Los refugiados y su tragedia sin final a la vista

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Por Moisés Saab
Dos hechos separados retrotraen a la actualidad la dramática situación que atraviesan el mundo y en particular zonas del continente africano y del Levante por la crisis de los refugiados.

El más notorio en términos de visibilidad mediática fue la Conferencia Internacional de Solidaridad con los Refugiados, celebrada días atrás en Kampala, la capital de Uganda, a la que asistieron líderes africanos y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres.

En el cónclave quedó de manifiesto que Uganda y Etiopía comparten el honroso papel de ser los dos países africanos más amigables para con los desplazados por los conflictos étnicos, las luchas intestinas por el poder, los brotes de enfermedades mortales y, peor aún, la omnipresente amenaza de hambrunas cíclicas debido a una sequía que parece interminable.

Por su lado, Turquía ocupó el primer peldaño a nivel mundial por número de refugiados en su territorio: dos millones 900 mil, seguido de Pakistán, con un millón 400 mil y el pequeño Líbano, que en sus 10 mil kilómetros cuadrados de extensión territorial alberga a un millón de desplazados y migrantes indocumentados, en su mayoría procedentes de la vecina Siria.

Es una de las paradojas más dolorosas del mundo actual: en el caso de África aquellos que no causaron la tragedia, asumen la consecuencia de las taras dejadas por siglos de explotación colonial de sus recursos naturales, entre ellos los bosques, agravadas por décadas de neocolonialismo.

Se trata de un holocausto persistente, mayor varias veces que el provocado por los nazis durante la II Guerra Mundial contra los judíos, eslavos, minusválidos, homosexuales, católicos, miembros de minorías étnicas y, en particular, comunistas.

Por uno de esos contrasentidos que crean los intereses mediáticos, proliferan las menciones a aquella matanza indiscriminada de los nazis sobre el apocalipsis que atraviesan poblaciones enteras en África.

Ante los ojos impasibles de gran parte de la sociedad masas humanas vagan sin destino por caminos desérticos y en muchos de los casos dejan sus huesos en el camino, cuando no encuentran una tumba solitaria en las aguas del Mare Nostrum, como llamaban los romanos al Mediterráneo cuando su imperio disfrutaba del esplendor.

En el cónclave ugandés el mundo fue puesto una vez más ante un lento genocidio del que nadie quiere responsabilizarse, como si ocurriera en una dimensión paralela en la cual todos tuviésemos un doble exacto, pero libre de conflictos.

Las estadísticas son aterrorizadoras: en 2016 la cota de refugiados y desplazados internos en todo el planeta alcanzó los 65 millones 500 mil personas, un alza neta de 300 mil respecto al año anterior, con tendencia al aumento en el que transitamos, cuenta habida la persistencia de las crisis que ocasionaron los éxodos y desplazamientos forzosos.

El informe cuenta con el aval del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, una entidad apolítica de cuya objetividad es imposible dudar, por más que los principales responsables de esa situación, las expotencias coloniales, acudan a la táctica del avestruz de enterrar la cabeza en el suelo para no ver el problema.

Las razones de esa crisis son varias, pero además de las condiciones que la ocasionan en África subsahariana, están los conflictos en Siria y Libia, junto a la expulsión de sus tierras de los palestinos desde la creación del estado de Israel en 1948, pruebas de convicción más que tangibles en un improbable proceso judicial contra los poderes que en el mundo son.

Durante cada uno de los 525 mil 600 minutos del año 2016, 20 personas se vieron obligadas a abandonar sus residencias debido a persecuciones, conflictos, violencia, epidemias o violaciones de los derechos humanos, afirma el reporte de la agencia de la ONU.

Todos esos congéneres nuestros son víctimas, pero algunos son más atormentados que los otros, en específico los niños, que constituyen la mitad del número total de refugiados, aunque representan poco más del 31 por ciento de la población mundial.

Una arista paradójica de la situación es que esta tragedia de los unos es el beneficio de otros, en particular los operadores del tráfico ilegal de personas, el único comercio que prospera en países como Libia, cuyas turbulencias comenzaron con el derrocamiento del proceso liderado por el extinto coronel Muammar el Ghadafi vía la intervención armada de países miembros de la OTAN.

Es con la atormentada Libia de hoy que se relaciona el segundo hecho: días atrás las autoridades de Níger, uno de los países más pobres del mundo, dieron por muertas a medio centenar de personas que viajaban en una caravana de tres vehículos todoterreno por el Sahara con destino al país norafricano, donde contratarían los servicios de traficantes de humanos con la esperanza de que los depositarían, previo pago, en las costas de algún país europeo.

La noticia de su muerte solo fue conocida gracias a que 23 hombres que viajaban en el mismo convoy pudieron vagar por el desierto durante varios días hasta llegar a un lugar poblado y notificar a las autoridades.

Una partida militar fue enviada a buscar a los demás indocumentados, pero solo encontraron los cadáveres de 15; los restantes 37 pasaron a engrosar las estadísticas de desaparecidos, siempre crecientes y con tendencia a aumentar, según los pronósticos del Alto Comisariado de la ONU para los Refugiados.

Pero incluso de haber logrado sus propósitos, esos seres humanos realizaban un viaje sin final feliz posible, ya que el arribo a su destino idealizado en vez de asegurarles la llegada al país de Jauja, solo significaba el inicio de otra ordalía pues Europa los rechaza.

Ni siquiera los emigrantes con mejores condiciones económicas tienen un margen tolerable de certeza de lograr sus propósitos, disminuidos de manera sustancial con la entrada en vigor parcial de la prohibición de entrada en Estados Unidos decretada por el presidente Donal Trump contra varios países de mayoría musulmana.

La magnitud de ese apocalipsis es fácil de ejemplificar: los casi 66 millones de desplazados y refugiados podrían constituir la población de un país de más que medianas proporciones, como Francia, para citar solo un ejemplo.

Pensemos por un instante cuántos genios matemáticos, escritores deslumbrantes, científicos destacados y personas con habilidades sobresalientes podrían residir en ese territorio imaginario que, en la realidad, es ni más ni menos, el reino de un drama sin desenlace feliz a la vista.