y la guerrilla del FPR, dirigidas a poner fin a la guerra.

El 6 de abril de 1994, los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y de Burundi, Cyprien Ntaryamira, retornaban a Kigali, cuando cerca de esa ciudad estalló el avión que los transportaba.

La nave, un jet Dassault Falcon 50 (regalo del primer ministro galo Jacques Chirac), todo un símbolo de la alianza franco-ruandesa, resultó impactada por un misil cuando se disponía a aterrizar en el aeropuerto capitalino.

Este hecho fue rápidamente manipulado por los sectores más reaccionarios que culparon a los tutsis y que pretendían extender la guerra civil prácticamente perdida.

Así, al día siguiente del magnicidio comenzaron los asesinatos que sobrepasaron ampliamente los 800 mil, cometidos en muchos casos con el empleo de armas blancas (machetes y cuchillos).

LA INTOXICACIÓN IDEOLÓGICA

Durante la colonización, primero por los alemanes y luego por los belgas, en Ruanda se promovió la superioridad de la comunidad tutsi sobre la hutu, la cual integraba alrededor del 85 por ciento de la población y sobre esa diferenciación étnica se establecieron desigualdades socioeconómicas. Los belgas agudizaron las discrepancias interétnicas y la lucha de clase al identificar a un tutsi -individuo de origen sudánico generalmente vinculado con la ganadería- con menos de diez vacas, como un hutu, y al cual se debía imponer trabajos forzados o las peores labores.

Esa inequidad en los beneficios causó tensiones y enfrentamientos políticos, e incentivaron el conflicto étnico que sucedió a la independencia en 1962 y al golpe de Estado del hutu Habyarimana en 1973.

En 1990 surgió el FPR, formado por combatientes exiliados en Uganda, quienes llevaron la guerra a territorio ruandés.

Durante la preparación del genocidio de 1994, los extremistas hutus instituyeron la Radio de las Mil Colinas y periódicos que difundían propaganda racista de odio contra los tutsis, así como nombraban a personalidades que tenían que ser asesinadas por los paramilitares Interhamwe (aquellos que atacan juntos, en kinyaruanda).

Tras la muerte del presidente hutu, el genocidio fue un hecho que colocó en una posición confusa a Naciones Unidas, la cual resultó incapaz de detenerlo, aunque tenía una misión en el país y debía velar por el cumplimiento del Acuerdo de Paz de Arusha, firmado el 4 de agosto de 1993 entre Kigali y el FPR.

Alrededor de un centenar de días se extendió la primavera sangrienta, de la que 26 años después el presidente ruandés, Paul Kagame, dijo: ‘hacemos una pausa para reflexionar sobre la tragedia que experimentamos y lo que perdimos, tanto individualmente como nación’. Ahora, pese al ambiente polarizado por la pandemia de la Covid-19, Ruanda recuerda que tras la tragedia ‘aprendió la importancia de trabajar juntos para construir un futuro mejor para todos’, como expresó su gobernante en este aniversario.