La pesadilla que aterró a Tombuctú

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mali-tumbuctu1Por Julio Morejón
Un tribunal de la Corte Penal Internacional (CPI), en La Haya, Holanda, dictará el 27 de septiembre la sentencia de un caso un tanto peculiar, se trata castigar a un destructor del patrimonio maliense y universal.

Concluyó el proceso contra Ahmad Al Faqi Al Mahdi, un miembro del grupo integrista Ansar Dine, que participó e incluso monitoreó la destrucción entre el 30 de junio y 11 de julio de 2012, de monumentos históricos y religiosos en la norteña ciudad de Tombuctú.

A Al Mahdi se le acusó incluso de que -en su calidad de guardián de la conducta islámica- ordenó la demolición de nueve mausoleos y de una sección de la mezquita del venerado Sidi Yahia, así como de ‘dirigir intencionalmente ataques’ para devastar esas piezas de la cultura mundial.

Eso podría considerarse como una paradoja, ya que curiosamente la creencia popular maliense asocia la destrucción de la puerta de esa mezquita con el fin del mundo; y aunque ahora no llegó el fin de las épocas, en realidad con este proceso en La Haya se pretende atajar (o reparar) una arbitrariedad mayúscula.

Expertos consultados sobre esos hechos consideraron que lo importante para los profanadores era poner fin a la espiritualidad de los símbolos; era desmontar parte de una historia a la cual su ideología no le concede crédito e identifican a quienes rinden culto a tales monumentos como apóstatas.

Uno de esos procuradores de la pureza extrema era Al Mahdi…

El 30 de junio de 2012 Sanda Ould Boumama, segundo jefe de Ansar Dine (Defensores de la Fe), informó ‘oficialmente’ el inicio de la destrucción de los 333 mausoleos de Tombuctú, por considerar que los peregrinajes a estos monumentos constituían muestras de idolatría contrarias al Islam.

RETROSPECTIVA

Lo que parece que concluirá como un acto de justicia comenzó como una novela de terror, cuando una conspiración para imponer una ‘Primavera árabe’ en Libia, lo cual evidentemente falló, aunque asesinaron al líder Muamar Gadafi en 2011, condujo al país vecino de Mali a una lucha por el poder que aún persiste.

Esa trama iniciada en territorio libio se extendió al norte maliense, donde habita mayormente la comunidad tuareg, con la cual se dice que Gadafi tuvo buenas relaciones, y que en diversas jornadas protagonizó levantamientos armados como el ocurrido entre diciembre de 2011 y enero de 2012, el cual respaldaron grupos fundamentalistas de filiación islámica.

Entre los asociados al Movimiento Nacional de Liberación del Azawad, que encabezó la insurgencia estaba Ansar Dine.

Esta alianza se disolvió posteriormente, tras enajenarse del objetivo de la lucha, que era meramente separatista. Los Guardianes de la fe comenzaron a imponer una interpretación rígida de las particularidades del Islam, una práctica con resultados fatales.

La operación militar franco-africana Serval, logró en gran medida neutralizar la actuación de la organización extremista en el norte de Mali, y paralelamente creó un escenario que posibilitó que las guerrillas tuareg y el gobierno de Bamako firmaran un acuerdo de paz, ahora torpedeado por los fundamentalistas.

Pero antes de que la operación Serval lograra sus propósitos, Ansar Dine y otros grupos armados impusieron el terror en Tombuctú, que atesora grandes inmuebles testigos del recorrido de la humanidad para alcanzar la mayoría de edad en el proceso civilizatorio y eso, moralmente, respaldó el enjuiciamiento a Ahmad Al Faqi Al Mahdi.

‘Los hechos ocurrieron, tras las tres grandes mezquitas de Tombuctú: Djingareyber, Sankoré y Sidi Yahi, y sus 16 mausoleos, inscritas en 1988 en el Patrimonio Mundial de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), lo cual acrecentó el negativo impacto de la profanación.

Ahmad Al Faqi Al Mahdi (alias Abu Turab) era uno de los principales encomendados en esa cabalgata demoledora del patrimonio cultural, al que el articulista Aldo Guzmán Ramos en el sitio Rebelión.org conceptualiza como ‘síntesis simbólica de los valores identitarios de una sociedad que los reconoce como propios’.

TomboctuAdemás agrega que ‘Ello implica un proceso de reconocimiento, generalmente intergeneracional, de unos elementos (desde el territorio a la ruina) como parte del bagaje cultural y su vinculación a un sentimiento de grupo’, con lo cual se constata que ese acervo es ante todo vida y sociedad, porque es historia e ignorarlo es irresponsable.

En el acusado coincidieron todas las posibles culpas, lo que él mismo reconoció al decir que: ‘Espero que la pena que se me impute sea suficiente para lograr el perdón’ en relación con todos aquellos a quienes afectó, muchos si se tiene en cuenta que laceró la memoria colectiva universal y el honor de las comunidades en particular.

AL MAHDI

Nacido en 1975, el acusado militó en Ansar Dine, un movimiento tuareg que en 2012 tomó el control de la ciudad maliense de Tombuctú a unos mil kilómetros al noreste de Bamako, junto con otra organización integrista, Al Qaeda en el Magreb islámico (AQMI), pero que opera en la región del Sahel, la franja limítrofe con el desierto.

Al prisionero se le acusa de cometer crímenes de guerra por la demolición de las obras del patrimonio que se datan entre los siglos XV y XVI en la urbe fundada alrededor del siglo XII por tribus tuareg, y a la que llaman la ciudad de 333 santos por el número de sabios musulmanes enterrados allí.

El antiguo profesor se impregnó de aprendizaje islámico desde una edad temprana y rápidamente pasó a ser un ferviente defensor de las interpretaciones más radicales de la ley musulmana (Sharía), que no sobresale entre las demás prácticas hasta la llegada de los extremistas a Tombuctú en abril de 2012.

Conocedor de historia, los integrantes del grupo islamista Ansar Dine acudían a él como ‘la persona más competente y destacado en Tombuctú cuando se trataba de estar bien informado en materia religiosa’, cita de la CPI, que añadió en su informe que al exdocente lo reclutaron con celeridad.

El Mahdi ‘se destacó por su conocimiento local al mismo tiempo ser un altavoz con fluidez para el árabe, y su fondo académica prestó un barniz de credibilidad a la llamada de los extremistas para destruir varios sitios de la lista de la Unesco que consideraban idolatría’.

La cita corresponde a una síntesis de la Agencia Francesa de Prensa (AFP), al reportar el ambiente que rodeó al antiguo profesor devenido destructor, a quien Níger entregó a la CPI a finales de 2015 y tras lo cual se declaró culpable, pues actuó como ‘un musulmán que cree en la justicia’, según su abogado Mohamed Aouini.

Ahora Ahmad Al Faqi Al Mahdi, podría recibir una condena de hasta 30 años de cárcel además ser objeto de una multa o de la confiscación de beneficios, bienes o haberes recibidos de los crímenes cometidos y por los que pidió perdón al pueblo maliense y a toda la humanidad.

Pero, cualquier acto de indulgencia está muy lejos de aplicarse con el individuo que con premeditación se hartó en la intolerancia y como escribió la directora general de la Unesco, Irina Bokovo: ‘La destrucción del patrimonio cultural se ha convertido en una táctica de guerra para difundir el miedo y el odio en los conflictos modernos’.