La cuestión somalí, ¿panacea o pesadilla?

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Por Julio Morejón
La alegría escasea en Somalia, apenas se concreta a causa de la guerra y la sequía, pero tal vez un instante esperanzador fue cuando el Parlamento designó al actual presidente, Mohamed Abdullahi Farmaajo.

Esa reciente elección de Abdullahi Farmaajo al frente de la autoridad en Mogadiscio acercó al país al modelo de institucionalidad propuesto por Occidente, aunque aún quedan muchos asuntos por resolver en los corredores del poder como es precisamente su construcción de cara a la contemporaneidad.

Tal asunto será uno de los temas desafiantes para el político, quien ocupó el cargo de primer ministro del Gobierno Federal de Transición (GFT) en 2010-2011 y el pasado 8 de febrero llegó a la presidencia mediante elecciones indirectas definidas tras votación en el Parlamento.

Desde 1991, Somalia sufre la sistemática destrucción de la entidad estatal, por el conflicto armado que se entronizó como forma de vida tras el derrocamiento del presidente Mohamed Siad Barre (1919-1995), cuyo mando en gran medida se sustentó sobre la base de relaciones de clientelismo político, forma de hacer que le sobrevivió.

Tras la era Barre comenzó un largo período de estructuras gubernamentales de transición, provisionales, que abarcaron alrededor de un cuarto de siglo y que ahora con la confección de una nueva legislatura y la elección del presidente, parece que otro nivel de institucionalidad toca a la puerta.

Los citados vínculos basados en la obediencia a cambio de cuotas de autoridad no perecieron de inmediato tras Barre; le sucedieron hasta el punto de que el GFT y el Parlamento Federal de Transición (PFT) establecidos en febrero de 2004, tomaron nota de ese tipo de engarce, que a su vez se vincula con la existencia de los clanes.

Toda esa arquitectura político-social es percibida por Occidente como rasgos pre- estatales, lo cual equivale a colocar a Somalia en un peldaño inferior en su construcción del Estado-Nación y de ahí se presume que le provienen sus dificultades para adaptarse a los nuevos tiempos de ‘gobernabilidad’.

Eso responde en alguna medida el por qué se le concede tanta importancia al reciente paso institucional, pues se trata de convencer a Occidente -que es el gran donante del país- de la validez de las decisiones internas y de la voluntad somalí de asirse al convoy de la historia actual, de la modernidad.

La Unión Africana, la Unión Europea y Estados Unidos hacen su parte al respecto, al proveer al país de algunas condiciones (de seguridad y financieras) pero le corresponde a Mogadiscio emitir señales de cambios, para no alienarse y poder mantener su comunicación con los principales sujetos del escenario global.

CUENTAS PENDIENTES

El proceso electoral y la designación del presidente suponen el fin de la provisionalidad arrastrada desde 1991, tras el derrocamiento de Mohamed Siad Barre y la primera piedra en la construcción del nuevo edificio de la institucionalidad.

Ahora el principal tema pendiente es la guerra que enfrenta la organización Al Shabab con el Gobierno instaurado en Mogadiscio, al cual la guerrilla no le concede legitimidad alguna y asocia con la intervención extranjera, aunque tal administración posee respaldo internacional.

Al nuevo mandatario -quien durante mucho tiempo vivió y trabajó en Estados Unidos-, y a la élite que debe secundarle, les corresponde conducir la nave somalí a un sitio menos tormentoso y para eso cuenta con las nuevas fuerzas de seguridad y el sostén militar y político de la Misión de la Unión Africana (Amisom).

Mohamed Abdullahi Farmaajo llegó a la presidencia mediante elecciones indirectas definidas por el Parlamento, un proceso electoral en el que la responsabilidad de decidir fue de representantes y no de todos los diputados.

SITIO DE INTERÉS

Los comicios presidenciales somalíes se pospusieron en al menos cuatro ocasiones por deficiencias técnicas y falta en la documentación prevista, más que por argumentos de seguridad, aunque estos pesaran lo suficiente. Al fin el miércoles 8 de febrero la Asamblea Nacional se pronunció a favor de Mohamed Abdullahi Farmaajo. Pese los inconvenientes, existen intereses respectos a Somalia que están en el tablero geopolítico internacional y a los que benefició el salto institucional, por ejemplo, la reafirmación del país como guardián de la vía marítima por donde transita gran parte de las mercancías, incluyendo petróleo, que consumen Europa y Estados Unidos.

El Cuerno Africano es estratégico para las naciones del golfo Pérsico por las operaciones militares en curso en Yemen y en el largo plazo para proteger sus intereses marítimos en el mar Rojo y el golfo de Adén. En esa línea, el nuevo mandatario podrá justificar la presencia de misiones antipiratas de la Unión Europea en el litoral somalí.

Así, el provecho que daría la estabilidad institucional otorgará a Somalia un papel más importante en los temas militares en su relación con todo el continente, toda vez que el país posee una de las bases importantes en África, la de Berbera, por la que ahora se avanzó en un trato con Emiratos Árabes Unidos, pero aún sin consenso al respecto.

Además se estima que el interés por Somalia también se vincula con las aspiraciones de ampliar las operaciones del Comando de Estados en África (Africom), lo cual ahora sólo se concentra en lo que las fuerzas de Washington clasifican como acciones de autodefensa contra el grupo Al Shabab.

Todo lo anterior se percibe tras el pronosticado cambio estructural en un país actualmente considerado un Estado fallido, pero que mucho antes fue una pieza estable y sobresaliente del mapa tercermundista y al que traicionó Siad Barre.

Algo más sobre la actualidad de Somalia es que los mandos en Mogadiscio pueden entender que la elección de Abdullahi Farmaajo promueve al individuo capaz de revertir el veto de Donald Trump de entrar a Estados Unidos personas procedentes de siete países islámicos, uno de ellos Somalia, opinan algunos medios de prensa.