2019: Otro año de ascenso para la ultraderecha en Europa

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Por Yanet Llanes Alemán

Los resultados de los partidos de ultraderecha en las elecciones generales en Europa y el incremento de acciones violentas, en naciones como Alemania, evidenciaron en 2019 el ascenso de esa corriente política en el denominado viejo continente.

El fantasma de la extrema derecha está lejos de desaparecer y así lo confirma la formación del grupo político Identidad y Democracia en el Parlamento Europeo en junio pasado; además del aumento de la presencia de formaciones afines en las Cámaras Bajas de varios países.

Por ejemplo, fueron la segunda fuerza más votada en los últimos sufragios en Francia (Agrupación Nacional), Italia (La Liga), Dinamarca (Partido Popular Danés), Países Bajos (Partido para la Libertad) y Finlandia.

Mientras, en Alemania (Alternativa para Alemania, AfD), Suecia (Demócratas Suecos), Austria (Partido de la Libertad), Hungría (Jobbik) y España, resultaron la tercera.

Vox, de esa última nación, alcanzó su posición en noviembre al duplicar su representación en el Congreso de los Diputados con 52 legisladores, y Verdaderos Finlandeses, con el 17,7 por ciento de los votos, se quedó a tan solo dos décimas de ganar las elecciones a los socialdemócratas.

En Portugal, el partido Chega obtuvo, por primera vez, representación parlamentaria; en tanto, formaciones de esa índole se inclinaron a posturas extremistas en otros países.

Aunque el fenómeno tiene características propias en cada nación, su ideología comparte rasgos comunes: rechazo a los migrantes y refugiados, a políticas a favor del medio ambiente, ultranacionalismo, cuestionamiento a la Unión Europea, xenofobia, islamofobia?

CASO ALEMANIA

Según analistas, la ultraderecha alemana se encuentra en pleno proceso de radicalización. AfD entró por primera vez en el parlamento germano en 2017 cuando obtuvo un 12,6 por ciento de los votos.

Desde entonces, ganó seguidores en varios estados, sobre todo en el este del país, a la par del desplome de los grandes partidos tradicionales: conservadores y socialdemócratas.

Con un historial de crímenes neonazis en las últimas décadas, la presencia de la ultraderecha más violenta se siente con creciente intensidad en esa nación.

Según informes de los servicios secretos internos, hay 24 mil 100 extremistas y 12 mil 700 de ellos son potencialmente violentos, mientras que en 2018 registraron 19 mil 409 delitos con motivación de esa índole.

‘Asistimos a una brutalización muy problemática de nuestra sociedad’, expresó el ministro alemán de Interior, Horst Seehofer, en respuesta a amenazas enviadas a la vicepresidenta del Parlamento, Claudia Roth, y al popular exlíder de Los Verdes, Cem Ozdemir.

Según Roth, no son un caso aislado, forman parte de una larga lista de intentos de intimidación contra políticos municipales y la sociedad civil, judíos, musulmanes, artistas y extranjeros.

Este año, sujetos ultras también perpetraron ataques mortales, como el de la sinagoga de Halle, en el estado de Sajonia-Anhalt (este); y el asesinato del político conservador Walter Lubcke, por mostrarse a favor de la entrada de refugiados en Alemania.

Entre otros hechos, un diputado de AfD perdió su cargo por tuitear comentarios antisemitas; una casa de pujas de Múnich subastó parafernalia nazi, como objetos pertenecientes a Adolf Hitler, y el propietario de un vehículo puso una matrícula con referencias a ese líder fascista.

Ante una situación de amenaza en el país, calificada de elevada por la cartera de Interior, el Gobierno aprobó a finales de octubre un paquete de medidas para combatir los delitos de odio, el antisemitismo y el extremismo de derecha, y advirtió a la comunidad europea sobre la amenaza de esa ‘enfermedad global’.

Exigieron a las empresas en Internet, como las redes sociales, que comuniquen a la policía la identidad de usuarios extremistas, endurecieron los permisos de venta de armas y explosivos, y mejoraron la protección de los políticos locales.

En Alemania, como en Francia, aplican la política de acuerdos entre partidos, conocida como cordón sanitario, para aislar e impedir el acceso al poder de formaciones ultraderechistas. No así en Italia o Austria, por lo que analistas consideran que Europa se debate entre esas dos opciones.

Según una investigación de la Universidad Anáhuac México, no existen señales que indiquen que estos movimientos dejarán de cobrar fuerza, por lo menos en el corto plazo.

Por el contrario, en la medida en que las crisis económicas, la corrupción, la pobreza y el desempleo se mantengan constantes en la sociedad seguirá el impulso hacia los extremos del espectro político. En ese sentido, Paul Collier, catedrático de economía y política pública en Oxford, señaló que ‘hay grietas profundas que están desgarrando el tejido de nuestras sociedades. Están provocando nuevas ansiedades e iras en la gente, y nuevas pasiones en la política’.

En su ensayo, El futuro del capitalismo, también apunta que la globalización y la tecnología han impulsado un enorme enriquecimiento de las metrópolis mientras la periferia, las ciudades de provincias, decaen.

‘La riqueza de los mejor formados se ha disparado y quienes tienen menos titulaciones están en crisis’. Terreno abonado, acota, para los ultraderechistas.