Sudán del Sur: la paz es sólo un espectro

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Sudán del SurPor Julio Morejón 

Los esfuerzos por lograr la paz en Sudán del Sur, además de infructuosos, parece que siempre equivocan el camino y cuanto más avivan las esperanzas, mayor es la desilusión que causa su fracaso.

La distensión no acaba de materializarse a pesar de los esfuerzos pacificadores de la comunidad internacional, gestiones que de cambiar el sentido podría resultar sanciones para uno y otro contrincante en ese complejo conflicto que dura ya año y medio.

Esa es la realidad observada en el Estado más joven de África desde diciembre de 2013, cuando una sublevación contra el presidente Salva Kiir Mayardit desató una contienda que causó hasta ahora miles de muertos.

Sudán del Sur es el resultado -más acabado- de las negociaciones que en 2005 pusieron fin a la guerra del Movimiento Popular de Liberación de Sudán (MPLS) con el Ejército de Jartum, y para observadores es también la consecuencia de un guión geopolítico de interés para Occidente.

A tales presupuestos se une otro esencial, en el territorio sursudanés se concentran importantes yacimientos petroleros, lo cual estimula más que la geofagia, las ambiciones de poder, y por lo cual hoy se perciben con mucha claridad las ansias por una redistribución del mando como causa esencial del conflicto armado.

En estos últimos 18 meses, las conductas asumidas por los contrincantes, Salva Kiir y su ex vicepresidente y ahora jefe de la oposición armada, Riek Mashar, defraudan al auditorio mundial, el cual, sin embargo, continúa esperando que la contienda se deshaga, y la distensión y la reconciliación nacional ganen un espacio.

Las reiteradas escaladas bélicas, así como el control y/o descontrol de la situación político-militar-humanitaria, degeneraron en masacres de civiles, violaciones en masa, uso de niños soldados, y la eliminación de poblados, refirieron informes de la ONU y las organizaciones humanitarias.

Hasta junio, una serie de alto el fuego acordados no tuvieron un efecto real, aunque las partes aseguraban que lo cumplirían, pero con una rapidez pasmosa lo pactado pasaba al olvido y cada quien retornaba a lo suyo, en la mayoría de las ocasiones con mayor fiereza.

ETNIA Y POLÍTICA

Politizar al componente étnico de la sociedad supone que, en caso de conflicto bélico, los integrantes de cada comunidad asumirían la defensa de su grupo porque este representa el respaldo como individuos, a su familia y economía y, por supuesto en ese arsenal de afinidades se incluye la pretensión del poder.

En este caso, la guerra se presenta como un suceso de dos protagonistas principales: los dinka, del presidente. y los nuer, comunidad del ex vicepresidente y ahora caudillo. Esos son los dos grupos mayoritarios en el país, donde reside alrededor de medio centenar de colectividades que también sufren los rigores de la guerra.

Así, Kiir deberá apoyarse en los dinka y Mashar en los nuer, pero esta línea de pensamiento resulta demasiado simplista para analizar lo que ocurre en el terreno, toda vez que obvia aspectos significativos como, por ejemplo, el establecimiento o rupturas de alianzas según el sentido en que se mueva la contienda.

Además sobresalen los intereses indirectos -extranjeros o locales- evidentes en determinadas fases del problema, los cuales pueden catalizar su desarrollo, entre otros el tráfico de armas, el dominio de la distribución de la ayuda humanitaria, la dinámica que siguen los planes defensivos y ofensivos a criterio de cada contrincante.

No obstante, se considera fundamental el contenido ideológico que mueve al brazo militar en el cual se incluyen actos indignos como el reclutamiento forzoso de niños, el bombardeo a hospitales y atacar las bases de la ONU por sospechar que acoge a personas del grupo étnico rival.

De esta manera se observa una guerra que ya se considera difícil de manejar y en la que un peligroso componente impacta en el cuerpo del Derecho Internacional y es la posibilidad de que los grupos rivales -como para empeorar la situación- cometieran crímenes de lesa humanidad.

UNA SEÑAL DE LA ONU

Una comisión de las Naciones Unidas analiza la probabilidad de sancionar a seis altos jefes militares sursudaneses por sus actos desde el inicio de la guerra; eso podría resultar un correctivo leve en medio del tormentoso escenario que cuenta con una larga galería de hechos violentos.

Entre esos militares están Marial Chanuong Yol Mangok, de la guardia presidencial, Gabriel Jok Riak, que actúa en el norteño estado de Unity, y Santino Deng Wol, quien comandó una ofensiva en la cual perecieron mujeres, niños y ancianos.

Los jefes de oposición armada susceptibles de sufrir castigos son Simón Gatwech Dual, por su papel en las acciones en el estado de Jonglei, James Koang Chuol, por ataques en el del Nilo superior, y Peter Gadet, jefe de estado mayor adjunto responsable de operaciones.

Ese grupo de trabajo de la ONU creado específicamente para Sudán del Sur podría proponer «el congelamiento de los haberes y prohibir los desplazamientos de seis altos comandantes del Ejército y de los rebeldes», según un documento al que accedió la prensa.

El Consejo de Seguridad amenazó en marzo imponer sanciones a quienes obstruyeran lograr la paz y aprobó crear la comisión que se desempeñaría en el caso sursudanés, pero en los últimos cuatro meses ni las advertencias sobre medidas de escarmiento ni los llamados al entendimiento funcionaron.

Así, entre desatinos e intentos de reducir la tensión y acabar la violencia, la guerra que ya causó más de dos millones de desplazados, muchos de ellos amenazados con sufrir hambruna, persiste en ser la visión fantasmagórica que cada día atormenta a la población de Sudán del Sur.