Violencia étnica, un jaque para el nuevo Gobierno etíope

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Por Richard Ruíz Julién
Aunque no hay duda de que los cinco meses de gestión del primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, trajeron cambios positivos, las tensiones étnicas en aumento ponen a prueba al Gobierno, señalan hoy expertos.

Gracias a las asombrosas ganancias a corto plazo de Ahmed, los etíopes tanto en el país como en el extranjero se sienten esperanzados; las transformaciones obtuvieron el reconocimiento de la comunidad internacional, sobre todo la reconciliación con Eritrea, puntualizaron los analistas.

Pero no todo está bien en el segundo Estado más poblado de África; los conflictos étnicos no son nuevos, aunque los niveles de violencia que se presencian hoy son, en opinión de los especialistas, muy perturbadores.

Etiopía tiene más de 80 grupos étnicos y a pesar de las mejoras recientes también tiene una economía débil y una ciudadanía abrumadoramente pobre.

Si el gobernante quiere hacer un genuino intento de democracia real, debe eliminar la política tribal y avanzar más hacia la unidad nacional, a consideración de algunos.

Los renovados enfrentamientos se están desarrollando en varios frentes.

Los amharas étnicos, que fueron desplazados de las regiones de Benshangul-Gumuz y Oromia, aún no reciben asistencia adecuada, refirió a Prensa Latina el investigador del Centro de Estudios Estratégicos, Tefaye Shibeshi.

En tanto, la mayoría de los oromos desalojados de la región somalí en 2017 permanecen desplazados, mientras quienes en represalia fueron despojados de sus hogares en Oromia no han podido regresar, aseguró Shibeshi.

Los gedeos étnicos que debieron abandonar las áreas guji viven ahora en condiciones terribles en escuelas, fábricas cerradas y campamentos temporales; cientos de civiles murieron en las ciudades del sur de Awassa y Sodo debido al contexto de inseguridad.

Y solo en las últimas dos semanas, docenas de miembros de los Gamo, Ghuraghe y Dorze alrededor de Addis Abeba fueron atacados y asesinados por asaltantes no identificados, recordó el estudioso.

Para entender los últimos acontecimientos, es necesario mirar la historia, aseguró en entrevista exclusiva con esta agencia.

Las tensiones de esta índole se calmaron y se desbordaron durante décadas; algunos de los primeros signos se remontan a 1991, cuando llegó al poder el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (Eprdf).

Eprdf introdujo un sistema federal étnico para tratar de abordar las quejas, dando a las diferentes regiones la oportunidad de administrarse por sí mismas.

La variante permitió a las regiones organizarse a lo largo de líneas tribales. También llevó al surgimiento de movimientos etnonacionalistas, que eventualmente debilitaron la unidad nacional, puntualizó por su parte el profesor de historia de la Universidad de Addis Abeba, Teodros Mehari.

La intolerancia creció y cobró impulso, y la violencia se convirtió en un elemento permanente de la política, manifestó.

Muchas comunidades apuestan a territorios administrados por otras tribus; los Amharas, por ejemplo, reclaman la propiedad de los de Wolqait y Raya en el noroeste, lo cual provoca tensiones con la región de Tigray, que actualmente administra esas áreas, añadió.

Somalíes y oromos también han visto su parte justa de violencia sobre la propiedad de tierras ancestrales y pastorales.

Lo que queda por ver es cómo lo manejará la actual administración. ¿Puede el nuevo primer ministro resolver estos problemas y mantener su plan de reformas en curso?, se preguntó Mehari.

En su opinión, es casi imposible: la coalición sigue siendo un conglomerado de cuatro partidos etnonacionalistas.

A pesar de las modificaciones recientemente adoptadas, inclinadas hacia las libertades individuales y de ciudadanía, Eprdf sigue fijada en la agenda de derechos de grupo, que privilegia la división sobre la unidad, agregó.

Desafortunadamente, concluyó, cuando los intereses se convierten en el modus operandi de las elites, los desafíos para un país pueden convertirse rápidamente en insuperables.