Las vacunas orales: un SOS para los lobos etíopes

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Por Richard Ruíz Julién
En las profundidades de las montañas Bale, en el sureste de Etiopía, trabajadores de la vida silvestre recorren largas distancias para salvar a algunos de los carnívoros más raros del mundo, los lobos.
‘Es un trabajo duro, una batalla cuesta arriba donde a menudo hay que enfrentar las bajas temperaturas de la región’, aseguró Eric Bedin, quien lidera el equipo de monitoreo.

En ese paisaje escaso, a veces nevado, las especies en cuestión, larguiruchas y de color jengibre (Canis simensis), reinan como los depredadores ápice.

Sin embargo, las amenazas combinadas de enfermedades como la rabia y el moquillo canino, así como la reducción del hábitat, ponen en jaque la supervivencia.

Bedin y sus colegas, que viajan a caballo o a pie a través de cambios de clima drástico, rastrean a estos cazadores solitarios durante semanas.

El programa de estudio desarrollado por el grupo durante años, con miras a implementar eventualmente un plan de vacunación, les permitió conocer a casi todos los lobos que viven en las laderas. ‘Realmente, trabajan duro para protegerles’, subrayó Claudio Sillero, un biólogo conservacionista de la Universidad de Oxford que dirige el Programa de conservación de lobos etíopes, del cual el equipo de monitoreo de campo es una parte integral.

En el tiempo que lleva Sillero desplegando esta labor, desde 1987, vio cuatro grandes brotes de rabia, cada uno causante de docenas de muertes de animales en las tierras altas, lo cual redujo algunas poblaciones hasta en un 75 por ciento.

En la actualidad, existen menos de 500 lobos etíopes, aproximadamente la mitad de ellos en Bale.

Así, el nuevo programa de vacunación oral contra la rabia tiene como objetivo ofrecer a los que están en peligro de extinción una oportunidad de luchar; puede ser su mejor esperanza de supervivencia, manifestó el especialista.

A mediados de este año, si todo va bien, las vacunas orales escondidas en trozos de carne de cabra se dispersarán a lo largo de los rangos de hábitat para que puedan ser consumidas.

Una dosis cada dos años debería reforzar la inmunidad contra la rabia entre estas icónicas especies, inmortalizadas en varias de las estampillas postales de la nación.

En los últimos 20 años, dos poblaciones enteras murieron; otra desapareció a principios del siglo XX, según sugiere la evidencia histórica.

Las vacunas orales modernas podrían salvar a las seis poblaciones restantes de un destino similar, argumentaron los expertos.

Para los animales en peligro de extinción, lo que está en juego es alto; algunos conservacionistas son reacios a intervenir con este tipo medidas, refirió Karen Laurenson, epidemióloga y veterinaria de la Sociedad Zoológica de Frankfurt.

Se apoyan en que la enfermedad tiene su lugar en los ecosistemas; puede controlar los niveles de población y ejercer presión sobre las especies para desarrollar resistencia natural, añadió Laurenson, quien comenzó a trabajar con el proyecto de lobo a mediados de la década de 1990.

Usar una vacuna para eliminar una afección podría dejar a las manadas vulnerables a brotes futuros si la misma deja de ser efectiva o deja de ser utilizada; a su vez, en un contexto con múltiples jugadores de poder, un depredador vacunado podría obtener una ventaja antinatural sobre sus competidores, argumentó la científica.

Algunas también conllevan riesgos directos. Las inyectables a menudo requieren atrapar al animal, un esfuerzo costoso que es estresante y peligroso; en tanto, las orales pueden ser recogidas y comidas por otros animales.

Además, para una u otra, que contienen una versión viva pero inofensiva de un virus, existe la remota posibilidad de que la presión evolutiva eventualmente lleve al virus, ahora distribuido por la población, a volverse mortal nuevamente, agregó Laurenson.

No obstante, debido a que el margen de error es escaso para una especie al borde de la extinción, el uso de vacunas se ha limitado a respuestas de emergencia durante los brotes en curso, donde sí son muy efectivos, concluyó.

La batalla cuesta arriba que enfrenta el equipo de Sillero implicó más que los desafíos de cabildear las montañas de Etiopía.

Explicar a los funcionarios del gobierno que las vacunas orales son herramientas de conservación necesarias llevó décadas de trabajo de campo, pruebas genéticas y reuniones.

‘Este es un problema causado por el hombre, no una dinámica natural’, puntualizaron los académicos.

Cada año, pastores y granjeros se mueven más alto en el hábitat de los lobos, trayendo ganado en pastoreo y perros domesticados, que vagan por todas partes y son los principales portadores de la rabia y el moquillo canino.

Los programas de vacunación en ellos no alcanzaron suficientes ejemplares para generar protección prolongada y prevenir brotes en los lobos.

Después de obtener la aprobación definitiva de la Autoridad de Conservación de Vida Silvestre de Etiopía en diciembre pasado, ahora llegaron cuatro mil vacunas; el programa masivo podría despegar este verano, y será el primero dirigido a una especie en peligro en la naturaleza.

El plan básico: distribuir las vacunas por la noche una vez cada dos años, alcanzar al menos al 40 por ciento de la población de lobos elegida y usar cámaras con detección de movimiento para ver si los machos y hembras de alto rango toman el cebo de cada paquete. Es importante mantener saludables a los mejores productores. Etiopía tiene una de las tasas más altas de mortalidad por rabia entre los seres humanos en el mundo, y la disminución de la prevalencia de la enfermedad en cualquier animal con el que las personas entren en contacto es beneficiosa en ese sentido.

Para el lanzamiento inminente de la vacuna oral, que lleva tantos años en negociación, Sillero es optimista. Pero todavía está conteniendo la respiración.

‘Tengo que ver a los lobos tomando los cebos antes de poder felicitar al equipo’, dice. ‘Pero creo que ya casi llegamos’.