Somalia: otro año intentando sobrevivir

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SomaliaPor Julio Morejón

Somalia concluye 2015 con un gobierno apoyado por Occidente pero muy débil para vencer al insurgente Al Shabab, similar al año anterior.

El conflicto desatado en 1991, cuando dos alianzas guerrilleras derrocaron a Mohamed Siad Barre y colocaron las bases del posterior caos, ahora se reproduce con otros actores políticos: una autoridad frágil que no puede ejercer plenamente su poder y una formación rebelde negada a admitir su exclusión del juego político.

De hecho, el fenómeno bélico somalí se regodea en un círculo vicioso del cual nadie, ni nada escapa, pese a los esfuerzos internos e internacionales para revertir tal situación que destroza todo indicio de alcanzar en corto tiempo la paz, aunque los antigubernamentales perdieron espacio en la capital, Mogadiscio, y en el sur del país.

Las operaciones ejecutadas por el Ejército y sus aliados de la Misión de la Unión Africana (Amisom) lograron neutralizar diversos ataques de los contrincantes, a quienes también les causaron bajas los bombardeos a sus bases de entrenamiento cercanos a la frontera con Kenya.

Por su parte, Al Shabab dejó claro que no perdió toda su capacidad operativa y extendió muchas de sus acciones precisamente a territorio keniano, lo cual causó gran cantidad de bajas en la población civil y motivó la decisión de Nairobi, de reforzar las acciones de las fuerzas armadas somalíes.

La extensión de la contienda armada generó excesos como la masacre en la Universidad de Garissa, cerca de la franja fronteriza keniano-somalí, y que causó 148 víctimas fatales. Esa agresión se relaciona con el viejo compromiso de perpetrar represalias contra las tropas extranjeras de la Amisom.

A raíz de ese hecho Al Shabab prometió llevar a Kenya una guerra larga y espantosa con nuevos baños de sangre.

«Si Dios lo quiere, nada nos impedirá vengar la muerte de nuestros hermanos musulmanes hasta que vuestro gobierno cese su opresión y hasta que todas las tierras musulmanas sean liberadas de la ocupación keniana», indicó entonces Al Shabab en un comunicado.

Somalia continúa siendo un hervidero donde convergen todos los problemas relativos al subdesarrollo con una construcción distorsionada del Estado-Nación, y un escenario en el cual pugnan supervivencia y ambición, egoísmo y corrupción, nacionalismos estrechos e intereses extranjeros, y una persistente violencia.

En marzo, julio y noviembre pasado hubo ataques de la organización antigubernamental contra hoteles en Mogadiscio, en el mes de abril la emprendió contra edificios públicos y en agosto lanzó un asalto contra la sede de los servicios de Inteligencia.

DEBATE EN LA CUPULA

En enero de este año, Omar Abdirashid Ali Sharmarke asumió la jefatura del gabinete, el cual integran 20 ministros. La decisión se tomó tras evaluarla con el presidente, el jefe del Parlamento, los legisladores y parte de la sociedad civil en un intento por fortalecer la institucionalidad de la estructura gubernamental somalí.

La entrada en la arena pública de Ali Sharmarke sucedió a la salida del exprimer ministroAbdiweli Sheikh Ahmed, quien enfrentó al presidente, Hassan Sheikh Mohamud, en una larga querella que concluyó cuando en el Parlamento procedió una moción de censura promovida por diputados oficialistas.

Según fuentes del Legislativo, la discrepancia en la cabeza del poder se desató cuando Sheikh Ahmed destituyó al ministro de Justicia, un aliado del mandatario, lo cual evidenció la persistencia de los engarces políticos por encima de la autoridad del Ejecutivo, a la vez que muestra fuentes de fracturas en la construcción del Estado.

«La tensión entre el primer ministro y el presidente ha bloqueado las actividades del Gobierno en los últimos meses, lo que ha hecho que la ONU pida a los dirigentes que dialoguen por el bien del país», citó la cadena alemana de televisión Deutsche Welle (DW) al abordar la disputa en la élite.

CARIZ HUMANITARIO

En 2015, Somalia enfrentó dos retos en el ámbito de la situación humanitaria: la situación de los desplazados internos por causa de la guerra y resolver en forma viable la cuestión de los refugiados, fundamentalmente en Kenya, de donde deberán abandonar sus campamentos.

«Cuatro años después de una devastadora hambruna, el número de personas que necesitan ayuda de emergencia aumentó un 17 por ciento, a más de 850 mil, y aquellos en situaciones escasez de víveres todavía (estaba) en 2,3 millones, según el último estudio de evaluación de alimentos gestionado de Naciones Unidas», citaron los medios de prensa.

Aunque se esperaba que en el período de lluvia -octubre/diciembre- la situación pudiera variar con las cosechas, los cambios previstos no transformarían el cuadro, porque el deterioro de la infraestructura agrícola es muy grave, a lo que se une el abandono de las labranzas por los plantadores que escapan del conflicto bélico.

Durante los pasados 12 meses, el país fue resolviendo parcialmente su crisis humanitaria con el apoyo de los Estados donantes, pero esto lo obstaculizó la guerra; en este período resultó incluso difícil de manejar y colocar en el terreno los aportes de las agencias de auxilio, incluso las de ONU.

En cuanto al complejo cuadro de los emigrados en Kenya, donde mayormente se concentran en el campo de Dadaab, los dos gobiernos y el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur) se pronunciaron por un retorno a Somalia que no resulte traumático para el emigrante y que cuente con su disposición voluntaria.

Nairobi identifica a ese asunto como un problema de seguridad nacional, en reacción a las amenazas de Al Shabab de convertir la violencia en instrumento de actuación transfronteriza, con el uso de individuos -musulmanes o no- residentes en ese país, de ahí que Kenya considere a esos campos de refugiados posibles nidos terroristas.

*Jefe de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.