Recuperación institucional en Costa de Marfil

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consulado-de-costa-de-marfil-escudoPor Julio Morejón *

Con la realización de las elecciones presidenciales el 25 de octubre pasado, Costa de Marfil disipó toda duda africana de su recuperación institucional, afectada por una grave crisis política en 2010.

El principal productor de cacao del mundo y cuyos resultados económicos generales son significativos, pudo demostrar madurez y consistencia, luego de ser el foco de atención en la región hace cinco años por los disturbios postelectorales que enfrentaron a partidarios de Laurent Gbagbo y de Alassanne Dramane Ouattara, actual mandatario.

En aquella etapa, tras un tenso y complicado proceso electoral, Gbagbo, presidente saliente, no cedió el poder a Ouattara, cuya victoria en las urnas también era confusa; ambos escalaron riesgosamente hacia un conflicto armado a los que se sumaron otros contrincantes foráneos, las fuerzas de Naciones Unidas (Onuci) y de Francia.

Así, un comunicado oficial confirmó el 11 de abril de 2010 que el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, ordenó a sus cascos azules disparar contra las posiciones del aún mandatario Gbagbo, y esa decisión condenó a muerte las ansias del exprofesor de historia marfileño de continuar al frente del país.

Esta parte de la historia concluyó cuando la Onuci y el destacamento galo enclavado en el país africano detuvieron al gobernante saliente -actualmente sometido a un proceso judicial en la Corte Penal Internacional, en La Haya, Holanda- y dieron paso al ejercicio de mando de Ouattara.

Sin embargo, esa síntesis deja fuera antecedentes que interactuaron en aquel contexto y ayudan a comprender lo ocurrido desde mucho antes de la crisis: Laurent Gbagbo fue objeto de un intento de golpe de Estado en septiembre de 2002, lo cual generó una guerra con fuertes componentes étnicos.

Ese conflicto bélico condujo, de hecho, a una partición del país entre el norte y el sur, a la vez que se enlazaba con el estancamiento económico marfileño sufrido en los años 90, luego de un período de bonanza con el café y el cacao y a la politización oportunista de ese atasco por el capital financiero.

La guerra dejó como secuela una gran presencia de milicias y destacamentos paramilitares, incluso grupos de mercenarios extranjeros en territorio marfileño, que nunca se desarmaron y les emplearían en los enfrentamientos entre los dos contendientes en la crisis postelectoral de 2010.

Todo lo ocurrido gravitó en la percepción que tuvo el auditorio africano tras el suceso: quedó deteriorada la imagen de estabilidad -y legitimidad democrática a la usanza occidental- cosechada por Costa de Marfil desde su independencia de la metrópolis francesa en 1960.

Además, mostró que la ruptura del consenso político iba más allá del resultado de cualquier proceso electoral y de la competencia entre partidos. Esa grave fragmentación dio paso a la reticencia en cuanto a aceptar a los nuevos conductores del poder y eso afectó la construcción del Estado nacional.

Además, políticos locales y foráneos no compartieron el criterio de validez otorgado al papel desempeñado por París y por la ONU para disolver el conflicto, preferían una solución africana, pese al temor de que una politización étnica extrema de los contrincantes extendiera e incluso agravara el problema.

Si en las elecciones de 2000, cuando Gbagbo, jefe del Frente Popular de Costa de Marfil (FPCI), ganó los comicios presidenciales al general golpista Robert Guei, el discurso nacionalista y excluyente en que acusaba a su contrincante civil Alassanne Dramane Ouattara, de ser extranjero, no funcionó en la consulta de 2010.

Según Gbagbo, Ouattara tenía a sus antepasados en Burkina Faso, por lo cual no podía dirigir al Estado marfileño.

Tal formulación exasperaba al sentimiento nacionalista, pero también convocaba a un peligroso etnicismo en las relaciones políticas en la sociedad, aunque -para estudiosos- esa forma de gobernar ya estaba superada en la segunda mitad de los años 2000, tras los reordenamientos ideológicos causados por la aplicación de programas neoliberales.

En esa etapa, la imagen de tecnócrata urbano y profesional, proyectada por Ouattara, le favorecía en el plano electoral, donde ascendió desde la década de 1980, cuando fue asistente del director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) y luego en los años de 1990, como primer ministro de Costa de Marfil.

ELECCIONES PRESIDENCIALES DE 2015

El panorama político actual marfileño se diferenció esencialmente del vivido en 2010, y las elecciones presidenciales realizadas reflejaron las actuales circunstancias en que se desenvuelve el país, identificado como “islote de estabilidad en una región frágil en los planos de seguridad y humanitario”, según Rebelión.org.

“Los inversores se apelotonan en el país del presidente Ouattara, que se ha convertido en el paraíso de África occidental”, añadió ese sitio digital, y vincula el crecimiento económico del país, estimado en alrededor del nueve por ciento, con los resultados de los comicios del 25 de octubre pasado.

Según el Fondo Monetario Internacional, la economía marfileña creció cerca de un 25 por ciento en solo dos años, y eso se contempló como un aspecto muy prometedor en un proceso electoral para cuyo desarrollo Francia se comprometió ayudar con un aporte de 350 millones de euros.

No obstante, se acudió a los comicios con lastres que estuvieron a la vista del electorado; uno fue la división persistente entre el ascenso de tribus del norte marfileño a puestos principales del aparato administrativo, lo que en su momento Ouattara denominó reajuste étnico, y que objetaron los críticos.

Otro reproche es que: “Cuatro años después de su creación la Comisión Diálogo, Verdad y Reconciliación, que debía aclarar las responsabilidades en las crisis del país por medio de audiciones de las víctimas, los autores y los testigos, hasta ahora no ha dado ningún resultado”, añadió Rebelión.org.

Un tercer elemento básico se refiere a la composición social de los partidos, pues como es lógico, la pretendida afinidad ideológica de la modernidad pasa por vínculos étnicos, familiares y de clanes en este tipo de sociedad de fuerte arraigo tradicional en África occidental, pese a la influencia europea, de ahí la lealtad de sus milicias.

Esa lógica política y sus dividendos se trasladan al lenguaje popular como que: “Con Gbagbo, cuando había fiesta todo el mundo tenía derecho a un poco de champaña. En la actualidad si no eres del clan, no tendrás ni gota”, lo cual es una crítica directa a Ouattara, a quien no obstante beneficiaron los comicios presidenciales de 2015.

*Jefe de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.