A pesar del rápido crecimiento, hay más desigualdad en África

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ÁfricaEl crecimiento africano del cual se habla últimamente parece tener los pies de barro por la persistencia de un modo de vida popular que se parece más al de la Europa medieval que al de los países emergentes. Por lo cual, parece que será muy difícil hacer llegar sus beneficios más allá de las enriquecidas élites.

Por Adam Nossiter – Servicio de noticias The New York Times

Fue su primera conferencia de prensa poselectoral, efectuada en una lujosa villa muy por lo alto del río Congo, y el presidente de la República Democrática del Congo estaba de humor combativo. Cómo se atreven los reporteros a poner en duda el progreso de su país, argumentó: tan sólo vean nuestra deslumbrante tasa de crecimiento: el doble, e incluso el triple, de las tasas de esos lastimosos rezagados en Occidente.

En papel, ciertamente era cierto. Muchas naciones africanas, incluyendo Congo, se han estado expandiendo rápidamente durante años, produciendo algunas de las economías de crecimiento más acelerado en el mundo.

Sin embargo, la realidad más debajo de la villa, en decrépitas chozas donde adultos hablaban de abstenerse de algunas comidas para que sus hijos pudieran comer, contaba una historia diferente. Al presidente Joseph Kabila, en esa vaporosa mañana de diciembre, le enojó que le recordaran que su país con nombre erróneo (ni particularmente democrático ni una república) calificaba de manera consistente en o cerca del fondo mismo del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, extensa medición de bienestar económico, físico y social a lo largo de casi 200 países.

Esa desconexión en Kinshasa, la capital del Congo, destaca una inquietante realidad detrás de la optimista narrativa del “Ascenso de África” que engatusa actualmente a muchos inversionistas, empresas y algunos medios de comunicación de Occidente. El continente efectivamente está presentando ganancias: se proyecta que la tasa de crecimiento del África subsahariana llegaría a 4,9%, cifra que sería la envidia de cualquier gobierno occidental.

Pero, aunque esos números representan un notable giro respecto de los pesares continentales de los 80 y comienzos de los 90, son prácticamente insignificantes para las crecientes filas de africanos viviendo en pobreza extrema.

África no ha reducido sus índices de pobreza en la misma medida que el resto del mundo en desarrollo en años recientes -particularmente China- pero ha logrado cierto progreso, según un análisis del Banco Mundial del mes pasado.

A medida que el nuevo milenio se aproximaba, se estima que 58% de la población en el África subsahariana vivía con menos de 1,25 de dólar al día, informó el banco. Para 2010, esa mayoría había sido reducida a una minoría, estimada en 48,5%.

Pero, debido a que la población africana ha crecido tanto en ese tiempo -y debido a que la desigualdad sigue siendo tan pronunciada-, el número total de personas que vive en esa pobreza extrema ha seguido creciendo, hasta un estimado de 413 millones en 2010 respecto de 376 millones en 1999, informó el Banco Mundial. “El solo crecimiento no bastará para reducir rápidamente la pobreza en la región”, agregó.

Hay poca relación entre altas tasas de crecimiento y reducciones de la desigualdad. Países con abundantes recursos naturales -las naciones ricas en petróleo de Nigeria y Angola, por ejemplo- obtienen incluso peores resultados en términos de indicadores de progreso en desarrollo humano que países sin éstos, en tanto su rango de pobreza declina incluso más lentamente. A medida que los países se van volviendo más dependientes de la extracción mineral y petrolera, aumenta la desigualdad.

Ese tipo de conclusiones no sorprenderían a nadie que haya rozado la opulencia de la élite nigeriana en finas túnicas en los hoteles internacionales de Abuja, la capital, y después haya sido llevado a las lamentables condiciones de las barriadas en el extremo de la capital.

Un reciente artículo por parte de dos economistas en la Facultad de Economía de Londres destacaba que los ingresos per cápita en una gran parte de África están más o menos al mismo nivel que en la Europa medieval, argumentando que la cautela con respecto al reciente crecimiento del continente -particularmente dada la persistente fragilidad de muchas instituciones africanas- es apropiada.

Los estudios sugieren que el espíritu africano de promoción del tipo que organiza relucientes conferencias bajo el patrocinio de los autócratas del continente, a menudo refleja un mundo muy diferente respecto de las extensas barriadas y aldeas desamparadas a lo largo del continente.

Además, cuadran con un reciente sondeo de la “pobreza vivida” que soportan africanos, el cual ha estado haciendo olas en círculos de ciencias sociales en el continente. Una cosa son estadísticas suministradas por gobiernos africanos; la verdadera experiencia de vivir en África, como lo revelaron las entrevistas cara a cara en 34 países africanos, es otra.

Basándose en ese sondeo por parte de Afrobarometer, consorcio de científicos sociales de 30 países, grandes porcentajes de africanos “no logran cubrir sus necesidades más básicas, en tanto muchos de ellos se quedan cortos con regularidad”. Aproximadamente la mitad de los encuestados enfrenta carencias de alimento, agua potable, medicina y atención médica cuando menos una vez al año, en tanto casi uno de cada cinco de ellos no recibe suficiente con frecuencia o “nunca”.

El sondeo de Afrobarometer sugiere en sombrío detalle que el crecimiento no sólo no ha logrado hacerle gran mella a la experiencia de pobreza para muchos, sino que “las diversas intervenciones de combate a la pobreza” de gobiernos africanos en años recientes a duras penas han marcado una diferencia. Incluso donde las instituciones funcionan mejor que la norma, la pobreza persiste y crece: Senegal tuvo el mayor aumento en “pobreza vivida” entre 2002 y 2012.

¿Es, por tanto, la legendaria tasa de crecimiento africano un mero espejismo? Afrobarometer deja el interrogante sin respuesta: su sondeo sugiere que “ya sea que el crecimiento económico no le está llegando al ciudadano común y traduciéndose en reducción de la pobreza (y de hecho, más bien está conduciendo a un aumento en la desigualdad de los ingresos), o que hay razón para poner en duda que las tasas de crecimiento efectivamente se estén volviendo realidad”.

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