Somalia 2016: Fragilidad institucional y violencia armada

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Por Julio Morejón
Dos sucesos ilustraron las tendencias de la realidad somalí en la conclusión del año: la postergación por cuarta ocasión de las elecciones presidenciales y el asesinato de un fiscal militar en la región semiautónoma de Puntlandia.

Fragilidad institucional y violencia armada caracterizaron el 2016, cuando reiteró hasta el cansancio que el país entraba en una etapa de estabilidad luego de arrasar a la organización Al Shabab, sucesora de la Unión de las Cortes Islámicas (UCI) y enemiga reacia del Gobierno respaldado por Occidente y la Unión Africana (Amisom).

Somalia despidió el 2016 sin un nuevo presidente y con la reedición -en esencia- de lo que en la práctica ocurre desde hace poco más de 25 años, aunque en los pasados 12 meses algunos aspectos cambiaron en el ámbito nacional.

Esa es la realidad de un país que falló en la aplicación de tácticas y teorías extranjeras, un tanto ajenas a su proyecto tradicional de supervivencia.

Las acciones para consolidar la autoridad federal en 2016 se enfrentaron con problemas estructurales que dimanaron de contradicciones en la cúpula del poder, donde se concentran jefes políticos, señores de la guerra y otras personalidades influyentes en sectores económicos y sociales.

Esa conjunción mostró su carácter complejo en el proceso de los comicios legislativos, que debieron concluir con la elección del nuevo presidente del país como parte del reordenamiento institucional y el preámbulo del fin de la transición, lo que también deberá dar paso al establecimiento de todos los instrumentos de la legalidad.

Desde octubre Somalia celebró sus elecciones indirectas al Parlamento, un proceso en el que 135 jefes tradicionales seleccionaron a 14 mil delegados y crearon posteriormente 275 mesas de voto.

El 27 de diciembre, más de 300 parlamentarios y senadores juraron su cargo en la primera sesión del nuevo Legislativo, mientras se siguen celebrando en varias regiones del país elecciones para designar a los 47 legisladores restantes de las cámaras, los pasos requeridos para la recomposición institucional.

No obstante, todo balance del asunto somalí reitera aspectos similares desde 1991, cuando una alianza guerrillera derrocó al presidente Mohamed Siad Barre, un mandatario camaleónico que ideológicamente pasó de la izquierda a la derecha sin transición, y en el interior del poder potenciaba relaciones de clientelismo.

En enero de 2016 se cumplieron 25 años del fin de la era Barre, pero el aniversario no fue más allá de ser una fecha recordada por historiadores.

Somalia continúa sufriendo un desequilibrio casi total que le impide despojarse de ese calificativo de Estado fallido, acuñado por politólogos para establecer una relación dual entre lo que se quiere -ser Estado- y lo que se tiene -lo fallido-, y a esta altura el país está distante de denominaciones más lógicas.

Ahora la guerra continúa con la versión de Al Shabab, una milicia insurgente que nació en 2006, la cual ataca a civiles, policías, funcionarios y militares que afinen con el gobierno de Mogadiscio, al que esa guerrilla no le confiere legitimidad alguna.

Más de 300 personas murieron tras un ataque en junio de la facción contra una base militar de la Misión de la Unión Africana (Amisom), según divulgaron fuentes del Gobierno y de los insurgentes.

Soldados de la Amisom mataron a más de 240 guerrilleros que atacaron su base militar de la ciudad de Halgan, declaró el ministro somalí de Seguridad, Omar Mohamed, y apuntó que al menos tres civiles perecieron y varios resultaron heridos en esa acción.

Con anterioridad, en enero pasado, al menos 180 soldados murieron en un ataque lanzado por Al Shabab a una base keniana de la Misión de la Unión Africana, informó el presidente somalí, Hassán Sheik Mohamud.

VIOLENCIA EN PUNTLANDIA

Integrantes de la organización Al Shabab balearon a muerte a un fiscal militar en la región semiautónoma de Puntlandia nombrado Abdikarim Hassan Firdiye, dijeron testigos y funcionarios, en una acción propia de la insurgencia que perpetró el atentado frente a un restaurante en la ciudad Bosasso.

Según las versiones recogidas por medios de prensa sobre el atentado contra el fiscal, ‘dos adolescentes armados con pistolas le dispararon en la cabeza después de bajarse del auto’, y cuando sus guardaespaldas reaccionaron, los agresores estaban lejos del lugar.

La facción asumió la responsabilidad del hecho: ‘Hoy hemos matado a un fiscal que había condenado a muchos adolescentes -muchos niños y niñas- a sus muertes por presuntos vínculos con Al Shabab’, declaró Abdiasis Abu Musab, vocero de operaciones militares del grupo.

Poco antes, la organización asesinó a un ayudante de un funcionario regional en un ataque similar y también al comandante de policía de la zona cuando se hallaba fuera de un hotel.

Tras más de dos décadas de conflicto, este persiste mientras el país trata de restaurar el orden y reconstruir sus instituciones con su proceso electoral, así como rehacer una ruinosa infraestructura económica para poder abandonar la dependencia humanitaria a la que lo sometieron tanto las estrategias occidentales como las inclemencias del clima.

Al acabar 2016 la tensión se extiende, al punto de preocupar al Consejo de Seguridad de la ONU la disputa por la jurisdicción de la ciudad de Galkayo, cuando combatieron tropas de las regiones semiautónomas de Galmudung y Puntlandia.

Durante los meses de noviembre y diciembre últimos, las fuerzas armadas de las regiones semiautónomas se enfrentaron en la urbe, adonde retornaron los combates a menos de un mes de regir un alto el fuego, y todo en el forcejeo por la jurisdicción de la villa.

Hubo treguas y negociaciones que contaron con la mediación de los Emiratos Árabes Unidos, pero las tensiones se mantuvieron, según voceros de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA); el combate más violento se registró el 6 de noviembre y causó 22 muertos y 97 heridos.