El odio racista contra el poeta Plácido

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Por Marta Denis Valle

A 210 años de su nacimiento, el poeta mestizo Plácido (1809-1844), uno de los grandes repentistas cubanos, carga aun la leyenda del odio racista que segó su vida y la polémica sobre sus méritos, virtudes y flaquezas.

Fue acusado de conspirar contra la raza blanca, lo cual negó en distintos interrogatorios y murió fusilado en Matanzas, el 28 de junio de 1844, víctima de la represión desatada contra la supuesta Conspiración de la Escalera.

La discriminación racial y la opresión colonial signaron a este cubano afrodescendiente que llevó apellido distinto a sus padres y se dio él mismo el seudónimo de Plácido por el que es conocido.

A los 18 días de nacido lo depositaron en la Casa-Cuna, situada en la calle Ricla (hoy Muralla), esquina a Oficios, con una nota que expresaba: Gabriel de la Concepción, nacido en La Habana el 18 de marzo de 1809; tuvo el apellido Valdés que se daba a los recluidos en ese hospicio.

Fue fruto de los amores de la bailarina española (blanca) Concepción Vázquez -muy atractiva y de quien heredó la gracia del verso- con el pardo libre cubano Diego Ferrer Matoso, peluquero del Teatro Principal donde ella actuaba, quien tiempo después lo llevó consigo y dejó al cuidado de la abuela y tías paternas.

Gabriel de la Concepción Valdés tuvo una niñez de pobreza y debido a esta situación trabajó desde muy joven en diversas ocupaciones, entre ellas impresor y peinetero, tanto en esta capital como en Matanzas, a donde se trasladó a fines de 1826 hasta 1832.

Asistió por primera vez a la escuela a la edad de 10 años y adquirió cultura de manera autodidacta; descolló por su inteligencia y su inspiración poética manifestada desde los 12 años, con el soneto Una hermosa.

Ese mismo año ingresó como alumno en el taller del célebre retratista mestizo habanero Vicente Escobar y Flores (1762-1834), y en 1823 en la imprenta de José Severino Boloña para aprender el arte de la tipografía.

Fue experto en la fabricación de peinetas y otros objetos de carey, y un poeta natural, cuyos versos gozaron de gran popularidad.

LA OBRA DE PLACIDO 

Se destacan los sonetos El Juramento, A la muerte de Jesucristo y la Muerte de Gesler; las letrillas La flor del café, La flor de la caña y La flor de la piña y los romances indianistas Cora y Jicotencal -la más acabada de su producción literaria, poema que tiene una información muy especializada sobre la conquista de México.

Fueron sus últimas composiciones, poco antes de ser fusilado, Adiós a mi lira, Despedida de mi madre y Plegaria a Dios, el cual declamaba camino a la muerte.

La Aurora de Matanzas, El Pensamiento, El Eco de Villaclara y otros periódicos incluyeron sus colaboraciones poéticas por encargo.

Su primer libro de versos fue editado en 1838, por una imprenta matancera; en concurridas tertulias solía también recitar o improvisar, pues componía al vuelo ante cualquier tema de inspiración; muchos de sus versos eran cantados por los pobladores acompañados de guitarras.

En 1834 obtuvo éxito con su poema La siempreviva, en el certamen literario denominado Aureola Poética.

De sus numerosas poesías, muchas de ocasión, más de 200 fueron compiladas y publicadas después de su muerte.

EL ODIO CONTRA PLACIDO 

En 1836 regresó a la ciudad yumurina donde comenzó a trabajar en el periódico La Aurora de Matanzas y desde 1840 permaneció en Villa Clara, unos diez meses; allí trabajó en una platería, colaboró en el periódico El Eco y desarrolló una activa vida social.

En esta ciudad se inicia la persecución de las autoridades españolas; una noche fue preso de manera inesperada y puesto en libertad por gestiones de uno de sus admiradores; luego de un nuevo viaje a Villa Clara y Cienfuegos, en 1843, fue detenido y remitido a la cárcel de Trinidad (Las Villas) durante más de seis meses.

A fines de noviembre de 1843, ya libre, regresó a Matanzas donde fue detenido nuevamente el 30 de enero de 1844, acusado de ser uno de los supuestos jefes de la después denominada Conspiración de la Escalera.

Plácido negó todo en distintos interrogatorios; aunque pobre en extremo, sus versos gozaban de gran popularidad.

Entre los 78 reos condenados a muerte, la mayoría sin nombres conocidos, sobresale Plácido que resultó fusilado por la espalda junto a otros 10 condenados (mestizos y negros, de ellos cuatro esclavos), varios con solvencia económica, que perdieron sus bienes confiscados, además de la vida.

Las sentencias dictadas por la Comisión militar de Matanzas incluyeron penas de 10 años de presidió a 328, de uno a ocho años a 652 y de uno a seis meses a otros 312 detenidos, así como el destierro de más de 400 sin pruebas de delito alguno.

Atados a una escalera, centenares de negros y mestizos sufrieron terribles tormentos, circunstancia que dio nombre a la supuesta conspiración, de la cual hasta la fecha faltan evidencias de su real existencia.

Más de 300 perecieron debido a los métodos empleados durante las investigaciones pues arrancaban las confesiones a latigazos. Hubo reportes de muertes ‘a causa de diarreas’ y también por suicidios.

De la salvaje represión fue culpable el español Leopoldo O’Donnell (1809-1867), gobernador y capitán general de Cuba (1843-1848), junto a un sector de la sacarocracia esclavista criolla.

De un plumazo el régimen colonial resolvió el problema de las frecuentes sublevaciones de esclavos y disuadió cualquier intento abolicionista ya fuera de la llamada ‘gente de color’ o de criollos blancos.

Gabriel de la Concepción, casi blanco por el color de su piel, nunca negó su condición de mulato y de cubano; pudo haber salido de Cuba en 1836, invitado por José María Heredia (1803-1839), pero prefirió permanecer en este país, fuente de sus inspiraciones.

Placido sufrió marginación y desprecio; escarnio y subestimación, prisión y torturas; antes denigrado por blancos y poco reconocido por su raza, hoy se le sitúa junto a Heredia y José Jacinto Milanés (1814-1863), en la trilogía de los más importantes poetas del primer romanticismo cubano. Su sangre sigue siendo útil a Cuba.

*La autora es historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina