El macabro legado de la Conferencia de Berlín

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africa1913Por Julio Morejón

En la actualidad es cruel conceptualizar de maldita a una situación geopolítica, como fácilmente podría dictaminarse en el siglo XIX, cuando las potencias europeas partiendo de sus intereses económicos trocearon a África (1884-1885).

Quizás el daño más profundo y permanente legado por la Conferencia de Berlín, de la que el emperador belga Leopoldo II salió como el gran beneficiado con la posesión del Congo, resultó precisamente la abominación de que a distancia el monarca rigiera los asuntos del presumiblemente territorio más rico del continente.

Tal forma de tutelaje no sólo prevalecería, sino que también se extendería como metástasis en las relaciones entre las dos partes. Como persistía la disparidad implantada tres centurias antes, se trataba de legitimar un modelo de relaciones basadas en el saqueo: Occidente ponía la daga y África el corazón.

El evento colonial, realizado en la capital germana del II Reich, es clave para comprender la historia de depredaciones que marcó todo el siglo XX y es un modelo que de alguna manera aún actúa, unas veces en forma totalmente descarnada y otras más camufladas.

A la Conferencia -citada por Francia y Gran Bretaña-, y organizada por el Canciller de Alemania Otto Von Bismarck entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885, asistieron además representantes de Bélgica, Dinamarca, Austria-Hungría, España, Estados Unidos, Portugal, Holanda, Rusia, Suecia y Turquía.

La complejidad de la colonización en la cuenca del Congo generó la convocatoria de ese encuentro entre las grandes potencias, en su totalidad europeas, y en el que se determinó la existencia de un denominado Estado Libre del Congo â�»en realidad controlado por los belgas y administrado como una finca por Leopoldo II.

Esa manera de gestionar fue reprochada desde años antes: en una carta abierta el coronel geólogo estadounidense O. W. Williams en 1890, criticaba los trucos europeos para engañar a los africanos y si esas artimañas no resultaban, «unas cuantas cajas de ginebra y Vuestra Majestad se ha convertido en el dueño de aldeas enteras».

El argumento de la reunión fue resolver los problemas de la expansión colonial en África y repartir esta amparados por un derecho de rapiña, que preservara sus relaciones de futuros conflictos y los bienes de las principales metrópolis, ese diseño perduraría con fuerza hasta la emergencia de los movimientos independentistas y más.

No obstante, el siglo XIX dejó sentadas las bases del salto hacia la fase superior del colonialismo. Poco antes de concluir ese estigma concurrían en el continente estructuras precapitalistas, aunque amalgamadas con atavismos del período esclavista y relaciones feudales poco más avanzadas, pero deformes e inconclusas.

La ocupación europea efectiva de África, se evidenció con la aparición de zonas de influencia de las potencias que competían en el reparto territorial, y en aquel entonces se firmaron tratados de amistad y/o protección con los jefes de tribus, lo cual posibilitaba al colonizador controlar inmensas y muy ricas regiones.

Pero las ambiciones entre las metrópolis -como a mediano plazo demostró la historia con la guerra mundial de 1914- no cedían en un proceso fortalecimiento permanente de sus manifestaciones capitalistas (o imperialistas) internas, así tropas francesas y británicas chocaron en el escenario sudanés de Fashoda, donde Londres se impuso.

«Antes de 1902, el 90 por ciento de toda la tierra que compone África estaba bajo control europeo. La parte grande de Sahara era francés, mientras que después de calmar de rebelión de Mahdi y concluida la Crisis de Fashoda, el Sudán permanecía firmemente bajo el (mando) británico-egipcio común», resumió el sitio digital worldlingo.com.

«La ocupación europea fue extraordinariamente rápida. En 1879, el 90 por ciento del territorio todavía estaba gobernado por africanos. La proporción se invertía en 1900. Y en 1914 las consecuencias de la ocupación alcanzaban ya a la mayoría de los africanos», apuntó un artículo de Louis Valentin Mballa sobre el Estado-Nación en la zona.

TRAS LA REBATIÑA

En el análisis histórico sobre África, la Conferencia de Berlín constituye una frontera entre dos períodos, pues si bien una relación bilateral existía desde el siglo XV, la aventura colonial a partir del XIX portará matices que anuncian cambios en ese vínculo económico, político y social, solo para beneficio de Occidente.

Aunque esa reunión de metrópolis no significó de hecho el inicio de un proceso, si ahondó las diferencias sembradas por esas potencias y que causaron sustanciales divisiones entre los pueblos del continente, donde impedirían el desarrollo armónico de sus estructuras con las cuales se podrían fomentar poderosos Estados.

Para muchos estudiosos, la trata esclava estableció un modo de hacer con respecto a África, en el cual dominar al sojuzgado significó retirarle toda opción de ser totalmente libre y obligarlo a actuar para beneficio monetario del esclavista y para mantener esa explotación no importaba aniquilar pueblos ni destruir íconos tradicionales.

El profesor Mbuyi Kabunda opina que «a la destrucción de las capacidades productivas africanas, iniciada por la trata de negros sucedió el estancamiento, incluso el retroceso a consecuencia de la penetración capitalista colonial, sin ninguna preocupación de inversión local y animado exclusivamente por el espíritu de lucro».

Todo eso se movía en una sola dirección: «la búsqueda de materias primas y mercados para los productos europeos», añade el intelectual congoleño.

Tras la conquista, la subsiguiente etapa histórica, el colonialismo, para emplear un término del intelectual guyanés Walter Rodney, «trituró» las formaciones preestatales existentes en el contexto de la tradición continental, y aunque los lazos sanguíneos no perecieron ante esa embestida la forma imponerse si llegó a afectarla.

Un simple razonamiento explica un poco la formulación anterior, un resultado inmediato de la Conferencia de Berlín fue la distribución geográfica arbitraria de África, cuando sobre mapas se marcaron los límites de las zonas de interés, sin tener en cuenta la coherencia de un territorio habitado históricamente por cualquier comunidad.

Así se dividieron familias y propiedades, a la vez que se le implantaron nuevos estatus de ciudadanos, así como diversas legislaciones y dinámicas de vida ajenas. Esa desnaturalización artificial todavía resurge en la trayectoria de la región y constituyen heridas difíciles de cicatrizar.

Con eventos como la Conferencia de Berlín y mucho después con las acciones postcoloniales, que mantuvieron en el cepo hasta las independencias africanas (1960-1975-1990-2011), condenaron al continente al subdesarrollo y causaron graves problemas a su integración, aunque hoy este los enfrenta con optimismo.

Esa valiente actitud continental se centra en su voluntad de aceptar, para consolidar la paz y la estabilidad defendidas por la Unión Africana, las fronteras heredadas de aquel hecho colonial del siglo XIX.

Pero 130 años después, aún predomina el principio de sojuzgar. La psicología de la Conferencia de Berlín aún opera como mecanismo político-económico-social contra el continente. La desigualdad en sus relaciones continúa entronizada junto con el silencio cómplice, mientras las denuncias parecen ahogarse en el maremágnum mediático.