Paz y terrorismo, dos perfiles de la cuestión maliense

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Mali soldadosPor Julio Morejón *

Hubo esperanzas de concretar la paz, pero a finales de 2015 un ataque terrorista a un hotel en Bamako desanimó a muchos malienses que temen retorne la guerra y se prolongue la actual intervención militar extranjera.

En el año que concluye, si bien el gobierno avanzó en las negociaciones con los movimientos armados de la norteña comunidad tuareg, el espantajo del integrismo asociado al separatismo continuó golpeando como una pesadilla.

Ese Estado de la región africana del Sahel aún arrastra las consecuencias de un conflicto interno que comenzó en 2012 con un levantamiento guerrillero en la zona septentrional e indirectamente vinculado con la guerra en Libia, en la cual asesinaron al líder Muammar Gadafi, y se desarticuló el monopolio estatal de su armamento.

Según observadores políticos, el caos libio hizo emerger un dilema histórico respecto a la jurisdicción de un territorio enorme, que una parte de la población tuareg reclama como la cuna de su comunidad y por ello demanda su separación económica, política y social de la geografía maliense: el Azawad.

Pero como todo proceso, la guerra también se complicó y el Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA) demandó apoyo de organizaciones que -desmarcadas del laicismo de la guerrilla- asumían los referentes del extremismo de confesión islámica.

En 2012 los aliados conciliaban sus criterios, aunque las fricciones sobresalían, al punto de que formaciones como Ansar Dine y Al Morabitum operaban en forma independiente, y sus intereses sobrepasaban las exigencias territoriales cuando planteaban imponer una interpretación extremista de la Sharía, la Ley musulmana.

La operación militar franco-africana Serval en 2013 acabó en lo fundamental con la preeminencia integrista en la región norteña y aclaró el ambiente para que el MNLA y otros grupos políticos tuaregs se sentaran a negociar con el gobierno de Bamako en un proceso apoyado por la diplomacia argelina y que se extendió dos años.

El 1 de marzo, el gobierno y representantes de varios grupos armados de la comunidad tuareg que controlan el norte del país firmaron lo que identificaron como un acuerdo preliminar de paz, pero no todos las organizaciones se adhirieron a ese texto.

A la quinta reunión de apoyo al diálogo para la solución del conflicto maliense -un evento considerado de suma importancia- a Bamako lo representó el primer ministro, Modibo Keita, así como asistieron a la cita diversos grupos políticos y milicias rebeldes, y también figuras oficiales de Níger, Mauritania, Burkina Faso y Chad.

Al encuentro asistieron diplomáticos de la Unión Africana, la ONU, la Unión Europea, la Organización de Cooperación Islámica (OCI) y la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (Cedeao), que demostraron la preocupación internacional por resolver el disenso.

El 20 de junio de 2015 se firmó el acuerdo de paz, luego de mucha reticencia por la parte tuareg, que al parecer debió lograr un mayoritario consentimiento interno para rubricar el texto, cuya presentación fue bien recibida en los corredores de la política mundial y en el ámbito de las relaciones interafricanas.

Luego de transitar un difícil camino, en 2015 las partes llegaron a un compromiso: se acordó la distensión para lo cual el Ejecutivo demostró interés en satisfacer intereses de la comunidad septentrional, como el reforzamiento de la autonomía, pero excluyendo la secesión del Azawad.

Los tuaregs representan alrededor del dos por ciento de la población maliense, pero también habitan en Níger, Burkina-Faso, Mauritania, Libia y Argelia, por lo que cualquier asunto relativo a esa comunidad se transforma en un tema subregional y uno de ellos es el de la seguridad.

TRAS EL PROTOCOLO

Sin embargo, la firma del acuerdo de paz no resolvió las discrepancias internas entre quienes están por la separación de la composición de Mali y quienes asumen la postura gubernamental. Tal contradicción devino choques armados y reforzó el presentimiento de que la distensión moriría prematuramente.

En septiembre pasado, diversos analistas políticos coincidían en que el pacto concluido el 20 de junio se hallaba en un punto muerto y que sólo tres meses después de su firma su cumplimiento generaba escepticismo entre la mayoría de los malienses. Las contradicciones intra-tuaregs decidían entonces el pulso de los acontecimientos.

La declaración de la Coordinadora de los Movimientos de Azawad (CMA), respecto a la ocupación de la zona de Anefis por la progubernamental Plataforma y el siguiente intercambio de acusaciones resultó un gran pretexto para las posiciones políticas más radicales, que rechazaron el entendimiento entre todas las partes.

La quinta ronda de negociaciones sesionó en Argelia, mientras paralelamente ocurrían combates en la región maliense de Tabankort entre rebeldes tuaregs y milicias progubernamentales, que causaron varios muertos, por esos enfrentamientos se acusaron mutuamente el MNLA y el Gatia, aliado al Gobierno.

Otro componente bélico del mosaico político-militar en Mali es el Frente de Liberación de Macina, de Amadou Kufa, del que poco se difunde en comparación con Ansar Dine, Al Morabitum, el Movimiento para la Unicidad y la Jihad en África Occidental (Mujao) y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Varios de esos grupos asumieron la autoría del ataque al hotel Radisson Blu de Bamako, una operación que causó 21 muertos; tras el secuestro de todos sus ocupantes durante varias horas, Al Murabitum, del terrorista argelino Mokhtar Belmokhtar, fue el primer grupo integrista en reclamar su responsabilidad en tal hecho.

El 7 de agosto hubo un ataque similar contra el hotel Byblos, en Sevare, a 600 kilómetros de Bamako, que causó 12 muertos y su destaque en la prensa internacional fue por la toma de rehenes, entre ellos varios de la Misión de las Naciones Unidas (Minusma); esa acción la perpetró un grupo extremista de confesión islámica.

La agresión contra el Radisson Blu en noviembre coincidió con el deceso de un sargento-jefe del Comando de Paracaidistas del Aire francés número 10, de unas heridas sufridas un mes antes al su vehículo activar una mina terrestre colocada por grupos terroristas en el norte de Mali.

En tanto en 2015 se registró una tendencia a continuar acciones armadas contra la Minusma, y no se descarta un declive en 2016 por el perfeccionamiento de los mecanismos de vigilancia y el fortalecimiento de las acciones antiterroristas con el respaldo internacional, pues este país es estratégico para la seguridad del Sahel.

No obstante esa perspectiva optimista choca con que teniendo recursos -oro, petróleo y uranio- es uno de los Estados más pobres del mundo, donde la mitad de la población sobrevive por debajo de la línea de pobreza y casi un 60 por ciento no tiene acceso a agua potable, según organizaciones humanitarias occidentales.

*Jefe de la Redacción Africa y Medio Oriente de Prensa Latina.