Otro año tenso en el Sahel

0
67

Por Julio Morejón

La muerte de Abu Abderramán al Maghrebi, del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (GSIM), sobresalió en la lucha contra el terrorismo en 2019 en la región africana del Sahel.

Abderramán al Maghrebi, también conocido como Ali Maychu, resultó abatido por efectivos de la operación francesa Barkhane, que trata de neutralizar la incidencia de organizaciones radicales de base confesional en la franja territorial fronteriza con el Sahara por el norte y con la sabana tropical africana por el sur.

El Sahel, una faja de hasta cinco mil 400 kilómetros de ancho atraviesa África desde el océano Atlántico hasta el mar Rojo, posee extensas áreas semidesérticas, lo cual le agrega un componente agreste al hábitat y escenario de disputas por las escasas fuentes de vida, principalmente los recursos hídricos.

En esa zona los dilemas políticos se conjugan con los de supervivencia en un tiempo crítico, cuando los Estados de la región aún son incapaces en su totalidad de dar un giro definitivo y romper con el subdesarrollo heredado de las relaciones coloniales y empeoradas hoy con el dictado neoliberal.

A la vez allí se registra un incremento de problemas socioeconómicos como la pobreza y de inseguridad con la presencia de grupos terroristas, cuyos prosélitos son mayormente jóvenes que se debaten entre la miseria y la falta de perspectiva, y son atrapados por el fanatismo.

‘(?) todas las amenazas para la seguridad se entremezclan. El islamismo combatiente se fusiona con el terrorismo internacional, la piratería y todo tipo de tráficos ilícitos. Las antiguas redes y las recientemente constituidas se solapan para respaldar la criminalidad internacional organizada librándose de distancias y fronteras’, según Aarón Raiss Costa.

Durante el 2019 se repitió la historia y sufrieron sus efectos en forma muy significativa Mali y Burkina Faso, dos miembros del esquema de integración subregional G5 Sahel, un bloque en el que también están Chad, Níger y Mauritania, aunque los dos primeros sufrieron significativamente los efectos de la violencia de cariz confesional.

A finales del segundo semestre, en octubre, el Estado maliense sufrió uno de los peores ataques perpetrados por terroristas en los últimos años: una ofensiva coordinada que causó más de 40 muertos -25 soldados del Ejército y 15 extremistas- y se reportaron 60 militares desaparecidos, quienes pudieron ser secuestrados por los asaltantes.

La región central de Mali resultó uno de los escenarios más impactados por agresiones de las katibas, destacamentos de los grupos fundamentalistas de confesión islámica, que desde 2018 incrementaron su capacidad táctica y operativa tras la fusión de varias facciones en el GSIM, comandado por Iyad Ag Ghaly.

En esa entidad también están presentes filiales de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), algunas de ellas lo suficientemente alejadas del mando central que presuntamente tienen, pro con capacidad y facultades para actuar de manera independiente, conforme con sus intereses inmediatos.

Otro objetivo de las acciones armadas extremistas fue el contingente de la Fuerza Multidimensional Integrada de Estabilización de la ONU en Malí (Minusma), que en 2019 resultó muy afectada en sus instalaciones en el centro y las áreas en la región septentrional, declaró el presidente maliense, Ibrahim Boubacar Keita, ante la Asamblea General.

La inseguridad en la zona central de Malí escaló en los últimos meses con los atentados terroristas y los enfrentamientos entre comunidades, que ocurrieron principalmente en la región de Mopti y en la frontera con Burkina Faso, sintetizaron medios de prensa.

Por su parte el mandatario, destacó ante el plenario de Naciones Unidas el avance del país en la reconstrucción institucional respaldada militarmente por la Minusma y por las tropas de la operación gala Barkhane.

En 2019 mejoraron las relaciones entre los principales movimientos de las comunidades, principalmente los tuareg, asentados en el norte, con el gobierno de Boubacar Keita, que trabaja junto con otros factores internacionales en la extensión de la paz y la seguridad como necesidad inherente a la consolidación del pacto nacional de convivencia.

Burkina Faso ?el otro botón de muestra del acontecer saheliano- también padeció la agresividad terrorista. Agencias humanitarias calcularon que en los pasados 12 meses hubo más de 640 muertos y 486 mil desplazados internos, cifras que superaron las del año precedente e indujeron a considerar la existencia de una crisis en ese renglón.

Los ataques de las agrupaciones terroristas, entre las que sobresale Ansarul Islam, son perpetrados por individuos que se infiltran desde suelo maliense y se vincula con un jefe de jerarquía reconocida entre los integristas, el predicador Amadou Kouffa, cabeza del llamado Frente de Liberación de Macina.

En Burkina Faso ?que durante mucho tiempo se consideró el país más estable de África occidental- ya no lo es tanto, desde 2015, cuando sufrió el primer ataque terrorista y palpó la amenaza de otros eventos de ese tipo en su territorio, aunque en principio se interpretó como violencia importada por grupos oriundos de Mali.

En diciembre de 2016, un imán radical procedente del norte del país, Ibrahim Malam Dicko, creó Ansarul Islam, lo cual reforzó el activismo político extremista en el Sahel, a la vez que intensificó la asonada de terror en Burkina Faso, (Patria de hombres íntegros, en lenguas mooré y dyula).

De septiembre de 2018 a febrero de 2019, en ese Estado hubo 34 ataques terroristas por mes y desde 2015 esas agresiones causaron unos 400 muertos, lo que evidenció cómo se trata de imponer el caos al poder central, que sobrevivió a una conspiración hace cuatro años, con la cual se pretendía restablecer a Blaise Compaoré, derrocado en 2014.

No se descarta que exista un engarce entre expresidente Compaoré -ahora exiliado en Costa de Marfil e implicado en el asesinato del líder africano Thomas Sankara- y la emergencia de grupos terroristas en Burkina Faso. Para estudiosos, la intención es desmontar el proceso democrático que comenzó a articularse después de 2014.

Conforme con datos de un balance de 2019 desde principios de año las acciones de comandos radicales, las contraofensivas militares y la violencia desatada entre comunidades, causaron cientos de muertos y unos 150 mil desplazados, lo cual provocó una grave crisis humanitaria que persiste.

‘Según cifras de las Naciones Unidas (ONU), desde el inicio de 2019, se han visto obligadas a abandonar sus casas, a un ritmo aproximado de unas mil personas al día. Lo que de continuar así, según los expertos, para fin de año el número superaría a los 380 mil’, cita el analista político Guadi Calvo en rebelión.org.

Bajo la férula del terrorismo transcurrieron en la región del Sahel los pasados 12 meses, y aunque la posibilidad de insistir en la variante militar podría eliminar a personajes que avivan el integrismo y sus instrumentos, no erradicaría todas las variables económicas, políticas y sociales que le dan vida?aún habrá que esperar más tiempo para ello.