Sudán del Sur: otro año perdido

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Por Julio Morejón
Un año más -el cuarto- concluyó en Sudán del Sur, sin que se perciba la posibilidad de concretar totalmente la paz, por el contrario cada vez la guerra es más intensa, aunque con acciones aisladas.

Cierra el 2017 con un encarnizado debate político entre los seguidores del presidente, Salva Kirr, y su contrincante el exvicepresidente Riak Machar, aún fuera del país. En este caso se reconoce que la disputa ideológica también incluye una abigarrada combinación de problemas étnicos.

Esta guerra en territorio sur sudanés, que se desató en diciembre de 2013, se relaciona directamente con los intereses de las facciones que participaron como Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLM) en la contienda contra el gobierno de Jartum.

En el 2005 los rebeldes y el gobierno de Omar Hassán al Bashir firmaron el Acuerdo General de Paz, cuyo desarrollo contemplaba la realización de un referendo independentista, el cual condujo en 2011 a la separación de Sudán del Sur, hoy el país más joven de África.

Dos años después -en 2013- estalló la confrontación armada en la élite del poder, luego de que Kiir acusó a su exvicepresidente de intentar derrocarlo mediante un golpe de Estado con una conspiración militar, lo cual al principio rechazó Machar, pero luego la vida le dio la razón al mandatario.

Uno de los ejes fundamentales del asunto es que en la base del disenso está el hecho de quién debe explotar la riqueza petrolera sur sudanesa: ¿un grupo determinado aliado al gobierno? O ¿uno mixto que se divida las ganancias? …de ser este último a qué etnia debe dar prioridad: ¿a la dinka, de Kiir o a la nuer, de Machar?

Y ese último es un punto muy controvertido que se arrastró durante los últimos 12 meses, en los cuales aumentaron tanto las críticas al SPLM, como las facciones armadas descontentas con la distribución de las cuotas de poder, aunque el gobierno hizo lo posible para arreglar el entuerto.

En este año se registraron importantes deserciones, que, sin embargo los protagonistas no siempre engrosaron la nómina de Machar, sino que se distanciaron de Kiir para formar sus propias cuadrillas, algunas más reacias que otras en respetar al gobernante.

‘En el último año se han formado seis nuevos grupos armados en el país, algunos de ellos capitaneados por militares que abandonaron las filas del Ejército’, precisaron los medios de prensa a raíz de la reciente defección registrada, la del coronel Zacharia Monyjiek Pagout.

Esa figura anunció la formación de un grupo armado, el Movimiento de la Liberación de Sudán del Sur para derrocar al presidente Kiir.

Entre las nuevas agrupaciones están el Frente de Salvación Nacional, creado en marzo pasado por el exalto oficial del Ejército Thomas Cirilo, y el Frente Popular para la Reforma Democrática, del exdiputado Abraham Majak Maliab.

Este año que concluye, el país intentó en ocasiones romper el marasmo y echar a andar la explotación petrolera, que constituye alrededor del 90 por ciento de sus exportaciones, y cuyas ganancias debe compartir con el vecino Sudán, que posee las refinerías y la rada adecuada para su embarques al exterior.

El conflicto armado provoca que el país pierda los principales y necesarios ingresos generados por la producción del hidrocarburo, lo cual colocó a su débil economía al borde del colapso.

En Sudán del Sur, donde la producción de petróleo llegó alcanzar los 350 mil barriles diarios, la extracción de crudo se desplomó hasta los 130 mil barriles debido a la guerra y por la caída del precio en los mercados internacionales, según informó el Gobierno en abril pasado.

Otros estimados plantean que desde que comenzó la guerra la producción petrolera descendió alrededor de un 30 por ciento, y algunos afirman que el nivel de pérdida globales es de un 20 por ciento. De todas formas esas estadísticas muestran una grave afectación económica, lo cual impacta severamente en el ámbito social.

El año 2017 atestiguó la penuria de más de dos millones de sursudaneses convertidos en desplazados en el país y fuera de este, una inminente amenaza de hambruna, por la desatención a los sembradíos y la escasez de suministros alimentarios, así como por la subida de esos precios, lo cual los hace inaccesible a gran parre de los ciudadanos.

En ese Estado, el más joven de África, el 45 por ciento de la población tiene menos de 14 años, lo que indica la dimensión de la masa más susceptible de ser víctima de la bancarrota del Estado, a lo cual empujó la ya extensa e intensa contienda bélica.

‘La situación es catastrófica y los niños siguen siendo los más afectados por la crisis y por el colapso de los servicios esenciales’, explica el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), y añade que la mayoría de ellos continúa sin acceso a sanidad y más de un millón sufren desnutrición aguda y 290 mil la padecen en su forma más grave. Por cierto, el próximo año, Sudán del Sur continuará siendo uno de los lugares en riesgo de hambruna, indica el informe: ‘Perspectiva general humanitaria: un análisis de las crisis clave en 2018’, un texto de The Assessment Capacities Project. (Acaps/Proyecto de Capacidades de Evaluación) un grupo de trabajo académico y de investigaciones que labora para organizaciones humanitarias sin fines de lucro en Ginebra, Suiza.

Para todos esos ciudadanos sursudaneses sometidos a la inseguridad, el que declina fue otro año perdido.