Un complejo escenario para el diálogo en República Centroafricana

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Por Julio Morejón

La continuidad de las luchas étnicas y confesionales desangra a la República Centroafricana (RCA) pese a los esfuerzos gubernamentales y de la ONU, aunque el inicio de las negociaciones abre una nueva perspectiva.

Este es uno de los países más pobres del continente y aunque fue objeto de varios proyectos dirigidos a aplicar un proceso de paz, ideal de la Unión Africana (UA) y de las instituciones que operan en la región central, ese anhelo no se consolida y sus consecuencias gravitan sobre la población.

No obstante, existe el interés de cambiar el panorama en esa nación para lo cual se iniciaron conversaciones entre el Gobierno y los grupos armados insurgentes con la mediación del presidente sudanés, Omar Hasán Ahmad al Bashir.

Si las negociaciones prosperan -como es interés también de la Comunidad Económica de los Estados de África Central (Ceeac)- comenzaría a forjarse una esperanza, frenada principalmente por el empoderamiento de las milicias etno-religiosas. La Misión de Paz de la ONU en República Centroafricana (Minusca) afirmó que respalda esa iniciativa de dialogar para hallar una salida al disenso que desde hace seis años abate al país, donde las tensiones persisten.

Centroafricana se halla en medio de un complejo proceso de conversión desde que en 2013 los rebeldes Seleká -mayormente musulmanes- derrocaron al presidente Francoise Bozizé, lo cual desató la violencia sectaria contra facciones de la población cristiana o practicantes de los cultos tradicionales.

ANTECEDENTES Los estudios sobre la RCA coinciden que desde el logro de la independencia de la metrópolis francesa en 1960 hasta la actualidad, las tensiones políticas caracterizaron en gran medida el cuadro nacional. La inestabilidad resultó en la sucesión de conspiraciones y golpes de Estado.

Aún la dictadura militar de Jean Bédel Bokassa (1966-1979) se identifica como la peor sufrida allí. En ese período el gobernante se declaró emperador (Bokassa I), pero para llegar hasta ese extremo en 1966 derrocó a su primo, el primer presidente de la post-independencia, David Dacko.

En octubre de 1976, el gobernante se convirtió al Islam y pasó a nombrarse Salah Eddine Ahmed Bokassa, todo eso como parte de una táctica para asegurar la ayuda económica que le prometía Libia, así como reforzar su mando con la implantación de una monarquía constitucional. En diciembre el país adoptó el estatus de imperio.

Un golpe de Estado que contó con la connivencia del expresidente Dacko y el respaldo galo, puso fin al imperio centroafricano de Bokassa I, a quien se acusó de asesinato, canibalismo y malversación de los fondos del Estado. Condenado a muerte primero y luego a cadena perpetua se marchó a Costa de Marfil, donde murió en 1987.

Tras la monarquía, Dacko recuperó la jefatura del país, restableció la República y gobernó hasta 1981, cuando lo derribó el general André-Dieudonné Kolingba; a este le sucedió en 1993 Ange Felix Patassé, quien cumplió dos mandatos presidenciales y en 2003 cayó por el golpe de Estado de Francois Bozizé.

Toda esa trayectoria confirma el desequilibrio institucional sufrido por la RCA, que en 2013 fue escenario de una de sus mayores crisis políticas y durante la cual se deterioraron todos los índices de la gobernabilidad. El caos se enseñoreó en el país bajo el control de la milicia Seleká (alianza en lengua sango).

El sucesor presidencial fue Michel Am-Nondokro Djotodia, político respaldado por la citada facción de confesión islámica, con la cual después entró en pugna por rechazar desarmarse y por sus agresiones contra la población cristiana, la cual reaccionó con la creación de las milicias anti-Balaka (anti-machete en sango).

Los anti-Balaka derrocaron a Djotodia, lograron controlar el país y todavía en un ámbito de tensiones se integró un consejo de transición encabezado por Catherine Samba-Panza, a la que sucedió en 2016 Faustin-Archange Touadéra tras un proceso electoral, pero la violencia persiste.

¿COMPARTIR EL PODER? 

Según los analistas Jordi Calvo Rufanges y Josep Maria Royo Aspa, lo que ocurre en la RCA es ‘una confrontación entre élites políticas que compiten por el poder y la población del país en su conjunto, que se ha visto excluida, y entre varios países de la región, como Chad, Sudán y Libia (…)’, en la disputa para extender sus influencias en la región.

El persistente conflicto, el terror y las prácticas para-genocidas perpetradas por los contrincantes generan el temor internacional de asistir a un proceso criminal e inhumano como el ocurrido durante la primavera de 1994 en Ruanda, que causó entre 800 mil y un millón de muertos.

Evitar una catástrofe similar en otro país del continente es un deber moral, de ahí lo favorable de las negociaciones previstas en Jartum, la capital sudanesa, cuyo solo anuncio, de hecho, constituye un paso constructivo tanto para la República Centroafricana como para toda la región ecuatorial.

Es casi inevitable que las negociaciones entre el gobierno y la insurgencia aborden el tema de intercambiar concesiones y entre esas deberá ocupar un lugar importante el desarme de los grupos armados irregulares, así como el asunto de la reconciliación nacional.

Además están los sensibles aspectos humanitarios, que comienzan por la situación de los desplazados y refugiados; el reforzamiento de las estructuras de salud y de los mecanismos de urgencia alimentaria, así como otros componentes vitales de la agenda económica y social.

En otras ocasiones se llegó a crear condiciones para un entendimiento, que de lograrse plenamente, podría avanzar en un positivo proceso de reinserción social, lo cual conduciría a un mejoramiento en las relaciones entre las comunidades de la RCA, pero nada fructificó y por eso ahora se añoran mejores resultados.

Se constatan muchos problemas pendientes por resolver en las negociaciones bilaterales, en cuyo ambiente no se descarta que también resuenen las demandas políticas de una redistribución de las cuotas de poder, quizás un nudo gordiano en la madeja centroafricana.