La esclavitud africana siglos XVI-XIX: apuntes de la pesadilla

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800px-esclavos_en_el_cac3b1averalPor Julio Morejón

Es casi imposible conocer con exactitud hasta dónde arruinaron a África los siglos de tráfico de esclavos, ninguna aproximación histórica o estadística es totalmente precisa, todo intento al respecto parece nulo hoy día.

No obstante, investigadores, con mucho tino, tratan de responder múltiples interrogantes sobre esa práctica que degradó la condición de hombres al convertirlos en bestias de tiro de un sistema socioeconómico, cuyo aspecto moral identificaba como legítimo y legal la propiedad de un ser humano sobre el otro.

El trasiego mercantil negrero en el Golfo de Guinea, por ejemplo, generó además de enormes ganancias, criterios no sólo de apropiación por parte de los dueños del negocio, sino sobre una abigarrada relación dirigida a fortalecer la sumisión personal y la enajenación cultural, toda vez que el esclavo era sólo un útil, una herramienta.

Sin embargo, hasta el siglo XVI, antes del gran desarrollo de la trata, la esclavitud en África no parece haber conocido una escalada notable “más que en la zona sudano-saheliana y probablemente en el Benin”, apunta el historiador Jean Suret-Canale, en África Negra.

El autor amplía que el continente no conoció formas absolutas de esclavitud propias de la antigüedad mediterránea clásica y que “la esclavitud productiva no existía sino bajo formas de esclavitud patriarcal”, así en muchas ocasiones cuando el cautivo no era vendido pasaba a ser parte de la familia ampliada, la unidad económico social.

Para la época existía una noción de fraternidad en cuanto a parentescos, que en cierta medida posibilitaba la aceptación en la comunidad -integrada por clanes o por tribus-, ahí tenía su lugar aquel que se insertaba en el colectivo y el resto no lo consideraba un advenedizo.

Ese tratamiento al esclavo previo al siglo XVI, corresponde a que este sólo aportaba fuerza de trabajo suplementaria al conjunto y por ello no se puede hacer referencia sobre la explotación individual para obtener los grandes excedentes como ocurrirá después de esta etapa con la trata trasatlántica.

“En el antiguo reino de Dahomey, los hijos de esclavos pertenecientes a los particulares eran libres e incorporados a la familia del amo: no se diferenciaban de sus propios hijos más que en el hecho de estar excluidos de todo derecho a su herencia personal (a menos de ser hijos del amo y de una esclava)”, añade Suret-Canale.

Ese orden de vida, sin ser paradisiaco, supone la práctica rutinaria de un vínculo entre seres humanos donde la igualdad fue un lugar común. Esa dinámica se sostenía en equilibrio porque para el individuo de la época la esencia era sobrevivir y no asfixiar al otro esclavizándolo, algo que cambió en los albores de 1600.

África precolonial disfrutaba además de un sistema de intercambios de su producción agrícola, minera, artesanal y metalúrgica e, incluso, un esquema de circulación monetaria basado en el oro, coinciden estudiosos al describir en un cuadro otras características de la región.

MALA TRANSICIÓN

EXclavi-2A partir del siglo XV -con el emplazamiento de las factorías europeas en la costa occidental africana y el intercambio comercial posterior -el excedente productivo, antes meramente agrícola, comienza a asumir un papel de valor de cambio- mientras cobra fuerza un proceso de diferenciación entre poseedores y desposeídos.

Así, a la histórica relación fraternal, aunque un tanto utilitaria, va a sucederla un engarce basado en la búsqueda de más ganancias para la élite de la comunidad, cuyo protagonismo anterior se estructuraba en cargos de responsabilidades: jefe de la distribución de agua, de la división de beneficios de las cosechas, de la pesca y otros.

Tales papeles en el colectivo quedaron relegados a un segundo plano con el intercambio con los europeos, quienes comienzan a imponerse como único factor hegemónico en ese binomio. Así se establece un perjudicial mal de fondo que luego afectará a todas las esferas de la vida africana.

La representatividad respaldada en la jerarquía sobre bienes naturales, cede su lugar ante los recién llegados, y los viejos roles, como la antigua fraternidad que posibilitó y consolidó a esos pueblos, se diluyen y surgen otros basados fundamentalmente en intereses pecuniarios.

Un detalle puntual de la época es la instauración de un régimen de intercambio que, absorbido por las cúpulas africanas, condujeron a la destrucción de sus comunidades tradicionales, cuyos estertores posibilitaron el saqueo de su fuerza de trabajo, lo que en corto tiempo se hizo institución: la trata negrera.

En ese ámbito de cambios al sur del Sahara, los proveedores de esclavos solían ser jefes locales que vendían a los prisioneros, entendidos como botín, capturados en sus guerras o eran traficantes profesionales, que realizaban expediciones al interior de los territorios para secuestrar a esa mano de obra.

Las armas de fuego y la pólvora fueron determinantes para desatar contiendas entre tribus y grupos étnicos, pero también para perpetrar cacerías humanas, así los vencidos se transforman en potenciales piezas de valor, que terminaron almacenados en insanas bodegas de buques dedicados al tráfico de esclavos destinados a una diáspora forzada.

Entre los siglos XVI y XIX, se calcula que los traficantes sacaron del continente a más de 12 millones de africanos con destino al Nuevo Mundo, de ese total se presume que la cuarta parte pereció por los maltratos sufridos en las travesías y como resultado de brotes de enfermedades a bordo.

Se les amontonaba en buques de carga, de 300 a 450 por cada barco, y se les encadenaba en sitios con insuficiente espacio para permanecer de pie, con falta de ventilación, pésima alimentación y escasa agua para beber, todo un sistema que constituiría hoy un crimen de lesa humanidad.

Cuando comenzaron las prohibiciones de ese comercio y se atacaba a los buques de traficantes, muchas tripulaciones se deshacían de los esclavos arrojando la “carga” al mar, antes de que un abordaje descubriera la evidencia y le fuera mal a quienes conducían la nave y a la entidad comercial que lejos de allí lucraba ese tráfico ilícito.

Ese choque entre modelos tiene una explicación histórica, tal encuentro significó la conversión de las relaciones socio-económicas de intercambio más o menos igualitarias en un principio en vínculos de explotación, lo cual sería el proceso previo o de ablandamiento para la colonización abierta.

LA DESVENTURA

Paralelamente al ordenamiento feudal europeo camino al capitalismo, ocurrió un proceso de deterioro de la comunidad tradicional africana, lo cual causó el debilitamiento estructural de construcciones económicas y sociales ancestrales, moldeadas en el ámbito de la acumulación primitiva.

La pérdida de lo autóctono y la imposición de relaciones de propiedad de nuevo tipo, basadas en modos de apropiación más desarrollado, establecieron durante casi tres centurias las reglas de juegos con las que Occidente subdesarrolló al continente, mediante formas tales como el comercio triangular África-América-Europa.

Así, la esclavitud del hombre africano y el colonialismo, de consuno, destrozaron las bases del desarrollo del continente entre los siglos XVI y XIX.