Sudán del Sur, las pláticas y las opciones

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Por Moisés Saab Lorenzo

La confirmación por las partes del encuentro, hoy, del presidente sursudanés, Salva Kiir, y su rival, Riek Machar, deja en el aire dos preguntas: ¿ocurrirá la reunión? ¿Arrojará resultados?

Por supuesto que hay otras interrogantes, pero las anteriores son las más acuciantes sobre un conflicto que dura un lustro con resultados catastróficos para los sursudaneses, cuatro millones de los cuales están desperdigados por países vecinos, cientos de miles han muerto y millones están expuestos a enfermedades y la omnipresente hambruna.

Días atrás los rivales accedieron a iniciar conversaciones personales, una posibilidad que parecía remota hace apenas unas semanas, después de meses del naufragio del más reciente acuerdo de tregua, negociado en las conversaciones entre delegados de ambos en Addis Abeba, la capital etíope.

El diálogo, patrocinado por la Autoridad Gubernamental para el Desarrollo de África oriental, cuenta con el apoyo de varios estados de la región cuyos gobiernos ven en el conflicto una causa de desestabilización y, por lo tanto, obstáculo para el desarrollo económico.

En paralelo corren las repercusiones económicas internas que ocasionan los cuatro millones de refugiados en los estados vecinos, a los cuales las más de las veces el apoyo humanitario llega en cuentagotas.

Lo curioso de este caso es que Sudán del Sur proclamó su independencia del norte tras una cruenta guerra de liberación y la convocatoria de un referendo en el cual el 98,3 por ciento de los electores votaron por la separación.

La independencia dejó en las manos del estado más joven del planeta con inmensas riquezas petroleras, pero también una miseria horrenda de una población subescolarizada, además de la inexistencia de infraestructura económica e industrial.

El mandatario y Salva Kiir colisionaron en 2013 cuando el primero acusó al segundo de querer asesinarlo y usurpar el poder, detonante de una guerra civil en la cual ahora participan otros grupos armados a pesar de esfuerzos continentales e internacionales para detener el conflicto.

En el trasfondo del conflicto entre ambos hombres, alguna vez aliados en la guerra contra el predominio del norte musulmán sobre el sur cristiano y animista es evidente que subyace un componente étnico ya que el presidente es de la etnia minoritaria dinga y su contrincante pertenece a la mayoritaria nuer.

O lo que es igual, lucha por el poder para imponer el predominio de un grupo étnico sobre los demás, esa lacra que persigue a Africa a través de la historia, aprovechada por las exmetrópolis europeas para establecer su dominio y, después, para perpetuarlo durante siglos.

Ahora, ambos líderes tienen programado sentarse a la mesa de negociaciones para encontrar una fórmula de compromiso que desemboque en el silencio de las armas y, sobre todo, el fin del suplicio por el que atraviesan los sursudanses, víctimas de un conflicto del que son actores silenciosos.

Sin embargo, cuenta habida del abismo que separa sus respectivas posturas, lo cauto es esperar un contacto preliminar en el cual la opción más racional es posponer ambiciones personales y allanar el camino a negociaciones en profundidad previo un acuerdo de cese de hostilidades, lo que provocará una reacción en los actores periféricos de la tragedia.