La violencia terrorista desalienta en el Sahel

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Por Julio Morejón
Una peligrosa tendencia persiste en la región africana del Sahel, la multiplicación de acciones terroristas transfronterizas, debido tanto a las condiciones geográficas como sociales de ese escenario.

Esa violencia ciega ganó espacio en la zona cuando en los años 90 del pasado siglo hizo acto de presencia la unipolarización, posiblemente el proceso de reacomodo ideológico más importante desde la aparición del campo socialista tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y en el caso africano la descolonización de los años 60.

El desequilibrio en la balanza de las relaciones internacionales trajo consigo la falta de opciones progresistas para el continente atado al subdesarrollo, y a manejos económicos y políticos de sus exmetropolis, sin descontar la actuación de componentes muy reaccionarios o que sirvieron a estos en la postdescolonización.

Así el Sahel, paradigma de pobreza y de debates entre culturas tradicionales y ansias de modernidad, deviene un gran escenario sembrado de minas siempre dispuestas a explotar, pero también de caldo de cultivo para elementos notoriamente regresivos, como es el caso de las agrupaciones terroristas, que aprovechan ese enmarañado ámbito.

Un ejemplo reciente fue el ataque perpetrado en la capital de Burkina Faso, Ouagadougou, contra una cafetería el pasado 14 de agosto; ese asedio causó 18 muertos y 20 heridos, según los primeros informes emitidos ese día por las autoridades.

‘Hombres armados irrumpieron el domingo por la noche en un café de una calle céntrica de la ciudad donde se estaba celebrando un aniversario y empezaron a disparar contra los clientes que estaban en la terraza’, describieron medios de prensa, tras indicar que las víctimas eran de varias nacionalidades.

La policía aseguró que los atacantes llegaron al lugar en moto a las 21:00 horas y se escondieron dentro del restaurante turco Aziz Istanbul; cuando aparecieron los efectivos de las fuerzas de seguridad burkinabesas se desató el tiroteo, un intercambio que se extendió por cerca de cuatro horas.

Ese ataque ocurrió en la avenida Kwame N’kurumah, en el centro de la capital, la misma calle donde en enero de 2016 un grupo de terroristas abatió a 30 personas, en lo que se consideró el peor atentado de ese tipo sufrido por Burkina Faso, que ahora trata de estabilizarse y desarrolla formas de convivencia nacional y regional.

Esto crea plataformas que justifican acciones tácticas y estratégicas para mantener a la región en un estado letal de pasividad, y quien dice el Sahel también acota que puede ser parte del guión para recolonizar a África.

RIESGO TRANSFRONTERIZO

La subregión del Sahel -franja al sur del Sahara, que limita con las sabanas y selvas del golfo de Guinea y África Central y cuenta con cuatro millones de kilómetros cuadrados- requiere aplicar soluciones propias a tales desafíos a su seguridad.

Dicha subregión semidesértica, donde son altos los índices de pobreza y con ella la frustración en términos sociales, incluye partes de Mauritania, Senegal, Mali, Guinea, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Camerún, Chad y Sudán del Sur, y además es camino obligado de los flujos migratorios hacia la región norafricana camino a Europa.

Todas esas características convierten al Sahel en una zona de gran importancia para la seguridad internacional, así como para los países ricos que explotan recursos como el uranio nigerino, por solo citar un caso muy sobresaliente de aquellas fuentes de riquezas enclavadas en Estados amenazados por el terrorismo.

Otra muestra en esa subregión es el caso de Mali, un país que gozó de una relativa estabilidad hasta que los efectos de la guerra desatada contra Libia por Occidente y sus aliados impuso una realidad tensa que promovió la sublevación en el norte del país de los destacamentos armados de la comunidad tuareg.

Grupos integrantes del separatista Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA) se favorecieron con el caos en territorio libio en 2011, en el cual asesinaron a Muamar Gadafi, quien hasta entonces controlaba los arsenales que el ‘conflicto construido’ permitió que drenaran hacia el Sahel.

Los ataques terroristas contra las Fuerzas Armadas de Mali (FAMA) y la Misión de la ONU (Minusma) en ese país es en cierta medida la cosecha de una semilla enferma, que comenzó con la desarticulación de la entidad política de Libia, parte de una estrategia contrarrevolucionaria que a la larga resultó contraproducente.

El norte maliense se sublevó y en la rebelión de 2012 tuvieron su espacio los grupos extremistas de confesión islámica. El retroceso del Ejército acantonado en esa región y su posterior protagonismo en el derrocamiento del presidente Amadou Toumani Touré, se engarzan en una cronología que avivó el fuego del terrorismo transfronterizo.

Una formación tuareg fue Ansar al Dine (Defensores de la Fe), que quería aplicar rigurosamente la ley islámica en todo Mali y no sólo en la región norteña, así como otros dos grupos extremistas, mayormente compuestos por no-malienses: Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y el Movimiento por la Unidad y Jihad en África Occidental (Mujao), que se diferenciaban del MLNA.

La existencia de las llamadas ‘fronteras permeables’, en la mayoría de los casos impuestas por los intereses coloniales a finales del siglo XIX (Conferencia de Berlín 1884-1885) y respetadas tras la descolonización para evitar males mayores constituyen construcciones geográficas frágiles, incluso degradables, en el Sahel.

MISIÃ’N REGIONAL

De ahí que en la verdadera lucha contra el terrorismo en la subregión saheliana, resulte constructiva la idea de establecer un contingente con capacidad para operar en los Estados del G-5, bloque surgido en 2014 e integrado por Mali, Burkina Faso, Mauritania, Níger y Chad.

Si bien ese grupo subregional se instituyó para enfrentar los numerosos retos de esos países en materia de seguridad, lucha contra el terrorismo y por el desarrollo, aún su idea de estructurar un contingente multinacional no avanza lo suficiente, pese a contar con el respaldo de Francia.

La Unión Europea (UE) afirmó en junio pasado que dispondría de 50 millones de euros para apoyar al G-5 Sahel a tomar medidas en el reforzamiento de la seguridad y fomentar la cooperación transfronteriza, todo lo cual es un espaldarazo a la iniciativa de crear la fuerza conjunta, pero la confección de ese contingente no es tarea fácil.

Hay factores que en África son decisivos como el de lograr la unidad por encima de las divisiones étnicas y confesionales, que potenciaron y manipularon el colonialismo y el neocolonialismo, y hoy se presentan como materias de conflicto.

Otro tema sería la subvención financiera millonaria de esa fuerza conjunta en contraste con los bajos niveles de aporte al desarrollo que llega al Sahel, considerada como una rica zona hundida en la pobreza y una deprimente frustración social por los escasos dividendos que se distribuyen.

Un dilema más sería quién monitoreará la actuación de esos efectivos armados en relación con el respeto a los derechos humanos y a la posible redimensión en términos de soberanía y jurisdicción sin afectar la construcción de los Estados involucrados en el proceso, para lo cual se requiere una conciencia unificadora.

Entonces, pese a la demora mencionada habrá que esperar más, mientras las víctimas del terrorismo se preguntan: ¿hasta cuándo?