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Al menos 200 muertos en un atentado contra una mezquita en el Sinaí egipcio

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El terrorismo vuelve a golpear Egipto. Los muertos se cuentan por decenas, superan los 200 pero el número no deja de aumentar. Los heridos superan también el centenar. El Gobierno del general Al Sisi, que acostumbra a escatimar cifras y datos, va soltando la información con cuentagotas. Empezó negando que hubiera muertos pero varias bombas en una mezquita sufí un viernes de oración y pistoleros disparando contra las personas que huían hacían imposible mantener esa versión mucho tiempo.

El ataque se ha llevado a cabo en Bir al Abed, 40 kilómetros al oeste de la ciudad de El Arish, fronteriza con la Franja de Gaza y con Israel. Una zona especialmente sensible por sus implicaciones políticas y en la que ambos países tienen puestos sus ojos aunque poco o nada se sabe de lo que allí ocurre, salvo lo que quiere el Gobierno egipcio o filtra la escasa población civil que aún resiste a pesar de los cortes de electricidad, los toques de queda y los constantes enfrentamientos entre terroristas y fuerzas de seguridad.

La opacidad en la península del Sinaí, a la que tienen vetado el acceso los periodistas, es total. Los medios locales han publicado fotos del interior de la mezquita sufí donde se ha producido el atentado, en la que reposan cuerpos ensangrentados. Un bofetón que recuerda a aquellos cientos (casi un millar) de islamistas a los que mataron las fuerzas de seguridad egipcias durante el desalojo de Rabaa el Adawiya en agosto de 2013, tras tomar los militares el poder.

Desde entonces, e incluso antes, la Península del Sinaí es un avispero donde nadie se atreve a meter la mano. El Ejército egipcio mantiene una lucha sin cuartel con una miríada de grupos extremistas de distinto pelaje, el más notorio, Wilayat Sinai, la filial egipcia de Daesh. A ellos se les atribuyen (o han reivindicado) la mayoría de los atentados que se han producido en Egipto en el último año. La sangría en dos Iglesias coptas el día del Domingo de Ramos, el más notorio hasta el momento. El de hoy, de seguir avanzando a este ritmo el número de víctimas, podría pronto convertirse en el más sangriento en la historia del país.

La escalada terrorista preocupa especialmente al vecino Israel que esta misma semana, según medios locales había elevado su nivel de alerta en la frontera por los continuos enfrentamientos entre el Ejército egipcio y el Estado Islámico. Es un temor extendido que el Estado Islámico pueda atacarles a través de su frontera con Egipto.

Pero los más preocupados son los propios egipcios. El Gobierno se ha esmerado en el último año en desplazar a la población y derrumbar sus casas creando una zona de seguridad en torno a Rafah, el paso fronterizo entre la Franja de Gaza y Egipto, muy cercano a la capital de provincia, El Arish. El éxito de la política antiterrorista del presidente Abdel Fatah al Sisi que gobierna el país es bastante dudosa. Sin embargo Europa continua prestando un apoyo ciego al ex general. Desde 2015 Egipto y Francia, por ejemplo, han firmado contratos armamentísticos por valor de 6.000 millones de euros.

Aunque los ataques se habían centrado en las fuerzas de seguridad, policía y Ejército egipcios, en el último año la atención de los terroristas se ha centrado en la población civil y especialmente en los coptos. Esta es la primera vez que se produce un atentado contra un centro de culto musulmán. La mezquita es un lugar de culto donde acostumbran a reunirse sufíes. Un movimiento espiritual islámico que no aceptan los rigoristas simpatizantes de Daesh.

El pasado febrero decenas de familias cristianas tuvieron que abandonar sus casas tras varios asesinatos y continuos ataques por parte de los rigoristas, entre ellos el de un sacerdote. Las mujeres denunciaban que debían esconderse en sus casas o usar el velo islámico si querían salir a la calle. Mientras tanto los militares, con ayuda local han protagonizado enfrentamientos y asesinatos extrajudiciales de supuestos terroristas. Hecho imposibles de contrastar o de corroborar salvo por la propaganda del Ministerio del Interior o de Defensa egipcios. Atrapados entre dos fuegos, la población local confía poco o nada en esas política antiterroristas que el Gobierno emplea y que parecen tener escasos efectos en la efectividad de los militantes para seguir atacando. Al contrario, se extiende la idea de que las políticas represoras de Sisi que mantiene encarcelados a más de 40.000 prisioneros políticos, podrían estar favoreciendo la radicalización en un país de 100 millones de habitantes.