La violencia, volcán en erupción en República Democrática del Congo

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La violencia continúa en la República Democrática del Congo (RDC) como un volcán en erupción, con fuentes que la alimentan y amenazan con transformar al país en un estado fallido.

Hoy al menos cuatro focos de violencia se distinguen en la RDC, la mayoría en el oriente y centro del país, aunque ya la tormenta llegó a la capital, Kinshasa, donde se concentran las principales instituciones públicas y de la sociedad civil, que desempeñan los más sobresalientes roles en todo el escenario nacional.

Los problemas que afectan a la RDC son múltiples por su lugar en cuanto a espacio geográfico y geopolítico, donde la colonización belga causó en total más de un millón y medio de muertos.

La RDC -presumiblemente el territorio de mayor diversidad en cuanto a riqueza en África- atraviesa un mal momento, pues la presión política activó el cráter controlado de la disputa por la presidencia del Estado y ahora la lava lo quema todo.

Esa violencia se esparce y afecta a nacionales y extranjeros: el año que concluyó fue el más letal para la Misión de la ONU allí -Monusco-, que sufrió la pérdida de 15 cascos azules y notificó 53 heridos en un ataque de las ugandesas Fuerzas Aliadas Democráticas (ADF), considerada la peor agresión de este tipo sufrida por esa tropa de pacificadores.

PROCESO DE DESESTABILIZACIÃ’N

Lo que ahora se observa es la etapa de un proceso de desestabilización del Estado postcolonial, lo cual también ocurre en otras zonas de África, pero en el caso congoleño es paradigmático, pues luego de ser emblema de la descolonización en 1960, el país se hundió en el marasmo.

Su independencia de corte neocolonial dejó una estructura dependiente de la exportación de materias primas, con una fuerza laboral atrasada y una élite que en gran medida respondía a los estándares de la exmetrópolis, Bélgica, y con ella a los grandes poderes occidentales.

Ese país africano bajo control belga de 1908 a 1960, y que el rey Leopoldo II gobernó como una ‘hacienda’, aún sufre las secuelas de ese período en sus distorsiones a nivel social, pese a que ilustró el proceso de descolonización continental, una de sus figuras más notables, el nacionalista Patricio Emery Lumumba, asesinado en 1961.

Para diversos historiadores, la muerte de Lumumba retrasó en muchos años la verdadera independencia del país. Ese crimen -develado luego por sus victimarios- puso en claro los límites de la democracia occidental ante los reclamos africanos de soberanía y desarrollo.

Apenas formalizada la independencia, el panorama ya era complejo: tropas amotinadas y las provincias de Katanga, con Moisés Tshombe, y Kasai del Sur, rompieron la alianza política establecida alrededor de la figura de Lumumba, y todo se precipitó hacia el caos.

La traición de los congoleños Moisés Tshombe, Joseph Kasavubu (del partido ABAKO, Alianza de los Bakongo) y Joseph Mobutu (convertido luego en Mobutu Sese Seko), para derrocar y asesinar al primer ministro Lumumba, contó con el respaldo de esbirros del exgobierno colonial y de servicios secretos como los de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA).

Dicha conjura -detrás de la cual estaban los intereses de las compañías trasnacionales- abrió una senda tenebrosa en la historia de la actual República Democrática del Congo, la era del mobutismo, que concluyó en 1998, con el exilio en Marruecos del gobernante. Sin embargo, el fin de Mobutu Sese Seko no fue el de la violencia.

Aún se nombraba Zaire cuando la guerrilla de Laurent Desiré Kabila y sus aliados, de Ruanda y Uganda, entraron en Kinshasa y comenzaron a cambiar la historia del país, algo imposible de cara a los intereses de sus dos vecinos, que a la postre rompieron la asociación y fueron a la denominada guerra mundial africana.

MÁS VIOLENCIA

Se atribuye a la funcionaria estadounidense Madeleine Albrich identificar al conflicto bélico de 1998 como primera guerra mundial africana, cuando los aliados de Kabila se pusieron en contra y su autoridad resultó desafiada por una rebelión apoyada por Ruanda, Uganda y en menor medida por Burundi.

Tropas de Zimbabwe, Angola Namibia, Chad y Sudán respaldaban al nuevo gobierno de Kinshasa, con lo cual se inició la devastadora contienda conocida también como la Segunda Guerra del Congo; la primera fue contra Mobutu.

Ese conflicto armado causó más de un millón de muertos y generó consecuencias negativas políticas, económicas y sociales, como son las dificultades para implantar modelos asimilables de gobernabilidad teniendo en cuenta las características de cada región y comunidad.

Asimismo, se afectó la infraestructura productiva, ya deficitaria en la era colonial; se intensificó la explotación de las trasnacionales y socialmente empeoró el declive del nivel de vida de la población, así como sus estándares de seguridad humana. También emergieron más bandas delincuenciales junto a las facciones con perfil ideológico, entre otros aspectos.

Tras concluir la contienda es asesinado Laurent Desiré Kabila, un líder contestatario y quizás por su trayectoria como político y guerrillero, presidente del país de 1997 a 2001, condenado a ser una víctima de la Guerra Fría en un continente asomado al neoliberalismo.

Resulta importante recordar como un elemento más de los vínculos que persisten, que fueron las autoridades belgas las primeras en dar a conocer internacionalmente el asesinato del presidente exguerrillero.

¿Y AHORA?

Todas las variables indicadas en la historia congoleña se relacionan con violentas soluciones de continuidad, las cuales parcialmente dan respuesta a algunos desafíos, pero no han ofrecido una opción definitiva para cumplir dos requisitos: seguridad y desarrollo.

Entre académicos se considera que una RDC inestable rinde beneficios a las potencias extrarregionales, porque lo que ocurra en el territorio congoleño incidirá en toda África central, los Grandes Lagos e incluso en la región austral, que en suma es la mayor parte del área subsahariana.

Potenciar el desequilibrio para mantener sujeto a un Estado puede beneficiar a los grandes capitales del mundo en esta era de la tecnología del coltán (colombo-tantalita), del cual la RDC es el primer exportador mundial y por cuya extracción ingresa poco del comercio internacional.

La violencia escala nuevamente y ahora el motivo de altercado es la carrera opositora contra el presidente, Joseph Kabila, respaldado por las fuerzas de seguridad, pero criticado por parte de la sociedad civil ante un pretendido tercer mandato al frente del país, cuando la Constitución acepta solo dos.

Desde finales del pasado año una nueva dosis letal se sumó al polvorín y es que la oposición política -la cual pactó en diciembre de 2016 con el presidente el asunto de las elecciones para 2017- considera que el tiempo como el año se agotó.

Según estimados, en promedio unas cinco mil 500 personas abandonan sus hogares cada día en la RDC, donde más de 70 facciones armadas luchan por el control de los recursos de manera general, lo cual hace temer que el país pase de la crisis a la catástrofe.

El Observatorio de Desplazamiento Interno (IDMC) indicó que más de 1,7 millones de congoleños huyeron de sus hogares en 2017 debido a la inseguridad, lo cual colocó al total de desplazados en cuatro millones, más que en los casos de Siria, Yemen y Sudán del Sur, que se hallan en guerra.

En las calles se escenificaron choques entre manifestantes y antidisturbios que causaron muertos, la mayoría en Kinshasa, donde los sucesos implicaron a devotos católicos: 82 sacerdotes resultaron detenidos en esa capital y 41 en el resto del país, precisaron medios de prensa.

El Comité Laico de Coordinación de la Iglesia Católica organizó el 31 de diciembre, a nivel nacional, una marcha para demandar la plena implementación del Acuerdo de Fin de Año en todas sus disposiciones, lo cual enfrentó la fuerza pública y eso disparó las tensiones, que se desconocen de hecho cuándo cesarán.