Sudán del Sur: Flanqueando las pesadillas

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SudanPor Julio Morejón

El proceso de paz en Sudán del Sur, entró en una etapa decisiva cuando los contrincantes políticos aceptaron instaurar un gobierno de unidad, propuesta aún sin materializar, lo que pone en peligro la desgarrada convivencia nacional.

Ese asunto pendiente puede reavivar la crisis que condujo en 2013 a la guerra, la expresión más clara de la lucha por el poder entre el Gobierno, encabezado por el Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLM), que en 2005 firmó la paz con Jartum y hoy es la autoridad reconocida del joven Estado, y la guerrilla de Riek Mashar.

Pero, ahora la situación es aparentemente menos traumática, ya que el propio presidente convocó a la reconciliación con sus contrincantes directos, el SPLM-IO, que durante más de dos años le enfrentó militarmente y todavía no abandonó su reticencia para concordar con el mandatario, Salva Kiir.

Sin embargo, Kiir dio un importante paso táctico hacia el entendimiento y la comprensión al designar al jefe rebelde vicepresidente primero, lo cual en la nomenclatura significa ser el segundo al mando en la nave sursudanesa y el número uno en ausencia del jefe de Estado.

Según el acuerdo de paz adoptado el pasado año, el reordenamiento de las instituciones -en especial del Ejecutivo- posibilitará establecer cierto equilibrio en el liderazgo del país antes de pasar a la transición, que deberá ser profunda y abarcadora, pues tendrá que incorporar a intereses de diversas partes de la sociedad.

Esa inclusión puede habilitar espacios para todos los ex rivales, tanto de una como de otra tendencia ideopolítica, a componentes de las sociedades pública y civil; y algo muy significativo en el contexto africano, permitirá identificar a la autoridad como un todo y no fraccionada, como ocurre en los casos de porfías por motivos étnicos.

Precisamente, uno de los graves problemas que aquejan al país es la politización de la etnicidad y eso se observó en la división planteada durante la guerra entre los dinka, la comunidad del presidente; y los nuer, que respaldaron a Machar, pero recientemente otros grupos minoritarios sufrieron ataques que se pueden definir como etnófobos.

«La violencia mortal que involucró a dinka, shilluk y grupos étnicos nuer entró en erupción (el miércoles y continuó el jueves) en el interior del campamento, con elementos del ejército de Sudán del Sur (SPLA), acusado de tomar el lado de la etnia dinka en contra de los miembros de las comunidades shilluk y nuer», divulgó Sudan Tribune.

Conforme con el sitio digital, esos días hombres armados atacaron una base de la ONU, donde se refugian unos 47 mil 500 civiles en la zona sursudanesa de Malakal, y «mataron a siete personas e hirieron a 32, incluyendo a un niño cuyo padre murió», afirmó Jacob Nhial, poblador de la instalación, ubicada en el noreste del país.

En esa agresión se usaron fusiles y otras armas automáticas, añadió el residente. El gabinete saliente condenó esa acción y se interrogó acerca de si la Misión de la ONU en Sudán del Sur (Unmiss) opera de conformidad con la responsabilidad de proteger a los civiles en los campamentos de desplazados que atiende.

«La misión de la ONU en Sudán del Sur, país en guerra civil desde fines de 2013, cuenta con más de 12 mil hombres, la mitad de ellos desplegados sólo para proteger a los civiles refugiados en sus bases», citaron medios de prensa.

UNIDAD NACIONAL EN JUEGO

Es evidente que, pese al momento político en el cual se hallan los sursudaneses, su integridad -en tanto que país- es amenazada por actos como esos, que se presume estén lejos del control de la autoridad central, ahora un tanto dispersa y sufriendo la urgente necesidad de restablecerse totalmente, tomando en cuenta el acuerdo de paz.

A fines de febrero, el presidente advirtió que integraría un gabinete, aunque la oposición no presentara candidatos para asumir los ministerios correspondientes. Esa actitud definió ante la clase africana la voluntad de romper el estancamiento que proyectaba el proceso con las inconsistencias del el SPLM-IO.

Según el secretario de prensa de Kiir, Ateny Wek Ateny, el gobernante confeccionaría el Ejecutivo «con o sin» presencia de quienes la guerrilla -aún no desmantelada- propusiera.

Esa operación llenaría el vacío institucional persistente y cumpliría uno de los aspectos más delicados del acuerdo de paz adoptado por las partes en una línea multipartita respaldada por la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), esquema de integración de los países de África oriental.

Wek Ateny, también portavoz del gabinete, precisó que se nombraría a 16 ministros del gobernante Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLM) y dos del Movimiento Popular de Liberación de Sudán de Antiguos Detenidos políticos (SPLM-FD) y dos de otros partidos. Esa referencia no incluyó al SPLM-IO, el opositor armado.

Pero, previo a todo eso de hacer gobierno, el mandatario cambió a la cifra de estados sursudaneses, de 10 los llevó a 18, y también lo hizo con gobernadores, lo cual sus críticos consideraron que fue una acción tendiente a descentralizar la autoridad para colocar en esos nuevos mandos territoriales a sus partidarios.

La voluntad del jefe de Estado, cargo que Salva Kiir mantendrá durante la transición -un período sin fecha de inicio y conclusión- podría dar paso al cumplimiento de una hoja de ruta aceptable para la IGAD, la Unión Africana y Occidente. Sobre ese tema existen comentarios halagadores, aunque en el exterior, mientras que adentro se espera.

Días después de esa declaración, una sesión del Gobierno pospuso «sine die» la decisión del gobernante, en espera de una reacción positiva de los reticentes a integrar la administración sursudanesa de tránsito y pasar la página de la disputa doméstica en el Estado más joven del continente: Sudán del Sur, que nació en 2011 y no merece morir.

El país, atrapado en el subdesarrollo, que en la práctica lo convierte en un monoexportador petrolero, sufre la secuelas del conflicto armado no sólo en lo referente a los daños materiales y a perjuicios humanos, sino que ese recuerdo cercano también lacera su psicología de pueblo y desarticula su imaginario corporativo.

Sin embargo, así marcha -entre contradicciones y estocadas- tratando de evadir más conflictos en la búsqueda del poderoso consenso que promueva un destino menos amargo y tenso, tras la guerra mostrar su inviabilidad y la vida contemporánea imponer soluciones conciliatorias para sus verdaderos y más apremiantes problemas.