Libia, siete años después: de la revolución a estado fallido

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Siete años después de su inicio, la revolución ha significado la regresión de Libia a su periodo precolonial. La revuelta ha acabado en un estado fallido, política y territorialmente fragmentado, violento, y en el que cada día que pasa parece más difícil su reconstrucción como estado unificado.

El conflicto armado abierto desde 2011 se ha cobrado las vidas de más de 5.000 personas, casi un millón han huido de sus hogares, sus exportaciones de crudo han descendido un 90 por ciento y las pérdidas de su PIB se contabilizan aproximadamente en 200.000 millones de euros durante los últimos ocho años, según cifras recogidas por Middle East Monitor.

El país es uno de los escenarios más sórdidos de la actual crisis migratoria; sus cárceles son escenario de abusos y torturas a los inmigrantes subsaharianos. Más de 2.000 pequeños grupos armados, dessde criminales comunes a yihadistas, compiten por una porción de tierra y por los recursos de hidrocarburos. La criminalidad alcanza niveles históricos.

La lucha por el control de los recursos ha aplastado los ideales revolucionarios dirigidos por cabecillas incapaces de gestionar una reconstrucción pacífica “Ya no hay líderes carismáticos”, explica Rafaa Tabib en su informe “Robando la revolución”, para el Norwegian Peacebuilding Resourcing Centre.

“Los principales insurgentes desertaron voluntariamente tras derrotar a la Jamahiriya (el nombre con el que se conoce al antiguo régimen del líder histórico libio Muamar Gadafi, linchado hasta la muerte en Sirte en octubre de 2011) al ver la deriva violenta que estaba adquiriendo la revolución, y fueron sustituidos por nuevos comandantes más interesados en la conquista territorial”, según Tabib.

GOBIERNO INVIABLE, LUCHA DE PODER

Libia es, a día de hoy, un escenario político complejísimo con tres centros de poder reconocibles. El primero es el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), con sede en Trípoli desde el 30 de marzo de 2016 y cuyo “consejo presidencial” está dirigido por Fayez al Serraj. Este organismo nació de la firma del Acuerdo Político Libio (LPA) mediado por Naciones Unidas en diciembre de 2015. El GNA debe ser respaldado por la Cámara de Representantes con sede en Tobruk, pero la cámara ha rechazado su composición en dos ocasiones.

El segundo centro de poder ha entrado en declive con el paso de los años. Es el llamado Gobierno de Salvación Nacional de Jalifa Ghwell, que descansa en la autoridad de una escisión del Congreso Nacional General (GNC), el resucitado Parlamento libio originalmente elegido en 2012. Este gobierno también tenía su sede en Trípoli, pero ya no controla ninguna institución relevante. En octubre de 2016, Ghwell intentó reafirmarse sin éxito. Sus fuerzas fueron expulsadas de Trípoli en primavera de 2017. La gran mayoría de los miembros del GNC (también conocido como el Parlamento de Trípoli) han sido expulsados.

El tercer centro de poder está compuesto por las autoridades con sede en Tobruk y Bayda, que también debían trabajar bajo el acuerdo político libio por el que la cámara de representantes de Tobruk se transformaría en una autoridad legítima. Sin embargo, falta todavía una enmienda constitucional para consagrar a esta cámara como una institución autorizada. Lo que sí hizo el Parlamento de Tobruk fue validar a un gobierno rival de Abdulá al Thinni, que ostenta el título de primer ministro  (en rebelión) y opera desde la ciudad libia oriental de Bayda. Las autoridades de Tobruk y Bayda se han alineado a una figura esencial para el futuro del conflicto: el general Jalifa Haftar.

Haftar, líder del Ejército Nacional Libio, es ejemplo de fuerza bruta y dominador del este del país, así como una destacada figura de los últimos 40 años de historia en Libia, antiguo subordinado de Gadafi, exiliado a Estados Unidos, activo de la CIA, detestado por los islamistas (algunos de los cuales están estrechamente vinculados al GNA) y acusado por Alex Whiting, un antiguo integrante del Tribunal Penal Internacional, así como por ONG como Amnistía Internacional, de asesinatos extrajudiciales y torturas. El 18 de septiembre de 2015 Haftar proclamaba a sus hombres en un discurso recogido en vídeo: “Aquí no hay prisioneros. Aquí no hay cárceles. El campo de batalla es el campo de batalla. Fin de la historia”.

Haftar y sus hombres seguirán formando parte del futuro de Libia porque el Gobierno reconocido por la comunidad internacional ha sido incapaz de consolidar un Ejército nacional, el único instrumento que sirve ahora mismo para controlar un país que, sin la mano de hierro de Gadafi y sus relaciones con las élites tribales, ha regresado a la descomposición.

“Ahora mismo no existe ninguna estructura de movilización pacífica”, explica Tabib. “La ausencia total de intermediarios, en forma por ejemplo de partidos políticos, que impuso Gadafi durante sus 40 años en el poder ha provocado que en Libia no exista tradición alguna de negociación política: la única forma de resolver el conflicto es a través de las armas”, añade.

La sombra de Gadafi se extiende hasta nuestros días y ejemplo de ello es la situación actual del pueblo de los tawerga, unas 40.000 personas expulsadas de la ciudad de su mismo nombre en 2011 por las milicias antigadafistas de Misrata como castigo por apoyar al sátrapa durante la guerra y por cometer presuntos crímenes contra la población de Misrata. La semana pasada, las milicias de Misrata les han impedido el retorno a sus hogares.

DINERO EN MANO

Y el reloj sigue corriendo. El FMI estima que, en la trayectoria actual, Libia agotará sus finanzas para 2019. Las exportaciones de hidrocarburos, que representan más del 70% del PIB de Libia y el 95% de las exportaciones totales, han caído en picado.

El futuro de Libia está estrechamente relacionado con las perspectivas de la industria, en un país que no solo posee la mayor cantidad de reservas probadas de petróleo crudo (alrededor de 48.400 millones de barriles) y la quinta mayor cantidad de reservas probadas de gas natural en África, sino que su crudo, como el saudí, es más barato de extraer y más fácil de transportar y refinar, de ahí que sea particularmente atractivo para las compañías petroleras internacionales.

De hecho, es en el petróleo donde se puede encontrar algo parecido a una revitalización económica: el año pasado, la producción de petróleo alcanzó su nivel más alto en cuatro años. La producción se ha estabilizado en alrededor de 1 millón de barriles por día en el último trimestre, obstaculizada solo por disputas aisladas y cierres, lejos todavía de la era prerrevolucionaria (1,6 millones diarios).

“Parecido”, porque lo que ha sucedido es que los libios se han encontrado de repente con mucho dinero en mano que ha generado un mercado paralelo de la moneda nacional, el dinar, respecto del dólar. Para un país que ha subsistido con el mercado negro, este exceso de liquidez (motivado en parte por la subida del precio del crudo y el compromiso del país con la restricción de producción de la OPEP) ha supuesto, como mínimo, un acicate económico.

“Hay gente que ha perdido su fortuna de la noche a la mañana, pero ha sido un viaje en montaña rusa que la mayoría de los libios han agradecido”, explica Michael Cousins para The Arab World. “Los precios han caído dramáticamente. Los precios de todo, desde los coches de segunda mano hasta la comida, han caído a plomo.

En dos semanas, el precio de un kilo de cebollas pasó de 3 dinares a menos de 1 dinar. El precio del pan ha caído un 20 por ciento”. Parece ser un alivio en la crisis de liquidez. Pero puede ser provisional y, como tantas cosas en Libia, podría volverse muy pronto contra las autoridades, dada las inmensas posibilidades de corromperse con dinero en mano, y contra una población que lleva siete años a la deriva.