La buena vida en el Egipto antiguo

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Por Manuel Vázquez
Muchos de los turistas que merodean entre los remanentes de la cultura faraónica en Egipto quedan justificadamente admirados y sorprendidos por la magnificencia pasada que sugieren los imponentes restos aún en pie de templos con miles de años de antigüedad.

Es común entre los visitantes pensar que el devenir cotidiano de numerosos egipcios del reino de los faraones era cuando menos carente de grandes dificultades, asociado a las relativas comodidades que pudieran brindar esas estructuras monumentales, más parecidas a palacios que a centros de culto.

La idea se refuerza si visitan la aldea faraónica de El Cairo, erigida sobre varias isletas en el Nilo, donde se muestra cómo podía haber sido la vida en el antiguo Egipto, escenificada por ‘actores y actrices’ vestidos más o menos como antaño, representando ancestrales labores cotidianas.

Y es que la idea prevaleciente de cómo debió haber sido el día a día de los egipcios, siglos atrás, proviene de interpretaciones más o menos acertadas de escenas cotidianas esculpidas o pintadas en paredes de templos y tumbas.

En ellas se aprecian agricultores bien nutridos (flacos, pero sin las costillas al aire) labrando la tierra en campos perfectamente irrigados -a menudo conduciendo yuntas de bueyes- o pescadores satisfechos tras una jornada exitosa.

Asimismo, se ve a ciudadanos comunes llevando generosas ofrendas a los sacerdotes que reciben agradecidos esas muestras de respeto y afecto.

Por desgracia, el mundo representado en esas escenas era el seleccionado por sacerdotes y altos dignatarios para perpetuar el resultado de una realidad regida por ellos, o para que acompañara al difunto en el más allá, haciendo de la vida eterna algo perfecto.

Sin embargo, la realidad cotidiana debió ser ‘ligeramente’ diferente. Manuscritos hallados recientemente en Deir El Medina, en la antigua Tebas (hoy Luxor), referidos a actividades comerciales o económicas, permiten vislumbrar el mundo que no pasó por los pinceles o cinceles artísticos.

DIFICULTADES POR DOQUIER

De inicio, las anuales crecidas de Nilo, que si bien hacían de sus márgenes un terreno particularmente fértil, eran bastante irregulares.

Unos años por excesivas, arrasando con poblados, canales y cuanto se hallara a su paso, mientras en otros no eran suficiente para garantizar cosechas mínimamente aceptables. En ambos casos el resultado era el mismo: otro año de hambrunas.

La agricultura, como aun ocurre en muchos lugares del mundo, se realizaba principalmente a mano limpia, a lo sumo con escasas herramientas de madera. El costo de mantener una yunta de bueyes era prohibitivo para la mayoría.

De otro lado, todo indica que la mortandad de los pescadores era bastante elevada gracias a los cocodrilos e hipopótamos que pululaban en el río. Era, sin dudas, una profesión que demandaba arrestos de gladiador… o mucha hambre.

De la irrealidad de los dibujos y grabados habla además el que casi todos los representados andan con el torso desnudo, como si en aquellas eras los crudos inviernos actuales no hubiesen existido.

De hecho, a falta de combustible vegetal abundante para calentarse (dado por la estrecha franja verde del país), las gélidas noches invernales debieron ser una tortura para los más pobres.

Las ofrendas a los sacerdotes, algo que hoy se consideraría un descarado soborno, probablemente no se hacían de manera espontánea, por buenas gentes que fueren los ciudadanos, sino presionados por un injusto y muy corrupto sistema de impuestos.

Reunir los panes, cerveza, carnes, vegetales, peces y aves ofrecidos debió representar un sacrificio enorme para un pobre que deseaba quitarse de arriba a un funcionario corrupto… sobornando a otro de igual calaña, pero más poderoso.

Y al enfermarse, la situación de una persona podía ser desesperada, viviendo en hacinados poblados carentes de la más elemental higiene (la letrina ya se había inventado, pero además de previsiblemente inmunda, se cuenta que cuando el Nilo crecía, su contenido se esparcía por todas partes).

Además, los avances médicos reflejados en películas y libros, como trepanaciones de cráneo o prótesis, sólo estaban a disposición de la parte superior de la muy estratificada sociedad faraónica.

Como consecuencia de todas esas condiciones, la esperanza promedio de vida en el Egipto antiguo no sobrepasaba los 40 años.

Sin embargo, aunque aquella vida pueda parecernos un tanto azarosa y llena de dificultades, los propios egipcios, que carecían de nuestros patrones de comparación (modernos, nos creemos), probablemente calificaran su existencia de ‘normal’, como siempre había sido, y según mandaban los dioses.