Sudán del Sur: El hedor del fracaso

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Salva Kiir et Riek MacharPor Julio Morejón

Una ojeada a la actualidad política en África, corrobora que la guerra en Sudán del Sur tiende a entrar en un período más dramático, de fallar en lo inmediato las presiones internacionales y las sanciones.

Ese conflicto porta elementos -como el discurso populista étnico y el reclutamiento forzoso infantil- que lo complican y a esta altura se pronostica una terrible catástrofe, muy superior a lo que ya se califica de tragedia en el Estado nacido en 2011, por lo que es el más joven del continente.

Se trata de la polarización sectaria de las fuerzas que participan en el conflicto, sobre la rudimentaria base de la comunidad (étnica), que conlleva a un encarnizamiento de las acciones en el teatro de operaciones y a un criminal desvío en la consolidación nacional, en un país cuyas instituciones están por madurar.

La contienda posee un componente indisolublemente unido al interés hegemónico de una élite sobre las restantes en la batalla por el poder, que en este caso coloca a los losdinka -del presidente Salva Kiir- contra los de la comunidad nuer -del ex vicepresidente y jefe de los sublevados, ReikMashar.

Si por una parte se afirma que las desavenencias entre Kiir y Mashar se enlazan con la posesión y explotación de los recursos petroleros del país, sus contradicciones se remiten a la guerra librada por el Movimiento Popular de Liberación de Sudán (MPLS) contra Jartum durante casi 20 años (1983-2005).

Esa sangrienta etapa causó aproximadamente un millón 900 mil muertos en el sur del país, la mayoría civiles, y más de cuatro millones de desplazados, por lo cual se considera que fue una de las contiendas más cruentas de las últimas décadas y durante la cual para vencer el MPLS estableció alianzas tácticas, que luego se rompieron.

La guerra se desató cuando el gobierno central encabezado por el presidente Gafar el Numeiry (1969-1984) trató de islamizar caprichosamente a la región meridional del país, una región de mayoría confesional cristiana y de cultos tradicionales africanos.

Sudán sufrió 17 años de combates de 1955 a 1972 a los que continuaron disputas de diversa índole, entre la población del norteña árabe y musulmana, contra la sureña animista, nilótica, cristiana y negra, contradicciones que desembocaron en la Segunda Guerra Civil Sudanesa (1983-2005).

Fue en esta última contienda en la que se establecieron compromisos entre los componentes políticos de las comunidades mayoritarias: los dinka y los nuer, con el propósito de crear alianzas que les ayudaran a forzar al gobierno sudanés a sentarse a negociar con la guerrilla del MPLS, y aceptar su demandada emancipación del sur.

Para lograr esa unión táctica, el Movimiento debió conceder cuotas de poder a sus similares, aunque no compartiera totalmente sus ideales. Eso podía conducir por dos caminos, uno romper toda tendencia al etnicismo en cuestiones de política y el otro, por el contrario, llevaría a reforzar ese sectarimo.

A tono con eso, cuando en el 2005 se llega a la paz entre el Movimiento y el gobierno de Sudán, la guerrilla aun no está preparada para enfrentar la nueva etapa, que en 2011 condujo a la independencia y a la creación de Sudán del Sur. En el interior de la estructura estatal se evidenciaban los defectos de la inmadurez.

POLVOS Y LODOS

El asunto sursudanés es una revancha con la historia, en la cual los hombres fuertes enfrentados -paradójicamente- se asociaron a un mismo grupo, que tras la partición territorial de 2011 asumió el poder en Sudán del Sur. La diferencia es que Kiir fue siempre del MPLS, y Mashar se movió en varias direcciones hasta retornar en 2002.

JokMadutJok, que fue del Ministerio de Cultura en 2011, señalaba cuatro inconvenientes que sufría el país: problemas con las fuerzas armadas y su disciplina, débil sociedad civil, inseguridad y dificultad con la unidad política del país tras el referendo por la independencia, y en ese sentido temía por el futuro del Estado.

En 2013, el presidente Salva Kiir, destituyó de su cargo al hasta entonces vicepresidente ReikMashar, las contradicciones se ahondaron y entre ellas sobresalieron las fracturas presentes en la unidad nacional, ambos políticos acudieron -como era lógico- al grupo humano que les apoyaba.

La guerra se intoxicó de sobremanera con la participación de las «comunidades rivales», sólo por ser precisamente «comunidades rivales», cuando el aval ideológico que acompaña a ese tipo de evento se difuminó al parecer sólo quedó el elemento étnico como única pieza de valor y legitimidad.

En diciembre de 2013 ocurrió la sublevación de un grupo de integrantes de la guardia presidencial, que no consiguió el respaldo de todo el ejército -aquel procedente de la guerrilla- para cambiar el orden de las cosas, un proceso al que el gobierno calificó como intento fallido de golpe de Estado.

Asimismo, las autoridades comandadas por Kiir, además de acusar a Mashar de estar detrás de la conspiración, indicaron que otros componentes del partido MPLS participaban en la conjura, la cual parecía disuelta, pero que en realidad se estaba proyectando hacia un nivel superior, como se observó en los 16 meses siguientes.

Muchos nacionales no tienen confianza en el ex vicepresidente Mashar, a quien relacionan con la masacre Bor de 1991, en la cual perecieron dos mil personas, así como recuerdan que en 1967 el se decidió a hacer la paz con Jartum y por eso recibió el apoyo de las autoridades norteñas.

Pero está claro como afirma en su ensayo de historia africana Luis César Bou: «Todo etnocentrismo tiene una racionalidad económica que, en última instancia, lo justifica y sostiene» y en este caso se vincula con un combustible por excelencia.

PETRûLEO ENSANGRENTADO

Ante la interrogante sobre si se logrará la paz en Sudán del Sur la respuesta más adecuada sería el silencio, pero callar no es suficiente cuando se reitera lo evidente: el territorio sursudanés es escenario de una lucha por el poder político, disputa que transparenta un tema económico, la posesión del petróleo y su comercialización.

La agudización de las rivalidades respecto al hidrocarburo, lanzó a la crisis la estabilidad del país, cuyo 98 por ciento de sus ingresos proviene de la extracción y venta del oro negro.

Según estimados, Sudán del Sur produce unos 250 mil barriles/diarios del crudo, cifra que representa un 57 por ciento de lo que ese territorio bombeaba antes de su independencia hace cuatro años, merma que -en términos políticos- debilita la capacidad operativa del gobierno y en especial al liderazgo de Kiir.

Del 2005, año en que el Movimiento selló la paz con Jartum, hasta el 2012, cuando el país dejó de producir petróleo por una disputa con Sudán, Juba ganó más de 10 mil millones de dólares con sus exportaciones petroleras, conforme con expertos del Banco Mundial.

La mayor parte de las concesiones del crudo en Sudán previo a 2011 las tenía la República Popular China, ahora con grandes inversiones en ese sector sursudanés, de donde en 2012 ya importaba más de un millón de toneladas métricas.

Hace exactamente un año, la embajadora de Estados Unidos en Juba, Susan Page, declaró el interés de Washington por el petróleo sursudanés. Años antes de la partición de Sudán, las empresas estadounidenses de hidrocarburos fueron en gran medida marginadas de la producción y distribución del combustible fósil.

Cuando en 2011 se estableció la nueva autoridad en Sudán del Sur su estructura de mando era la siguiente: presidente Salva Kiir, quien pasó a encabezar el MPLS tras morir en un accidente aéreo en 2005 su fundador, JonhGarang, y ReikMashar fue el vicepresidente del nuevo Estado.

Dos años después, en julio del 2013, Kiir destituyó a Mashar, y le acusó de fraguar un golpe armado para establecer un nuevo gobierno. En diciembre de ese año, las alegaciones del mandatario se fundamentaron con el alzamiento de los efectivos de la guardia presidencial… y ese fue el fin de la convivencia.

Desde entonces fallaron todos los intentos por reparar lo ocurrido en esta historia plagada de desconexiones y desequilibrios, en la cual todas las vías de entendimiento paulatinamente se cercenaron mientras que el auditorio africano presagia una nueva escalada de violencia en ese país.