La xenofobia obliga de nuevo a huir a los refugiados somalíes en Sudáfrica

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refugiados somalíes en SudáfricaMagullados y asustados, refugiados somalíes llegan al barrio Mayfer de Johannesburgo procedentes de los antiguos guetos negros de la zona, donde las tiendas que regentaban son apedreadas y saqueadas desde hace días por jóvenes sudafricanos desempleados que los acusan de robarles el trabajo.

«Fue la pasada noche. Mientras dormía con mi compañero dentro de la tienda la apedrearon, rompieron la puerta, nos pegaron y se lo llevaron todo», cuenta a EFE Fuad Bari Amin, que logró escapar por la puerta de atrás y ha llegado hoy a su refugio en Mayfair, el barrio somalí situado en el centro de la ciudad.

Refugiado que perdió a sus padres en la guerra de Somalia, llegó aSudáfrica hace dos años y ahora deberá empezar de nuevo tras haber perdido su negocio y todo el género en los pillajes.

Bari Amin -que está herido por los golpes y quiere ir al hospital- habla rodeado de una decena de compatriotas, muchos de ellos también refugiados y todos tenderos huidos en los pasados días de donde vivían y trabajaban.

Todo empezó el lunes de la pasada semana en el mayor gueto de Sudáfrica, Soweto, en el suroeste de Johannesburgo, con la muerte de un adolescente local de 14 años que recibió un disparo de un comerciante somalí, en cuyo colmado intentaba robar con otros vecinos.

El fallecimiento provocó indignación en la zona y residentes airados atacaron durante la semana, ante la impotencia de la Policía, más de un centenar de comercios regentados por extranjeros, en su mayoría somalíes pero también de Etiopía, Bangladesh o Pakistán.

Otras cinco personas han muerto y más de 170 han sido detenidas desde que estallaron los disturbios, que remitieron el fin de semana en Soweto tras haberse extendido a otros guetos del norte y el oeste de Johannesburgo, y también a los alrededores de Pretoria.

La situación era hoy de completa normalidad en Meadowlands, una de las áreas afectadas de Soweto, donde los negocios sudafricanos permanecen abiertos y sólo las rejas cerradas de los colmados somalís permiten imaginarse lo ocurrido.

Cientos de jóvenes pasean a media mañana por delante de los dos centros comerciales de ese barrio, que tiene las calles bien asfaltadas y en cuya gasolinera paran automóviles nuevos y de alta gama.

No tiene el aspecto de un lugar deprimido, pero sufre como muchos lugares del país los efectos de la falta de formación y de puestos de trabajo para los jóvenes (el desempleo juvenil en Sudáfrica supera el 50 por ciento).

«Yo fui de los que saquearon esa tienda. Teníamos que vengar a nuestro hermano», admite a EFE un joven aparcacoches, que acusa a los inmigrantes de vender productos al borde de la caducidad y de prácticas de competencia desleal, como el hecho de que duerman en la misma tienda.

En el mismo sentido se ha expresado la presidenta de la Asociación Sudafricana de Colmados, Rose Nkosi, que ha pedido a los extranjeros que se vayan del país y al Gobierno que entregue las tiendas de los inmigrantes a sudafricanos.

La organización integra a más de tres mil tiendas de todo el país, muchas de ellas en Soweto, que un día fue el epicentro de la lucha contra el dominio racista blanco.

«Es terrible lo que ha pasado. No es justo porque esa gente no hacía más que ganarse la vida», dice un vendedor ambulante sudafricano, que rechaza que los somalís resten oportunidades de salir adelante a los sudafricanos.

Si los extranjeros dominan el mercado, considera, es por la «pereza» y la falta de iniciativa de los sudafricanos.

Pese a que todas las víctimas son inmigrantes, las autoridades aseguran que no se trata de xenofobia sino de «criminalidad» común, algo con lo que no está de acuerdo Fatuma Hassan, hermana de uno de los vendedores que ha abandonado Soweto, quien denuncia que sus hijos han recibido insultos en la escuela por su origen somalí.

«Es un viejo problema y el Gobierno no ha hecho nada», dice Hassan desde Mayfair, al recordar pasadas oleadas de ataques contra inmigrantes como la que en 2008 dejó más de sesenta muertos.

La rodean los comerciantes recién llegados al barrio, que siguen su discurso firme con ojos atemorizados, aún frescas en la mente las imágenes de los asaltos.

Ninguno espera compensaciones del Gobierno ni ha recibido noticia de ello.