Cuando las escuelas se usan como cuarteles

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Armas abandonadasPor Bede Sheppard

La sorpresa se transformó en confusión, y luego en horror, cuando los niños y niñas de la escuela primaria de Kiata,  en República Democrática del Congo (RDC), se dieron cuenta de que los soldados que habían visto al pie de la colina se dirigían hacia el centro educativo y sus ocupantes.

Cuando los combatientes llegaron a la escuela en el este del país africano, los alumnos se dispersaron en todas las direcciones, por miedo a lo que podrían hacerles los hombres armados.

Aquellos que no lograron huir antes de que los soldados llegaran fueron capturados, golpeados y obligados a ayudar mientras los ocupantes convertían la escuela en su base temporal.

Los uniformados obligaron a los niños a buscar agua, robar comida de las granjas cercanas y hacer leña de sus pupitres. Cuando uno de los alumnos capturados se negó a obedecer, un soldado lo hirió en el brazo con un cuchillo. Si las niñas mayores se resistían a los avances de los militares, estos rasgaban su ropa, le contó un estudiante a un colega de HRW.

La captura de la escuela primaria de Kiata a finales de 2012 figura en un nuevo informe de HRW, que documenta el uso indebido y demasiado frecuente de las escuelas por parte del ejército congoleño y de varios grupos armados en las zonas de RDC que todavía están en conflicto.

De hecho, nuestra investigación revela que la presencia de hombres armados en las escuelas es un espectáculo demasiado familiar para muchos niños y niñas congoleños que anhelan estudiar y aprender.

Cuando los combatientes se apoderan de un centro escolar, a veces solo usan unas pocas aulas o el patio de recreo. En otras ocasiones, sin embargo, convierten la escuela entera en una base militar, en cuarteles o campos de entrenamiento.

Como indica el testimonio de los estudiantes cautivos en Kiata, los estudiantes y los maestros corrían el riesgo de ser reclutados ilegalmente, obligados a trabajar sin paga, golpeados y abusados sexualmente los hombres armados.

El uso militar de las escuelas también daña y destruye la infraestructura educativa del país, que de por sí es insuficiente y de mala calidad. Los combatientes con frecuencia queman las paredes de madera, los escritorios, las sillas y los libros para poder cocinar y calentar el edificio.

Los techos de chapa y otros materiales son saqueados y vendidos para beneficio personal. Y para peor, las escuelas que se emplean con fines militares se convierten en blancos de los ataques enemigos.

Incluso una vez que el centro de enseñanza es desocupado por los combatientes, puede seguir siendo un entorno peligroso para el alumnado si las tropas dejan atrás las armas y municiones utilizadas.

Yo visité una escuela en RDC que fue utilizada como una base temporal, donde los ocupantes abandonar algunas de sus municiones sin usar en las letrinas de la escuela antes de irse. Para retirar los cohetes que quedaron inmersos en los residuos humanos se necesitaron expertos en la desactivación de minas, en un proceso que solo concluyó siete meses después.

Lamentablemente, la práctica de los ejércitos que utilizan las escuelas con fines militares no es aplicable solo a RDC. Ocurre en la mayoría de los países con conflictos armados.

En toda África, incluida República Centroafricana, Chad, Costa de Marfil, Libia, Malí, Nigeria, Somalia, Sudán del Sur y Sudán, la ocupación de los centros de enseñanza por fuerzas armadas privó a niños y niñas de su entorno de aprendizaje seguro y del derecho a la educación.

Incluso las tropas desplegadas como fuerzas de paz de la Unión Africana utilizaron instituciones educativas como sus bases en República Centroafricana y Somalia, en un hecho particularmente preocupante.

Pero hay esperanzas.

A principios de este año, países de todo el mundo se comprometieron a hacer más para proteger a los estudiantes, los maestros y las escuelas durante los conflictos armados. La  Declaración sobre la Seguridad de las Escuelas, como se conoce el compromiso, incluye un acuerdo para asegurar que los entrenamientos, la práctica y la doctrina militares hagan hincapié en la necesidad de evitar el uso bélico de estas instituciones.

Hasta la fecha, 49 países se sumaron a la Declaración. Trece países africanos, incluidos muchos con experiencia reciente en el empleo de las escuelas con fines bélicos, fueron de los primeros en apoyarla.

Para asegurar que sus hijos puedan aprender en lugar de tener que huir por sus vidas, el gobierno congoleño debe abstenerse de utilizar las escuelas con fines militares y adherirse a la Declaración sobre la Seguridad de las Escuelas.

De hecho, si todos los países africanos apoyaran este objetivo, el continente podría llegar a ser el primero en aprobar la Declaración de forma universal.

Y si la Unión Africana reexaminara las normas y procedimientos que rigen a sus fuerzas de paz y, como lo hizo el Departamento de Operaciones de Paz de las Naciones Unidas en 2012, y prohibiera el uso de las escuelas a los batallones de infantería en sus operaciones, las niñas y niños africanos estarían mucho más seguros y ya no quedarían marcados de por vida, como le sucedió a Amani, mencionado en el informe de HRW.

El escolar de 10 años de edad fue retenido en la escuela de Kiata durante seis días. Cuando lo conocimos, nos mostró una cicatriz que le quedó en el caballete nasal. Los soldados que ocuparon su escuela le obligaron a hacer leña de los pupitres. Cuando estaba cortándolos, un pedazo de madera salió despedido y le lastimó la cara.

Cuando a Amani finalmente se le permitió regresar a su casa, sus padres le preguntaron si los soldados lo habían golpeado. Él les contó lo sucedido. “Entiende, hijo, la vida es así”, fue la respuesta de sus progenitores.

Pero si RDC y otros países del continente acceden a evitar que sus ejércitos hagan uso de las escuelas, la vida no tiene por qué ser así para los niños y niñas de África y otros lugares.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente las de IPS – Inter Press Service, ni pueden atribuírsele.

Traducido por Álvaro Queiruga