Sin guerra; una nueva vida en la frontera etíope-eritrea

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Fiyori Bizen, madre etíope de tres hijos, solía vivir una vida desafiante; su hogar, ubicado en la frontera con el exenemigo Eritrea sufrió continuos daños debido a choques armados ocasionales.
Todo eso cambió hace casi un mes, con la apertura de las áreas limítrofes, cerradas durante más de dos décadas desde que ambas naciones libraron una guerra desde mayo de 1998 hasta diciembre de 2000.

Aquella contienda, basada entre otras cuestiones en diferendos de índole territorial, dejó un estimado de 70 mil personas muertas por ambos lados.

Con la desmilitarización fronteriza después del rápido acercamiento diplomático, Zalambessa y otros puntos de entrada pasaron a ser zonas de interacción comercial y cultural.

Este intercambio allí parecía impensable hace varios meses, pues miles de soldados se encontraban apertrechados en un estado de tensión, legado del amargo conflicto.

A pesar de un acuerdo firmado en Argel con miras a poner fin al enfrentamiento armado, Addis Abeba y Asmara no encontraron el camino hacia el restablecimiento de relaciones y quedaron encerrados en un clima de ‘no guerra, no paz’, que se recrudecía a lo largo de sus mil 100 kilómetros de frontera.

La hostilidad concluyó dos décadas después, una promesa hecha por el primer ministro, Abiy Ahmed, cuando asumió el cargo en abril y que pudo concretar tres meses después.

Además de la firma de la Declaración de Paz se reanudaron los servicios aéreos, reabrieron las líneas telefónicas y restablecieron misiones diplomáticas.

En tanto, Bizen, que reside en las afueras de Zalambessa, perteneciente al norteño estado regional de Tigray, vio cómo su casa e transformaba de un refugio a un negocio, donde ahora vende bebidas de café a los viajeros.

‘Tengo una lista de clientes cada vez mayor de conductores, pasajeros regulares y soldados, desde que inicié la venta hace una semana’, comentó a Prensa Latina.

Debido a la inseguridad, muchos de sus vecinos en años anteriores trasladaron sus hogares a ciudades como Adi-Grat y Mekelle, lejos de las zonas fronterizas, pero la debilidad económica le había impedido realizar una reubicación similar.

Sin embargo, mi desgracia se convirtió de la noche a la mañana en una ventaja; el tráfico aumentó exponencialmente desde septiembre, lo que hizo el sitio un lugar ideal para descansar, detalló.

Bizen también subrayó que la transformación de un ama de casa a un propietario de una pequeña empresa en ascenso la ayudó a complementar los escasos ingresos de su marido, permitiéndoles pagar las cuotas escolares y las necesidades diarias de sus hijos.

‘Las buenas oportunidades comerciales me permitieron abrir otras carteras, incluida la venta de productos de plástico y cestas tejidas a mano, mientras trato de satisfacer los requerimientos de mis clientes’.

El dividendo para ella de la reapertura no solo ha sido monetario y de seguridad.

‘Con la medida, he podido reconectarme con mis parientes perdidos hace mucho tiempo en la ciudad de Sahr, en Eritrea, que me brindaron alivio mental y felicidad’, manifestó.

Otros, como Kibreab Baraki, un profesor de tiempo parcial y traductor, espera literalmente sacar provecho de sus habilidades lingüísticas.

Baraki habla con fluidez el amhárico, idioma oficial de Etiopía, Tigrinya, el eritreo, e inglés, que es cada vez más utilizado por civiles y funcionarios gubernamentales.

‘Con el aumento de los lazos, creo que puedo usar mis dotes para ayudar a reconectar a la ciudadanía’, refirió a Prensa Latina.

Pero no está limitando sus ambiciones a meras obras de traducción; hizo también contactos con los operadores turísticos en el vecino Estado para facilitar las oportunidades entre las ‘naciones hermanas’.

No obstante, advirtió que el proceso de paz debe promoverse activamente a nivel del terreno para garantizar que la estabilidad recién encontrada sea duradera y tenga un enfoque de beneficio mutuo.