Sudán del Sur: Hora de más presiones

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sudan_del_surPor Julio Morejón

Sin muchas esperanzas, el auditorio africano espera una reacción constructiva de los jefes de la guerra en Sudán del Sur, el presidente Salva Kiir, y el opositor y ex vicepresidente Reik Mashar.

Se aguarda una definición de conductas de los contrincantes, de cara a las advertencias de la Unión Africana (UA) sobre el agravamiento del conflicto desatado en diciembre de 2013, cuando efectivos de las fuerzas de seguridad se sublevaron en lo que Kiir denominó un intento de golpe de Estado orquestado por Mashar.

Debieron transcurrir meses para que la contienda pudiera definirse más allá de lo que ocurría en el teatro de operaciones militares, así la guerra se orientó por el camino de la disputa étnica e incluso se hicieron constantes referencias al reclutamiento de niños-soldados por cada bando.

Una parte de la población -los dinka- se alineó con el presidente, mientras que la comunidad étnica nuer lo hacía con el ex vicepresidente, que si en principio rechazó encabezar la intentona golpista, el tiempo dio la razón a quienes le calificaron como cabecilla de un proceso que ya causó 50 mil muertos y dos millones de desplazados.

En el interés de restablecer la paz y la seguridad regionales como preceptúa la UA, la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), un gremio subregional, asumió el papel de mediador entre los dos enemigos, pero en julio todo continuaba siendo una promesa y las negociaciones marchaban arrítmicamente.

Las gestiones relativas al poder deben pasar necesariamente por la aceptación de un primer elemento, reconocer que es importante negociar y tras alcanzar consenso al respecto quedar definido qué es lo que se pretende tramitar, y si se concreta la voluntad de avanzar en el proceso.

En el caso sursudanés hay muchas incógnitas, pues comenzadas las pláticas con el auspicio de la IGAD, rápidamente se detienen para reiniciarlas y volverlas a parar poco después y así sucesivamente, y lo mismo ocurre con los altos al fuego decretados para avanzar en la negociaciones, los cuales resultan insignificantes.

ULTIMÁTUM PARA TRATAR DE DETENER LA GUERRA

La entidad mediadora concedió hasta al 17 de agosto para que los contrincantes acuerden la paz, un ultimátum dirigido al presidente de Sudán del Sur, Salva Kiir, y a su rival, el jefe de los sublevados Riek Mashar, aunque en el conflicto participan otros componentes de menor nivel.

La IGAD, que integran Djibouti, Eritrea, Etiopía, Kenya, Somalia, Sudán, Sudán del Sur y Uganda, amenazó a los beligerantes con la posible aplicación de medidas punitivas, en caso de no concordar al respecto, lo cual sucedió en muchas oportunidades cuando hubo acercamientos esperanzadores.

Existe una propuesta que sirve de marco y en ella el mediador sugiere compartir el poder: el 53 por ciento de los cargos ministeriales para el presidente Kiir, y el 33 para los opositores de Mashar, y se plantea un siete por ciento de puestos para los exdetenidos (en referencia a presos políticos de Kiir) y el otro siete por ciento para diversos partidos.

La idea de compartir la autoridad está presente desde hace mucho y no constituye una novedad en el contexto africano, por lo que podría considerarse una opción más -válida o no, eso lo dirá la vida- para tratar de detener la guerra, pues al fin y al cabo esa contienda es por el poder y este puede ser divisible.

Para el oficial de la comunicación en la oficina de enviados especiales para Sudán del Sur, Haile Michael, esa nueva propuesta de acuerdo refleja ideas, preocupaciones e intereses de todas las organizaciones políticas y grupos de interés, a la vez que la encuentra con suficiente contenido.

Michael dijo en un comunicado que tal convocatoria a pactar «responde a las demandas del pueblo de Sudán del Sur para un gobierno de transición incluyente, que reforme el sector de la seguridad y las cuestiones de gobernanza económica, y retome la dirección de la justicia, la rendición de cuentas y la reconciliación nacional».

Todo lo anterior conduciría a establecer una Constitución permanente como paso previo antes de convocar a elecciones en el país, en tanto se prevé que el presidente Kiir conservará su cargo como jefe de Estado, mientras que la oposición, liderada por Mashar, podrá nombrar al primer vicepresidente.

Ese es el diseño de una estructura de mando sugerida por la IGAD, que a finales de julio recibió en forma clara el respaldo de Estados Unidos en su gestión mediadora respecto a Sudán del Sur.

Durante su visita oficial a Etiopía, el presidente estadounidense, Barak Obama, estuvo al tanto de la crisis sursudanesa y aunque no se prevé la participación directa de Washington en una posible solución, quedó claro que la potencia no es ajena a los desarrollos del dilema.

Con anterioridad, Estados Unidos dejó entrever que evalúa la aplicación de sanciones económicas adicionales y quizá un embargo de armas para aumentar la presión sobre las partes en guerra, lo que impulsa a la IGAD a trabajar para acabar la contienda, en la que se perpetran graves abusos físicos y morales contra los civiles.

No obstante lo espinoso del camino, no se descarta en el criterio de los observadores el despliegue en Sudán del Sur de una fuerza de interposición -preferiblemente africana- para restablecer la paz y consolidar la seguridad regional, algo riesgoso porque podría ahondar la crisis.

Mientras se llega a una conclusión plausible, el país, productor de petróleo, ve decrecer su economía, lo que de inmediato le empobrece siendo el Estado más joven del continente (constituido en 2013) y uno en los que más incide la miseria, según datos de la Organización de las Naciones Unidas.

Actualmente miles de personas en Sudán del Sur sufren las consecuencia del déficit de asistencia humanitaria y la exclusión en términos de cobertura de salud, y contactar eso resulta otro elemento de presión, este más humano, pero eso no parece condoler a los conductores de la guerra.