Gorée, evocación de la vergüenza

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Por Julio Morejón

La isla de Gorée, en el litoral senegalés, es un sólido testimonio del tráfico trasatlántico de esclavos entre los siglos XVI y XIX, por ser importante centro de emisión en la costa occidental africana.
Ese lugar fue convertido en baluarte de la infamia por los traficantes de seres humanos.

Por eso, algunos historiadores consideran hoy que la preservación de ese patrimonio contribuye a desterrar del corazón de los hombres tanta maldad, recordar lo sufrido y satisfacer el imperativo de reparar aquel daño. Se estima que 20 millones de africanos pasaron por la isla entre el año 1536 y 1860, apunta Ikuska.com, pero esas evaluaciones numéricas nunca serán precisas, toda vez que los propios documentos manejados para los embarques podrían estar alterados o simplemente ser falsos.

Tampoco se puede tomar como totalmente fiables todos los textos y bitácoras, pues en sus anotaciones no incluirían a esclavos muertos durante las travesías por epidemias, malos tratos, rebeliones, torturas y otros desmanes.

Tal vez lo más creíble sean los últimos reportes previos a las salidas desde el propio puerto, pero siempre serán datos aproximados.

Hay necesidad de acudir a la historia, si se pretende hacer justicia pese a los siglos, y tratar de que lo ocurrido no se repita en las nuevas condiciones -cuando parece que el incremento de flujos migratorios puede facilitar la existencia de una forma de sojuzgamiento- de ahí, la importancia de que Gorée ilustre las mentes.

La isla fue gobernada por portugueses, holandeses, ingleses y franceses, y todos se aprovecharon del tráfico de esclavos para engrandecer sus arcas en el Viejo Continente, con el empleo del llamado comercio triangular que comenzaba en Europa exportando útiles que intercambiaban en la costa occidental africana por esclavos.

El tercer lado del triángulo era cuando la carga humana llegaba a las Antillas y las Américas, donde la economía de plantación rendía dividendos en valores extraídos del trabajo esclavo, capital que retornaba a Europa hecho fortuna. Esa forma de intercambio fue esencial para el paso al capitalismo profundo en ese continente.

La huella de ese tipo de canje y sus secuelas de supeditación persisten seis siglos después de su esplendor; fue una escara que dejó profunda cicatrices: desde el desmantelamiento de la organización socioeconómica de la comunidad tradicional africana hasta la entronización del subdesarrollo…en su base está la esclavitud.

Según estudios del arte colonial, la arquitectura preservada en Gorée se caracteriza por el contraste entre las dependencias sombrías donde hacinaban a los esclavos y las elegantes casas de los traficantes, lo cual confirma el criterio malsano de saqueo de una inestimable fuerza productiva, la verdadera esencia de la trata negrera.

NEGOCIO RENTABLE 

La isla de Gorée fue descubierta por los portugueses en 1444. En 1536 se construyó allí la primera Casa de esclavos. Se calcula que desde entonces y hasta 1848, cuando los franceses abolieron la esclavitud, ese trozo de territorio senegalés, con una superficie de 17 hectáreas, ubicado a tres kilómetros de Dakar, fue la base más activa de la trata.

En ese lugar apiñaban a las víctimas en calabozos, encadenados y en espera de que les vendieran antes de desfallecer totalmente o que les sacaran para embarcarlos hacia su triste y terrible destino. Mientras aguardaban lo peor permanecían en aquella especie de almacén de vidas del que presumiblemente muchos solo salieron inertes.

La Casa estaba diseñada para facilitar la práctica esclavista: ‘tenía una sala para hombres, otra para mujeres, otra para mujeres jóvenes, otra para niños, y otra para recuperar peso’, apunta una monografía sobre la instalación y se destaca que ella se regía por normas de eficiencia para garantizar ese comercio humano.

Era de cuidado -señala- que los llantos de los niños no los escucharan sus madres, ‘para evitar que éstas sufrieran y perjudicaran su estado de salud’ y así afectaran el negocio, una lógica que marcaría las rutas divergentes del liberalismo económico aplicado a todo trance y el desconocimiento de todo derecho humano.

El abrigo, devenido almacén de cautivos, atravesó varias etapas y la actual versión de la instalación que aún permanece en pie, construida en 1776, es un museo de gran valor testimonial para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, las Ciencias y la Cultura (Unesco), que en 1978 la inscribió como Patrimonio de la Humanidad.

Hoy se considera que -tras ser un monumento de la infamia desde 1444, cuando los portugueses plantaron allí un puesto militar, y luego fue convertido en un rico depósito de esclavos, hasta la abolición de la trata- el islote y sus establecimientos concentraron una desmitificadora historia que debe avergonzar a Occidente.

En las investigaciones académicas sobresalen la crueldad y el dolor sufrido por aquellos hombres que por miles estuvieron allí en lo que denominaban ‘lugar sin retorno’.

Desde allí vieron por última vez las tierras de su continente natal y comenzaron la zaga de su tragedia en la ruta hacia el Nuevo Mundo.

Los resultados de esas pesquisas siempre dejan claro que ese territorio no fue el único que resultó un eslabón en la cadena de la trata negrera.

Otros fueron Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, y James Fort, en la del caudal del Gambia-, pero Gorée sintetiza centurias de afrenta.

Aunque la esclavitud se practicaba entre los propios africanos antes del siglo XV, en muchos casos con criterio de ‘valor de uso’ del cautivo, con los europeos se convirtió en una empresa organizada, sistematizada y lucrativa de la época preindustrial, según señala el historiador Herbert Klein en The atlantic trade slave (El mercado Atlántico de esclavos).

Este trasiego mercantil -apunta Klein- demandaba licencias, preparación, avituallamiento de embarcaciones, tener en cuenta el comportamiento de las tripulaciones, las gestiones de agentes en tierra para la captura y venta de la mercancía, y hasta de médicos para certificar la salud de las víctimas.

Era un engranaje previo al trasladado de esos hombres, niños y mujeres a puertos de África occidental.

Gorée no fue caso excepcional, e incluso podría ser que su tráfico fuera menor que el de otros puertos, pero es evidente que desempeñó un papel clave en los mecanismos de enriquecimiento que llevaron a estadios superiores de desarrollo a las actuales potencias occidentales y empobrecieron a África, un estigma inolvidable.