Guerra civil y catástrofe humanitaria. Nigeria, 1967-1970

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1956

Guerra civil y catástrofe humanitaria. Nigeria, 1967-1970

Hace 50 años transcurría una de las guerras más publicitadas de África

 

Omer Freixa (historiador africanista, Universidad de Buenos Aires/Universidad Nacional Tres de Febrero, Argentina)

En África las fronteras políticas creadas por los poderes coloniales agruparon colectivos sin tradición de autoridad común o formas compartidas de resolución de conflictos. Estos grupos no tuvieron tiempo de aprender. El extenso territorio que los británicos englobaron y llamaron Nigeria reunió tres naciones y muchas otras más pequeñas. Hoy el país es el más poblado de África, con unos 170 millones de habitantes. Uno de cada seis africanos es nigeriano y, desde el criterio lingüístico, la población está agrupada en tres principales grupos étnicos, subdivididos entre cientos, y con más de 500 lenguajes en un territorio, en general, descripto como dividido en un norte, mayoritariamente musulmán, y un sur, cristiano protestante y animista (Burgis: 2015, 62-63). Entre los grupos mayoritarios, los yoruba, en el oeste, son muy distintos a los hausa musulmanes del norte, que a su vez son muy diferentes a los igbo del este. Esta hibridación llevó a una de las mayores tragedias humanas, la guerra civil transcurrida entre 1967 y 1970, denominada Guerra civil nigeriana o, también, Guerra de Biafra.

La importancia del “oro negro”

Nigeria ha pagado el alto costo de ser el mayor productor africano de petróleo. El crudo comenzó a fluir en 1956 y Estados Unidos fue su primer importador, y Europa el cuarto. Sin embargo, el crudo no trajo prosperidad como debiera esperarse. Al contrario, desde allí, generó problemas y penurias puesto que las dos terceras partes de las nuevas reservas se extrajeron de una región apropiada por secesionistas en 1967 y que fue proclamada República de Biafra, elevando la conflictividad étnica en la joven nación, independizada de Gran Bretaña en octubre de 1960 (Burgis: 2015, 63). Los dramas llegan hasta el presente.

En la actualidad, Nigeria es tal vez la principal fuente africana de energía pero solo genera lo suficiente como para hacer funcionar una tostadora entre cada 44 habitantes. La corrupción es un mal que carcome el país más poblado de África (alrededor de 200 millones de habitantes). Millones de dólares, que debieran haber sido asignados a la puesta en funcionamiento de centrales energéticas, han sido dilapidados y/o malgastados. En conclusión, son varios los analistas y autores que concluyen que, si bien el país tuvo todas las condiciones para ser una nación próspera, sin embargo el petróleo la ha enfermado. Como prueba de lo anterior, el panorama de violencia que suscita el aprovechamiento del “oro negro” cobra una vida cada seis horas en la actualidad (Burgis: 2015, 64, 71, 73, 175, 181).

Una olla a presión en un país estratégico de África occidental

Tras la independencia nigeriana, el 1° de octubre de 1960, pronto el entusiasmo inicial, tras un momento descollante de emergencia de nuevos países independientes (patente en 1960 con emancipaciones masivas en África), dio paso a la desilusión y a la aparición de gobiernos militares. Nigeria no fue la excepción, a instancias de sangrientos golpes de Estado (Oliver – Atmore: 1977, 347).

Pese a lo previsto desde la independencia, el Estado Federal rápido se convirtió en la arena de confrontación de los tres principales partidos políticos, representativos de los grupos étnicos, en pugna por dominar lo estatal y el consiguiente desarrollo de los recursos para el desarrollo. El conflicto político asumió un cariz étnico, el tribalismo devino la ideología política por antonomasia y la lucha devino violenta y altamente manipulable en base a lealtades étnicas. Fueron frecuentes los golpes militares. En parte, la legitimación de los golpes de Estado se basó en el argumento de la pasividad del gobierno federal en imponer orden y controlar las refriegas (Meredith: 2006, 194).

En enero de 1966 sobrevino el primer golpe de Estado en Nigeria, que provocó el derrumbe de las esperanzas del país como un pivote democrático para África. El nuevo gobierno pronto fue tildado de corrupto y su caída fue vista como un alivio en el sur. El gobernante, general Johnson Aguiyi-Ironsi, de procedencia sureña, igbo, se encargó de la depuración de los cuadros de la anterior administración por medio de la instauración de la revolución como forma de eliminar todo vestigio del antiguo orden. En realidad, bajo la bandera de lucha sin cuartel contra la corrupción, Ironsi consolidó el poder del ejército en detrimento de los sectores norteños y, en lugar de establecer la revolución, sobrevino el dominio militar y el deslizamiento progresivo a la guerra civil. Los norteños entendieron pronto que el golpe, más que una excusa para combatir la corrupción, fue una maniobra igbo para detentar el poder (Meredith: 2006, 193-194, 199-200; Oliver – Atmore: 1977, 364). Ironsi dispuso que Nigeria pasara a ser un Estado unificado, enfureciendo con ello a los grupos del norte. Como resultado, Ironsi fue asesinado en julio y su lugar lo reemplazó el norteño y cristiano teniente-coronel Yakubu Gowon. El nuevo mandatario reestableció la forma federal en el país. Pero esta medida provocó la ira del teniente-coronel oriental C. Odumegwu Ojukwu, quien retiró su región de la Federación Nigeriana y se declaró la secesión en mayo de 1967. Así nació Biafra, en un ambiente marcado por el entusiasmo. La nueva gestión se mantuvo intransigente y, por ejemplo, expulsó a todo habitante no oriental de la región. También dispuso de una administración propia, entrenó fuerzas armadas locales y obtuvo armamento (Meredith: 2006, 202-203; Oliver – Atmore: 1977, 366).

El desarrollo del conflicto

La guerra se extendió por espacio de dos años y medio. Los biafreños lucharon tenazmente pero en inferioridad de condiciones respecto del gobierno federal, muchas veces mal armados y provistos, e intentando granjearse simpatías internacionales, en una clásica guerra de desgaste. Desde el principio, la posibilidad de supervivencia del régimen en Biafra parecía difícil siendo asediado día a día por la aviación nigeriana y por un ejército de 100.000 integrantes (Meredith: 2006, 204). Biafra declaró que continuaría luchando hasta su total destrucción y la desaparición completa del pueblo igbo (Oliver – Atmore: 1977, 367).

En el primer momento del conflicto las fuerzas de Biafra lograron invadir mucho terreno del área comprendida entre el vecino Benín y la ciudad nigeriana de Lagos. Pero, en forma rápida, las fuerzas nigerianas hicieron retroceder al enemigo hasta Biafra y la guerra se focalizó allí. Al año de iniciada la guerra, los rebeldes habían perdido la mitad de su territorio incluyendo las mayores ciudades. A mediados de 1968 la región secesionista fue reducida a un enclave en el corazón igbo, rodeado por refugiados hambrientos congregados en torno al único aeropuerto operativo, en Uli. Ese año la situación humanitaria provocó alarma y ansiedad en Europa y los Estados Unidos, mientras los esfuerzos de Naciones Unidas y de la Organización de la Unidad Africana fueron en vano, evidenciando su ineficiencia durante buena parte de la guerra (Meredith: 2006, 204; Oliver – Atmore: 1977: 367-368). Las imágenes de refugiados hambrientos sacudieron a la opinión pública internacional y Biafra se transformó en un símbolo de sufrimiento y persecución, siendo objeto de la ayuda humanitaria externa en una situación que dejó perfilar la posibilidad de un genocidio. La continuidad de la guerra se debió a la estrategia hábil de Ojukwu de presentar Biafra al mundo como una pequeña y bravía nación cristiana en puja contra opresores mucho más poderosos y musulmanes, solo interesados en saquear sus riquezas, y a él como un símbolo heroico de resistencia. Además, el líder biafreño advirtió sobre la posibilidad de sufrir un genocidio, lo que no fue una falacia.

Los secesionistas obtuvieron el apoyo de cuatro naciones africanas, incluyendo a Tanzania y Zambia, así como armamento de Francia, Sudáfrica y Portugal, todas interesadas en disminuir el poderío de Nigeria, a la sazón el Estado más poderoso del África subsahariana. Asimismo, Ojukwu manipuló diversas ONGs para conseguir respaldo tendiente a la provisión de suministro armamentístico. Francia, en parte en respuesta a la opinión pública, en parte por sus intereses en África, autorizó el envío clandestino de armas a Biafra. En el caso portugués, la metrópoli proveyó puestos para el tráfico aéreo en Guinea Bissau y São Tomé.

Por otra parte, el gobierno federal obtuvo apoyo de Gran Bretaña y de la Unión Soviética (Oliver – Atmore: 1977, 367). Moscú estaba expandiendo su influencia sobre el mundo musulmán de Medio Oriente y el norte africano en forma creciente. La mayoría de los Estados africanos, fiel al principio de la conservación de las fronteras existentes, apoyó la causa federal, por el miedo a movimientos secesionistas. Finalmente, a comienzos de 1970, Biafra se rindió. Dos días tras la rendición formal, Ojukwu huyó a Costa de Marfil, delegando el mando en el mayor general Philip Effiong, y Gowon celebró una victoria contundente, mientras el prófugo declaró: “Mientras yo viva, Biafra vive”. El pueblo en Biafra quedó exhausto, desmoralizado y sediento de paz. No hubo reconocimientos bélicos, ni sanciones y los soldados y civiles de la administración secesionista fueron reabsorbidos dentro de la estructura federal y regional. Incluso Ojukwu fue readmitido en su tierra tiempo después. Gowon habló de “vendar las heridas de la nación” y concluyó sobre la guerra en que no hubo vencedores ni vencidos (Meredith: 2006, 205).

Consecuencias: la tragedia humanitaria

Las consecuencias al término de la guerra civil en Nigeria fueron numerosas. En esta guerra civil se estima que fallecieron entre 500.000 a 2 millones de personas, en buena medida por el hambre. Este conflicto disipó toda esperanza de que Nigeria pudiera convertirse en un actor de peso capaz de liderar el continente africano, sumado al hecho de la aparición de dictadura tras dictadura de la mano de altos mandos militares. En lugar de un país desarrollado, el país se transformó en un “petro-Estado” en el que apropiarse de la suculenta renta petrolera devino una batalla a muerte entre muchos (Burgis: 2015, 62-63).

En el orden político, si bien los nigerianos reforzaron el sentimiento de unidad y patrio tras el conflicto, no obstante la principal víctima de la beligerancia fue el gobierno civil, que pasó a ser más la excepción que la norma (Meredith: 2006, 205). El país ha sufrido golpes militares en 1966, 1975, 1983, 1985, 1993 y 1996. Se le endilga al poder militar el desaprovechamiento de las oportunidades para el desarrollo de Nigeria (y los civiles tampoco quedan exceptuados).

Otra consecuencia de peso se da en el plano de lo humanitario. El impacto de la crisis humanitaria en Biafra en el exterior fue bastante visible. Por primera vez este drama se hizo visible en los medios. La guerra generó la mayor empresa privada de ayuda humanitaria hasta entonces vista. Una muy importante cobertura periodística dedicó atención a la hambruna del este de Nigeria en los tardíos años 60. Lo mismo se repitió en 1973 en Etiopía, aunque la gran hambruna en ese país a mediados de la década de 1980 se convirtió en icónica a nivel mundial en la forma de representar y construir estereotipos sobre África. Hasta que las imágenes de infantes etíopes hambrientos conmovieron en los años 80, las fotografías más perturbadoras fueron la de menores de Biafra a punto de morir de hambre.

Por último, la guerra motivó la creación de la agrupación Médecins Sans Frontières (Médicos Sin Fronteras – MSF), en diciembre de 1971, a casi dos años del término de la Guerra civil nigeriana, por un grupo de profesionales de la salud disconforme con el modo en que se obró en Biafra.

Bibliografía consultada:

* Burgis, Tom (2015). The looting machine. Warlords, Tycoons, Smugglers and the Systematic Theft of African´s Wealth, London: Harper Collins.

* Meredith, Martin (2006). The State of Africa. A history of fifty years of independence, London: Simon & Schuster UK Ltd, Cap. 11, pp. 193-205.

* Oliver, Roland – Atmore, Anthony (1977). África desde 1800, Buenos Aires: Editorial Francisco de Aguirre S.A.