Somalia, un cuarto de siglo sin Siad Barre… y sin paz

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Mohamed Siad BarrePor Antonio Paneque Brizuela

Somalia cumplió este enero 25 años de caos, desgobierno, crisis y guerras intestinas, que proliferaron tras el derrocamiento en 1991 del presidente Mohamed Siad Barre, aunque el país más oriental de África ya avanzaba sin remedio hacia ese destino.

Contradicciones y divisiones sociales y territoriales a partir de arraigadas tradiciones históricas, incidieron en la política y en la gobernabilidad antes y después de ese mandatario, así como persisten hoy en una nación en la que, por encima de la familia, la célula social básica es el clan.

Ese entorno de rivalidades, agravado desde la década de 1980 por la exigencia de una mayor autonomía por parte de los clanes, en especial en regiones norteñas del país que antes integraron la Somalia Británica, fue determinante para el derrocamiento de Siad Barre.

Aquel momento tuvo como antecedente el envío de tropas por el Presidente para controlar a grupos presuntamente independentistas, mediante una fuerte represión que careció de resultados y, por el contrario, derivó en el derrocamiento del mandatario a manos de dos alianzas guerrilleras que tomaron Mogadiscio, la capital.

La defenestración de Siad Barre agravó la desunión y el caos tanto social como gubernamental, porque dio al traste no solo con el ejecutivo, sino también con la integridad de Somalia como Estado, al desmembrarse su territorio en diferentes sectores controlados por líderes de clanes.

Esa crisis interna exacerbó el chovinismo y originó un elemento nuevo de división territorial: la constitución de repúblicas autónomas sin legítimo reconocimiento internacional, como es el caso de la actual Somalilandia, territorio autónomo de relativa estabilidad, pero sin aceptación por la ONU.

ANTÍPODAS DE SIAD BARRE: MOSCÚ Y WASHINGTON

Nacido de padre nómada, Mohamed Siad Barre (Somalia, 1919-Nigeria, 1995), fue un genuino representante de esas tendencias chovinistas territoriales que tal vez sirvieran de asiento al mimetismo político con se movió en los años 80 entre dos antípodas: la prosocialista y la prooccidental.

La junta militar liderada por aquel expolicía, exinspector y exsoldado que solo cursó estudios básicos, asumió el poder en octubre de 1969 tras un levantamiento contra el presidente, Sheikh Mukhtar Mohamed Hussein, y asumió el socialismo como teoría, «adaptada a las necesidades del país», según sus defensores.

Con la aplicación de algunos fundamentos tomados, acorde con algunos teóricos, del modelo maoísta aplicado en aquellos tiempos en la República Popular China, el naciente gobierno de Siad Barre comenzó a instrumentar medidas de corte marxista.

Entre esas últimas figuraron la nacionalización de industrias, bancos y empresas privadas; el fomento de granjas cooperativas, el trabajo voluntario en la agricultura, la construcción social; y la alfabetización con el cierre de escuelas secundarias para que sus alumnos instruyeran a compatriotas nómadas de zonas rurales.

Siad Barre también prohibió el «clanismo», aunque la vida se encargaría de demostrar que con poco éxito; impuso la obediencia a las nuevas autoridades; y sus especialistas presentaron una nueva escritura del idioma somalí para promocionar y difundir el nuevo lenguaje ideológico, métodos y mensajes de la naciente revolución.

El gobernante se empecinó en que su versión del socialismo científico era compatible con los principios del Corán, libro sagrado del Islam, y condenó con fuerza el ateísmo.

SOMALIA INVADE A ETIOPÍA Y PIERDE LA GUERRA

La proyección internacional de Somalia alternó entre dos períodos bien definidos dentro de los 22 años de poder de Mohamed Siad Barre (1969-1991): el acercamiento a la entonces Unión Soviética (URSS), que lo apoyó hasta 1987, y, a partir de esa fecha, a Estados Unidos, que ese mismo año lo respaldó en una invasión contra Etiopía.

Muchos criticaron al jefe de Estado aquella guerra expansionista que develó una especie de doble cara del estadista, al violar la soberanía de un vecino muy cercano y liderado por gobernantes correligionarios en los fueros socialistas que durante cierto tiempo acercaron a ambos países a la entonces URSS.

La guerra contra Etiopía (1977-1988) concluyó con la derrota de los invasores y también con la frustración de los intereses hegemónicos de Washington basados en la posición geográfica estratégica de Somalia por su ubicación a la entrada oriental del mar Rojo.

Aquella etapa de beligerancia antietíope por territorios del limítrofe desierto de Ogadén y sus presuntos yacimientos energéticos, repudiada por gobiernos y organismos internacionales como la ONU y la entonces Organización de la Unidad Africana (OUA), tuvo también sus bases en la historia de un pueblo reconocido como buen guerrero.

AL SHABAB, LA NUEVA CONTIENDA

El derrocamiento de Siad Barre en 1991 fue precedido por una gran sequía que agravó la ya difícil crisis económica y atizó el fuego de las rivalidades entre clanes, los cuales emprendieron cruentas contiendas civiles hasta llegar a la actual entre la organización Al Shabab y el gobierno, apoyado por tropas panafricanas.

Esa agrupación, surgida como ala radical joven de la extinta Unión de las Cortes Islámicas, que controlaba Mogadiscio antes de ser expulsada de allí en 2006, centralizó la actividad militar de los llamados señores de la guerra, que profesan el Islam en un país donde el 95 por ciento de la población practica esa religión.

Numerosos territorios fueron controlados por esas facciones de diversos clanes y sustentadas por el Derecho consuetudinario (usos o costumbres, fuentes del derecho institucional), en un país donde reina la anarquía, sin un gobierno efectivo elegido en comicios y desde hace tiempo reconocido por expertos como Estado fallido.

Al Shabab, principal elemento opositor del casus belli somalí, con acciones irregulares, atentados, secuestros y otras consideradas «terroristas» por la comunidad internacional, opera también en Kenya en represalia a que desde 2011 el Ejército de ese país combate a las milicias de Al Shabab en territorio somalí.

Las tropas ubicadas en Somalia por Nairobi representan una buena parte de los alrededor de 22 mil efectivos que integran la Misión de la Unión Africana (Amisom) en ese territorio, junto a las de países como Uganda, Etiopía, Burundi y Djibouti.

Con una fuerza estimada en unos siete mil integrantes, Al Shabab, considerada desde 2008 como una de las organizaciones extremistas islámicas más activas en África, sostiene desde hace 24 años una lucha contra el gobierno, que acumula ya más de un millón de desplazados, muchos de ellos emigrados hacia Estados vecinos.

El diferendo empeora cada día la miseria de su población de 10 millones 875 mil habitantes, según algunos organismos una de las dos más depauperadas del mundo junto a otras como la de Haití, sobre todo a causa de lo que califica desde 2011 como la peor sequía en los últimos 60 años.

Poco o nada puede significar al respecto el seguimiento que ejercen organismos como la ONU, la Unión Africana y gobiernos como el de Estados Unidos sobre un territorio, que, en la práctica, parece estar desprotegido y abandonado por todos (algunos dicen que «hasta por Dios»).

El actual gobierno federal, designado «de dedo», es liderado por el presidente Hassán Sheikh Mohamud y el primer ministro Omar Abdirashid Ali Sharmarke, y cuenta con la ayuda occidental encabezada por Estados Unidos, que realiza aislados ataques con drones y tropas superentrenadas.

Washington, que desde hace mucho tiene a Somalia entre sus potenciales «candidatos» para una intervención militar, junto a Siria, Irán, Sudán y Libia, limita allí su presencia física a ese tipo de acción a distancia.

Mediante operaciones sorpresivas ejecutadas por naves de última generación y los elitistas comandos SEALs (mar, aire y tierra), quizás el gobierno estadounidense actúa así por aquello de evitar, al menos por el momento, una derrota como la que obligó al Pentágono en 1993 a retirar sus tropas del empobrecido país africano.

*Periodista de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.