En Malawi ser vampiro cuesta la vida

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El sur de Malawi es escenario de una persecución inédita desde la edad media: los pobladores cazan a personas acusadas de vampirismo y de aterrorizar la zona con sus colmillos salientes y sus facultades sobrehumanas.

Aunque pueda parecer un rumor basado apuntalado por la ignorancia oscurantista, en realidad no lo es, porque las autoridades se han visto obligadas a declarar el toque de queda y a la Organización de las Naciones Unidas a evacuar a sus trabajadores en previsión de actos de vandalismo.

La medida incluye las restricciones de movimiento después de la caída de la noche, etapa del día preferida por los discípulos del conde Drácula, ese villano en Occidente y héroe en Rumania que, al decir de la leyenda, no resisten la luz solar porque les cuesta la vida.

El tema es tan serio que medios policiales reportaron que por lo menos seis personas han sido asesinadas bajo la acusación de que ‘aterrorizaban a la población’ y el presidente malaui, Peter Mutharika, advirtió que abrirá una investigación en profundidad.

Mutharika llamó a la cordura y pidió a los residentes de los distritos de Chiladzulu, Thyolo, Phalombe, Mulanje y Nsanje, escogidos por los alegados vampiros para sus correrías, que se abstengan de tomar la justicia en sus manos.

En paralelo, grupos especiales de la Policía fueron movilizados hacia el área para explicar a los residentes que las afirmaciones sobre la existencia de vampiros carecen de fundamento, tarea cuesta arriba pues la vida demuestra que cuando alguien quiere creer algo, es difícil persuadirlo de lo contrario.

La histeria colectiva sobre la presencia de dráculas autóctonos solo ha servido para aliviar las presiones sobre los albinos y ancianos de los que se sospecha que practican ritos esotéricos, muchas veces basadas en el aspecto físico de los presuntos aprendices de brujo.