Sudán: Darfur, una cuenta pendiente

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Por Julio Morejón
Los hechos ocurridos en el campamento de refugiados de Kalma, en la región sudanesa de Darfur, retoma a finales de septiembre una historia de persistente violencia.

Un grupo de desplazados se pronunció contra la visita del presidente sudanés, Omar Hassán al Bashir, lo que desencadenó la actuación de las fuerzas de seguridad, las cuales enfrentaron la demostración.

Cuatro desplazados murieron y 23 sufrieron heridas en enfrentamientos con la policía sudanesa en Darfur, informó el portavoz del campamento de Kalma, Husein Abu Sherati, al confirmar los hechos.

El vocero aseguró que 200 vehículos de las fuerzas gubernamentales rodearon al campo de desplazados, situado junto a la ciudad de Nyala, capital del estado de Darfur del Sur, ante la presencia en la zona de Al Bashir.

Según esa fuente, los policías dispararon contra los desplazados cuando ellos protestaban.

Los manifestantes levantaron pancartas con acerbas inscripciones contra el mandatario y varios de ellos se enfrentaron con simpatizantes del gobierno, mientras que otros lanzaron piedras contra los antimotines.

Este es el primer viaje que Al Bashir realizó a la conflictiva zona desde que estalló la guerra allí en 2003, cuando un grupo comunidades -principalmente no árabes- se alzó en armas contra el Gobierno, en demanda de un tratamiento diferente por parte de la autoridad central.

Para calmar los ánimos y atenuar la tensión desatada, un equipo médico de la Misión de la ONU y la Unión Africana en Darfur (Unamid) se trasladó a Kalma, prestó asistencia a los lesionados y medió con el Gobierno de la localidad y los desplazados para resolver pacíficamente el disenso.

La Unamid expresó su preocupación por lo ocurrido y solicitó contención a las partes. El responsable de la Misión, Jeremiah Mamabolo, llamó a todos los implicados a restaurar la tranquilidad y recordó que ‘una solución pacífica de las diferencias es la única salida para el pueblo darfurí’.

Esos choques eran previsibles, pues el mandatario no era bienvenido en Kalma, algo demostrado en una carta entregada a la Unamid que dice: ‘Nosotros, como la administración del campamento con todos sus componentes, declaramos nuestro total rechazo a la visita de Al Bashir a Darfur y (…), ya que él fue el que nos envió a los campos de desplazados (…)’.

PESADO LASTRE

Darfur es una zona en el occidente sudanés escenario de un conflicto bélico desde 2003, cuando se desataron los choques entre los yanyauid (jinetes armados), miembros de las comunidades ganaderas árabes Baggara de los Abbala y los pueblos de raza negra, no Baggara.

Las facciones de ambas partes desencadenaron una contienda que persiste y que no es una lucha confesional, pues los contrincantes en su amplia mayoría son musulmanes, pese a mínimas distinciones en sus prácticas, relacionadas más bien con las características de sus comunidades de origen y no con el credo.

Aunque se calcula que la cifra de muertes como consecuencia de la contienda pudiera estar entre 400 mil y más de medio millón, no existe un registro creíble por el cual guiarse, pues todos consideran que esos datos podrían resultar estratégicos e incluso asustarían a los expertos de la ONU.

No obstante, hasta las Organización de las Naciones Unidas toma en cuenta algunas de esas cifras para ofrecer una referencia de la letalidad del problema, que convirtió a más de dos millones de sudaneses en desplazados, como es el caso de quienes están al abrigo de Kalma y que en su calidad de víctimas constituyen un problema socioeconómico y moral.

La pesada carga que se arrastra en Darfur supone una combinación de dilemas no resueltos en la creación del Estado-Nación, en la miseria impuesta por el subdesarrollo, así como en las políticas -presuntamente erróneas- de distribución de beneficios teniendo más en cuenta a determinados grupos humanos que a otros.

Pero toda esa historia en la cual está imbuida la región occidental sudanesa no comenzó con Omar Hassán al Bashir (presidente desde 1993), sino es parte de un proceso de cuyas secuelas no puede sacudirse con celeridad, porque los factores deformantes que interactuaron envenenaron a todo el sistema social y ahora intentan su defunción.

OTRA OPCIÃ’N

Con la marcha de un plan de paz en Darfur, que aún no abarca a todos los beligerantes ni todas posiciones, el Gobierno trata de atenuar algunas de las variables que causaron el conflicto y abrir espacios de esperanza para la distensión, y ya se evidenciaron avances con algunos grupos guerrilleros de la zona.

Varios grupos armados acogieron la propuesta oficial, aunque no lo hicieron al menos dos guerrillas. Para hacer efectivo el fin de la violencia las autoridades también decretaron un cese unilateral del fuego, que funciona aunque nunca al ciento por ciento.

En una reunión pública en El Geneina, en Darfur occidental, el 19 de septiembre, el presidente sudanés reiteró sus promesas de implementar proyectos de desarrollo y servicios allí, donde hace 14 años hay guerra y ahora se registran esporádicas acciones entre los rivales, según grupos humanitarios.

El conflicto en la región tiene raíces centenarias; se destaca 1916 como año clave, cuando en ese entonces la zona se incorporó a Sudán, porque con anterioridad era un sultanado independiente. Una acción colonial que incidió negativamente en la realidad social del territorio.

Así la historia recoge más que un problema étnico: el conflicto que hoy enfrenta esta región de África es una disputa territorial vinculada al aumento de la población y a la consecuente escasez de tierras, así como a una defectuosa redistribución de beneficios esencialmente económicos.

La protesta en el campamento de refugiados de Kalma es un botón de muestra del peligro de ese cúmulo de problemas pendientes, cuyas consecuencias pueden echar abajo los esfuerzos de Jartum, de promover cambios significativos en beneficio de las poblaciones históricamente más perjudicadas.