África: espejo que pierde azogue

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Por Ángel Villa Hernández (*)

Cuando un espejo refleja la imagen que tiene delante, lo que aparece puede tener mayor o menor nitidez y detalles, en dependencia del azogue que el mismo posea.

Aplicada esa evidencia al ámbito político, económico y social del mundo
contemporáneo, nos permite verificar que en el continente africano pareciera que su espejo comienza a perder propiedades.

Desde el surgimiento de la Unión Africana en 2002, esa organización apostó por hacer uso de sus reservas de iniciativa, creatividad y de recursos de todo tipo, las cuales sintetizó en un documento programático denominado Agenda 2063 que dibujó al África del futuro.

En medio de sus ajetreos para dotar de contenido concreto a su plan estratégico y enfrascados en avanzar en la materialización del tema del año 2020: ‘Silenciar las armas; creando condiciones que conduzcan al desarrollo de África’, a los africanos los sorprendió un nuevo conflicto, que no por la invisibilidad de su enemigo deja de tener numerosas víctimas.

La pandemia del coronavirus SARS-CoV-2 que provoca la Covid-19 encontró a África medio desarmada logísticamente para hacerle frente, sin otra alternativa que encararla cuando los recursos escasean para todos en el mundo.

En el actual mes de mayo se contabilizan 54 de los 55 Estados miembros de la Unión Africana con casos confirmados de la actual enfermedad y solo la República Árabe Saharaui Democrática aparece fuera de ese listado, presumiblemente no porque carezcan de casos, sino de medios de diagnósticos y estrategias eficaces para detectarlos.

Desde que apareció la Covid-19 por estas tierras el pasado marzo, se constata que la mayoría de los países adoptaron decisiones gubernamentales para favorecer el aislamiento social con el objetivo de frenar el avance de la enfermedad, unido a otras gestiones dirigidas a reforzar sus generalmente limitados sistemas de salud.

Tan diversas, como el continente mismo, han sido las formas de atención a los infectados y las medidas de prevención entre un país y otro.

África exhibe un número de casos confirmados aparentemente bajo (92 mil 348 hasta el 21 de mayo) si se compara con el total de su población y con otras zonas del mundo y asombro mayor son los dos mil 918 fallecidos.

Las especulaciones que se diseminan en la región sobre los motivos de tan reducida morbilidad van desde la genética africana y las altas temperaturas que prevalecen en el continente, hasta el consumo habitual de café y otros productos naturales por parte de sus pobladores.

Muchas de las fuentes consultadas, y la propia percepción del autor, apuntan a un subregistro de casos a partir de los escasos medios de diagnósticos y de laboratorio, las estrategias de detección de casos poco ofensivas y las estadísticas de baja fiabilidad, entre otros factores objetivos.

El panorama se percibe como más aterrador si a lo anterior se suma la baja percepción de riesgo de mucha gente, ancladas en la creencia de que el SARS-CoV-2 es una enfermedad de los blancos o de los ricos y que ellos ‘están protegidos por Dios’, para lo cual sus plegarias son definitorias.

Al igual que sucedió con el VIH-SIDA, el temor a la estigmatización de ser portador de este nuevo coronavirus y con ello ser objeto de rechazo en el seno de la comunidad, contribuye a que los síntomas se escondan y que muchos fallecimientos sean reportados como resultado de otras causas.

Hay países que adoptaron estrategias tempranas de cierres de fronteras y suspensión de actividades que casi conllevó a una parálisis económica total cuyas consecuencias ya se verifican.

El crecimiento lento de casos oficialmente confirmados en la mayoría de los países, unido al enfrentamiento a presiones internas de diverso tipo para que se modificaran las drásticas medidas de cuarentena allí donde se adoptaron, ha conllevado a una repentina oleada de reanudaciones de la ‘vida normal’ en muchos Estados donde incluso los nuevos casos de contagios aumentan.

Lo que hoy acontece en Europa, Estados Unidos y Asia con el reinicio de actividades en medio de los llamados de la OMS a la cautela para evitar nuevos picos de infectación, sirvió de estímulo a los africanos, quienes se miran en esa realidad y no siempre en la suya para levantar las restricciones.

Imágenes de distintos confines donde ello ocurrió revelan un declive en la moda de las máscaras, mayor intensidad de la vida comercial, tráfico de peatones y vehicular similar a momentos más florecientes, vuelta atrás de determinados cánones de distanciamiento social, reapertura de fronteras entre provincias y naciones, reanudación de los servicios religiosos en iglesias, celebración de procesos electorales, en fin, si Occidente lo hace, por qué en África no?.

Varios países en el mundo sostienen una carrera contra el tiempo para obtener la primicia de una vacuna efectiva contra la Covid-19, pero en el caso de los africanos, la competencia ha sido por el logro de un remedio tradicional efectivo.

El hit parade actualmente lo encabeza Madagascar, cuya pócima para prevenir y curar esta enfermedad desató denodado entusiasmo entre líderes tradicionales y no pocos Jefes de Estado o Gobierno, frente a las enarcadas cejas de la OMS y del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de la Unión Africana, el cual demandó pruebas científicas que avalen la eficacia del producto.

Ese es un escenario peligroso, pues dadas las características de los africanos — muy apegados a los beneficios de la medicina natural y tradicional–, se pudiera crear desmovilización en la población sobre las medidas que universalmente se recomendaron mantener.

Todo lo antes apuntado ratifica que en el contexto de esta pandemia, África podría encarar dramáticas consecuencias multidimensionales en el futuro inmediato y mediato, quizás como ningún otro continente. Mirarse a destiempo en un espejo que pierde propiedades, que al final es un cristal, cuesta muchas vidas.

*El autor es Embajador de Cuba ante la Unión Africana