Violencia comunal, espada de Damocles sobre la integración de Etiopía

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Por Richard Ruíz Julién
Shiburu Kutuyu, productor de maíz de 45 años, fue sacudido por disparos una noche de junio; su familia logró huir y son parte del casi millón de desplazados internos que viven hacinados en campamentos del sur etíope.

La alternativa de abandonar el hogar no fue la más feliz, pero era la única; al regresar luego del episodio de violencia su esposa y siete hijos encontraron que su casa con paredes de adobe había sido incendiada, pero no había rastros de Kutuyu.

Unos 11 días más tarde, otros granjeros encontraron su cuerpo colgando de un árbol, sus extremidades cortadas sembradas en el suelo.

‘Una turba de jóvenes oromo lo mataron de la manera más horrible’, comentó Mulugeta Samuel, cuñado de la víctima, desde uno de los edificios llenos de personas que huyeron de las revueltas protagonizadas por dos grupos étnicos: los oromo y los Gedeo.

Un aumento en los choques, a veces en forma de ataques de la mafia, en los últimos cuatro meses está inflamando los malos sentimientos y las eternas diferencias entre las comunidades en diversas regiones, en opinión de expertos.

La violencia amenaza con socavar los llamados del primer ministro, Abiy Ahmed, a la unidad en uno de los países más étnicamente diversos de África. También eclipsa las medidas liberales populares que ha anunciado desde que llegó al poder en abril.

Algunos observadores dicen que los jóvenes del grupo étnico de Ahmed, los oromo, se han envalentonado por su ascenso y están atacando a otros conjuntos en venganza por años de marginación.

El aparato de seguridad está en un estado de cambio desde el anuncio de las transformaciones, manifestó a Prensa Latina Asnake Kefale, profesora asistente de política en la Universidad de Addis Abeba. ‘Algunas personas se han aprovechado de esta situación’.

Recientemente Sorri Dinka, portavoz de la Comisión de Policía de Oromiya, puntualizó que se están tomando medidas contra los sospechosos de delitos y de incitaciones a la desestabilización.

Mencionó el llamado ‘qeerroo’, un término utilizado para describir a los implicados en el movimiento de protesta en los últimos tres años que culminaron con la renuncia del ex gobernante Hailemariam Desalegn.

Algunos que debieron abandonar sus hogares aún sienten que las autoridades no logran detener el contexto en su contra.

Tihun Negatu escapó de un ataque contra su aldea hace dos meses. Ella y sus dos hijos han estado viviendo en una escuela convertida en refugio, usando la ropa con la salieron de su pueblo.

‘No están dispuestos a llevarlos ante la justicia’, subrayó, en referencia a los oromos que expulsaron a la comunidad agrícola de sus tierras y quemaron la vivienda y un bar que ella dirigía.

Pero el jefe de la administración federal de desastres, Mitiku Kassa, confirmó la formación de un comité de ministros y funcionarios para supervisar los esfuerzos de rehabilitación y reconciliación.

Casi 800 personas han sido arrestadas. ‘Si no se detiene por completo, tales incidentes son muy peligrosos para el país, ya que pueden extenderse’, indicó.

También se instó a los ancianos y líderes locales a buscar estrategias para promover el diálogo. Las reuniones del Ayuntamiento se han llevado a cabo con regularidad, aunque ello no dio al traste hasta ahora con la erradicación de las revueltas.

En tanto, estadísticas proporcionadas por agencias de ayuda humanitaria, como el Comité Internacional de la Cruz Roja, precisaron que alrededor de cinco niños mueren cada día debido a enfermedades y hambre.

Además, los planes de retorno provocaron protestas este mes por parte de algunos que piensan su seguridad no estaba garantizada.

Los cambios radicales han levantado la tapa de conflictos históricos sobre la tierra, los recursos y el poder local. Las divisiones étnicas subyacentes también se han disparado, resaltó Alemyahu Tedesse, investigador del Centro de Estudios Estratégicos.

‘Es difícil para la gente confiar en una retórica a menos que se trabaje desde la ley con miras a lograr una paz duradera para todos los etíopes, independientemente de su origen o religión’, argumentó.

‘La naturaleza étnica de nuestra política enfatizó nuestras diferencias en los últimos 27 años’, añadió. ‘Tenemos que encontrar una salida a esto si este Estado quiere permanecer intacto’.