Mali: La paz espera su oportunidad

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Presidential candidate Keita speaks during a news conference BamakoPor Julio Morejón

El ataque a un cuartel del Ejército y los combates entre facciones de la comunidad tuareg en el norte del país, sin detener totalmente la marcha de Mali, obstaculizan que logre una paz plena.

Este Estado de la franja sahelo-sahariana que atesora grandes monumentos de la cultura universal como la ciudad de Tombuctú, todavía permanece lejos de la paz, pese a que en 2015 el gobierno y las milicias de la comunidad tuareg firmaron un acuerdo al respecto.

Cada paso hacia la convivencia en general y la conciliación política real norte-sur en particular, encontró obstáculos en un escenario cuya estabilidad se requiere para la seguridad de una zona geográfica donde convergen modos distintos de desarrollo socioeconómico, herencias ideológicas diversas y disímiles fundamentos confesionales.

Quizás esas distinciones en un medio físico bastante hostil, donde sobrevivir es un enfrentamiento constante con una naturaleza austera -como es el Sahel, embargado por el cambio climático y socialmente en una pobreza insistente-, marcan con crudeza la conciencia colectiva en la vía hacia la violencia.

De eso precisamente se trata, de cómo ese tipo de reacción atenta contra el progreso de la vida en el país, que el gobierno de Ibrahim Boubakar Keita plantea conservar y dirigir como un todo, es decir como Estado, pese a las diferencias presentes en cuanto a comunidades y confesiones.

DEVOTOS DEL TERROR

El 19 de julio, 12 soldados murieron y 35 sufrieron heridas cuando hombres armados atacaron una base militar y la ciudad adyacente en el centro de Mali, durante lo cual dispararon contra posiciones del Ejército, incendiaron dependencias y saquearon negocios, una maniobra de varias organizaciones extremistas.

Esa acción -se supo pocos días después- fue una operación conjunta de tres grupos terroristas que actuaron para golpear dos veces a los militares en un solo asalto, los fundamentalistas tomaron brevemente el control de la dependencia castrense de Nampala, en la zona semidesértica cerca de la frontera con Mauritania.

El asalto lo perpetraron comandos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), Ansar Dine y una formación recién creada de defensa de la identidad peuhl, una comunidad de la región central, lo que comienza a presentar los tintes grises del asunto, la existencia de nuevas organizaciones armadas.

El ministro de Defensa, Hubert Coulibaly, no amplió sobre el particular, pero otras fuentes se refirieron a que el primer ataque lo perpetró la nueva Alianza por la Salvaguarda de la Identidad Peuhl y la Restauración de la Justicia en Mali, que a bordo de unas 40 camionetas bombardearon la instalación militar desde el sureste.

Eso obligó a los soldados a retirarse, pero cuando se replegaban al municipio de Diabaly cayeron en una emboscada de Ansar Dine, aliada con el Frente de Liberación de Macina, del extremista Amadou Kouffa, y juntos atacaron a los soldados que huían de Nampala, a quienes les causaron varias bajas, un evidente doble golpe.

Los testimonios recogidos por los periodistas coincidieron en que la coordinación de esa operación bien urdida fue de AQMI, que además se aseguró de que los agresores se apoderaran de todo el armamento posible y retiraran del lugar los cadáveres de sus partidarios.

Aunque se desconocen aspectos del contraataque del Ejército, lo cierto es que apenas comenzaron a reponerse del asedio terrorista, las fuerzas especiales atraparon a un alto jefe de Ansar Dine, Mahmoud Barry (Abou Yehiya), a quien los órganos de Inteligencia identificaron como una de las figuras de más alto rango en la rama del grupo en Mali.

Barry era el denominado emir (jefe) de la unidad de combate Macina y está detrás de varios ataques contra las fuerzas de seguridad el año pasado, así como se considera que participó en los sucesos de Nampala.

Tras varios días de seguimiento, al sospechoso lo capturaron en una zona entre la base militar de Nampala y Dogofri, región central de Segou, cerca de las fronteras con Burkina Faso y Níger, países del Sahel que pudieran ser víctimas de las agresiones de los grupos fundamentalistas.

En esa región maliense los ataques son cada vez más frecuentes, tanto de elementos criminales como de grupos extremistas, coinciden especialistas militares, al destacar la escalada terrorista desatada desde el asalto el pasado 20 de noviembre contra el hotel Radison Blu en Bamako, que causó 22 muertos, dos de ellos extremistas.

«Aunque el Estado Islámico no parece haber extendido sus tentáculos en este país, el escenario global de lucha contra el terrorismo (â��) sitúa de nuevo a Malí en el centro del mapa del interés mundial», apunta un artículo del periodista José Naranjo, con lo cual expresa un vaticinio peligroso y lejos de la añorada paz.

PERSISTENCIA DEL CAOS

Mientras se prevén ofensivas contra las formaciones extremistas de confesión musulmana, que en alguna medida se acercan o alían con Al Qaeda en el Magreb Islámico, otro factor de desestabilización continúa presente en el norte de Mali, donde no se materializa la convivencia en el interior de la norteña comunidad tuareg.

En 2015, el gobierno y las guerrillas norteñas firmaron un acuerdo de paz, en el cual Bamako se pronunciaba por mejorar las condiciones socioeconómicas de esa zona, así como un fortalecimiento en cuanto cuestiones de la autonomía, pero todo en el contexto del respeto a la integridad nacional.

Por su parte, los movimientos armados comunitarios evitaban una de sus grandes demandas, la secesión del Azawad, donde consideran está su origen, pero que territorialmente también incluye a varios países de esa parte de África, por lo cual internacionalmente cualquier acción separatista relativa al asunto es arriesgada.

Sin embargo, las tensiones se multiplicaron en el seno de la comunidad tuareg, donde hay dos corrientes enfrentadas -una progubernamental y otra que opta por mantener el ideal de la separación-; ambas partes violan el acuerdo de paz y también colocan en peligro a una población que sufre crisis humanitaria.

Según la Misión de la ONU en Mali (Minusma), los combates escenificados a finales de julio entre la milicia progubernamental Gatia y la Coordinadora de los Movimientos del Azawad (CMA) causaron 16 muertos y 17 heridos, pero ambos contrincantes se acusaron mutuamente de iniciar los choques en la ciudad de Kidal.

Esos choques ocurrieron a pocas horas de que las autoridades malienses decretaran el estado de emergencia por 10 días, como consecuencia de la persistente amenaza terrorista en el país, una decisión oficial dirigida tanto a parar las acciones extremistas como a procurar calmar a los milicianos tuareg, pero aún se esperan los resultados.